Nos Queda La Palabra

octubre 29, 2010

Porque no hay otro…

 

Teme el día en el que un tren no te emocione ya…

 

jaumedurgell

 Homenaje a  Marcelino Camacho, fundador de las Comisiones Obreras, pilar de la lucha por los derechos de los trabajadores en los tiempos más duros, imagen también de la lucha por las libertades y la democracia.

La Internacional

 

¡Arriba, parias de la Tierra!

¡En pie, famélica legión!

Atruena la razón en marcha:

es el fin de la opresión.

Del pasado hay que hacer añicos.

¡Legión esclava en pie a vencer!

El mundo va a cambiar de base.

Los nada de hoy todo han de ser.

Agrupémonos todos,

en la lucha final.

El género humano

es la Internacional. (Bis)

Ni en dioses, reyes ni tribunos,

está el supremo salvador.

Nosotros mismos realicemos

el esfuerzo redentor.

Para hacer que el tirano caiga

y el mundo siervo liberar,

soplemos la potente fragua

que el hombre libre ha de forjar.

Agrupémonos todos,

en la lucha final.

El género humano

es la Internacional. (Bis)

La ley nos burla y el Estado

oprime y sangra al productor;

nos da derechos irrisorios

no hay deberes del señor.

Basta ya de tutela odiosa,

que la igualdad ley ha de ser:

“No más deberes sin derechos,

ningún derecho sin deber”.

Agrupémonos todos,

en la lucha final.

El género humano

es la Internacional. (Bis).

 

(…)

Ya puedes, amorosa fiera hambrienta,

pastar mi corazón, trágica grama,

si te gusta lo amargo de su asunto.

 

Un amor hacia todo me atormenta

como a ti, y hacia todo se derrama

mi corazón vestido de difunto.

 

El rayo que no cesa. Miguel Hernández.

 

¿Recuerdas, Josefina…

¿Recuerdas, Josefina, aquella anécdota que Marcelino contaba de aquella mujer , como tú, maravillosa, Oliva, la que otrora fuera guardabarrera, sobre aquellas guerreras que a escondidas cosía,  al amparo de una vela, con las lonetas desgastadas de los asientos de los viejos ferrocarriles?  Trabajando en la vía para alimentar a sus hijos, con su compañero desaparecido, sin otro sustento que su aliento, exhausta por el frío de las montañas, no podía mirar hacia otro lado si en las dehesas, en busca de alguna jara, se encontraba con un muchacho aterido que había huido hacia el  monte…

Un día recibió una carta que empañó nuestros ojos llenos ya de olvido. Una carta de agradecimiento infinito,  escrita, por la hija de uno de aquellos muchachos,  en cumplimiento  del último deseo de un hombre que luchó por su pueblo …

Esa carta, qué Oliva no llegó a leer nunca, por la que siempre sentiremos también infinito agradecimiento, está ahora latiendo en el corazón de cuántos quisimos, admiramos y encontramos en Marcelino a un hombre bueno, humilde, trabajador, combativo, un hombre honesto y cercano  qué un día soñó con ser ferroviario…

Gracias, Josefina. Te queremos. Y no permitiremos que quiénes todavía pueden recordar olviden.

Gracias, Josefina.  Gracias por recordarnos, al igual que hizo siempre Marcelino con su ejemplo, que nunca debemos dejar de rebelarnos contra las injusticias y  las desigualdades y por animarnos a no estar dormidos….

Gracias por tu auxilio, tu cariño, tu solidaridad…

Y no. No, Josefina. Nada habéis hecho mal…si hay quiénes persisten, como así es,  en permanecer impasibles no es por lo que habéis hecho, es por lo que otros no hicieron. Sólo merecen despertar y será en ésto y en pasarnos muy pronto  a verte, para tomar ese delicioso café tuyo, en lo que pondremos todo nuestro empeño.

 

Porque no hay otro… 

volveremos a recorrer el mismo camino.  

Gracias, Marcelino. Gracias… Gracias. Por todo…

 

 

A Marcelino…y a Oliva, Diego, Justa, Beatriz,  Luis, Jesús, Félix, Vences,  Paco, José…

In Memorian 

 

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septiembre 6, 2010

Como buenos ciudadanos…

 ”

” Que sea como un viento
que arranque los matojos…”

 

Canfranero

Canto a la libertad (Labordeta)

Habrá un día en que todos
al levantar la vista
veremos una tierra
que ponga LIBERTAD

Hermano, aquí mi mano
será tuya en mi frente
y tu gesto de siempre
caerá sin levantar
huracanes de miedo
ante la LIBERTAD

Haremos el camino
en un mismo trazado
uniendo nuestros hombros
para así levantar
a aquellos que cayeron
gritando LIBERTAD

Habrá un día en que todos
al levantar la vista
veremos una tierra
que ponga LIBERTAD

Sonarán las campanas
desde los campanarios
y los campos desiertos
volverán a granar
unas espigas altas
dispuestas para el pan

Para un pan que en los siglos
nunca fue repartido
entre todos aquellos
que hicieron lo posible
por empujar la historia
hacia la LIBERTAD.

Habrá un día en que todos
al levantar la vista
veremos una tierra
que ponga LIBERTAD

También será posible
que esa hermosa mañana
ni tú, ni yo, ni el otro
la lleguemos a ver,
pero habrá que empujarla
para que pueda ser.
Que sea como un viento
que arranque los matojos
surgiendo la verdad
y limpie los caminos
de siglos de destrozos
contra la LIBERTAD.

Habrá un día en que todos
al levantar la vista
veremos una tierra
que ponga LIBERTAD.

 

 

VERSOS COMO BESOS

Los versos se hacen versos
en los atardeceres del otoño
y en el corazón somnoliento
se abren ríos de luz
y de esperanza.
Es como si todo
volviese a empezr
de manera infinita
y transversal.

       José Antonio Labordeta

 

Fuente l José Antonio Labordeta ( zaragozame.com )

 

¡ …gritando LIBERTAD !

 

 

“Desolados
creemos todavía en la vida
y en los vivos. “

 

Gracias, José Antonio…

¡ Un fuerte abrazo !

 

julio 18, 2010

…que sólo es apariencia del tiempo que lo habita.

 

II

Contemplas
los despojos de un siglo que murió entre placeres. Todavía
el hedor de sus sótanos y el rumor de sus fiestas
incendian las ciudades.
Ved el espacio en llamas, la combustión del aire: los edificios
de los cuarteles y de las catedrales; el fulgor del dinero
y su oleaje sobre el horizonte; ved
el corazón de piedra
de la ciudad, sus inmensas fortunas
trasladas de una página a otra de la Historia por los mismos esclavos.
Todavía se adoran en los templos sus dioses, y las leyes
-incluso las que nos ofrecieron libertad-, conocedoras
de que nuestras costumbres seguirían haciéndonos cautivos, son las mismas. 

(…)

El temblor del silencio. Sepulcros de la luz. Diego Jesús Jiménez.

 

Fuente l A Media Voz

 

***

Ayer, la Cuarta de El País acogía una reflexión que escribí hace algunas semanas a propósito del Año Camus, de su legado y de la Europa de la crisis. En el artículo subrayaba el lugar que hoy ocupan los todopoderosos mercados y lo lejos que sus objetivos se encuentran del sustrato civil, moral, crítico y transformador de la obra del escritor franco argelino. El “lugar de los mercados” imponiéndose, en el cincuentenario de la muerte de Albert Camus, al “lugar de la palabra”. Curiosamente, en la víspera, yo regresaba de otro “lugar de la palabra”: venía del poema y de la reflexión sobre el poema. De un lugar y de un acontecimiento de los que quedan grabados en la memoria y en el corazón para siempre.

 

Seguir leyendo…

 

Texto íntegro l Priego 2010: lugar de la palabra, lugar del homenaje.

                                AL MARGEN, por Manuel Rico Rego

 

 

“Si el hombre fracasa al querer conciliar la justicia y la libertad fracasa en todo”

Albert Camus

 

enero 20, 2010

Homenaje a voz ahogada…

 

 

“Mi vida,

 os la puedo contar en dos palabras:

 Un patio.

 Y un trocito de cielo

por donde a veces pasan

una nube perdida

y algún pájaro huyendo de sus alas”.

 

Marcos Ana

 

La cárcel fue mi universidad. Conocí a mucha gente. Coincidí con Buero Vallejo y con Miguel Hernández entre otros muchos. Miguel Hernández era una persona entrañable, murió de franquismo en la prisión de Alicante en el año 42. Unos años después le hicimos uno de nuestros homenajes: Esperábamos a la noche, a que cerraran las galerías. Entonces montábamos un pequeño escenario con mantas y sábanas. En las ventanas algunos presos se dedicaban de la vigilancia y así, en el silencio terrible de la cárcel, hacíamos los homenajes. El de Miguel Hernández lo titulamos Sino sangriento, que es el nombre de uno de sus versos. Tenía tres actos, con los nombres de tres de sus libros: El rayo que no cesa, Vientos del pueblo, que trata de la guerra y Cancionero y romancero de ausencias, que era el de la cárcel. Unos narradores relataban los hechos y una pequeña banda de música se colocaba detrás del escenario con sus instrumentos realizados con los palos de las escobas y con cosas así. Era muy ingenioso: se cortaba un trozo de escoba de caña. Unas gomas sujetaban un papel de fumar en cada punta y se le abrían unos orificios. Sólo con eso salía una música preciosa, que era como un zumbido, pero muy bonito. Una cosa tremenda. Esa bandita, compuesta por cuatro o cinco personas, iba poniendo música a determinados pasajes. Cuando los locutores contaban la parte de la guerra de España y de los soviéticos se oía La Internacional. Con los franceses y André Martí… se oía La Marsellesa. Los mexicanos con Siqueiros y tal… Se oía La Cucaracha. Todo a media voz. Se titulaba Homenaje a voz ahogada a Miguel Hernández. Fue algo impresionante, en medio del silencio de la prisión. De vez en cuando, oías el «alerta» de los centinelas desde las garitas. Toda la noche: «¡Alerta el uno!, ¡Alerta el dos!, ¡Alerta el tres!» Eso se hacía para que el cabo de guardia supiera que no se había dormido ninguno de los centinelas. Hicimos otros homenajes a Rafael Alberti y Neruda. Creo que jamás se podrá concebir un homenaje más emocionante que éste.

 

Texto    Blog de Marcos Ana ENTREVISTA PUBLICADA EN LA PRENSA LATINOAMERICANA
Poema  Blog de Marcos Ana
Imagen Dibujikos. Kalvellido  www.kalvellido.net

 

 .

Bienaventurado el hombre que no sigue las consignas del
                                                                        Partido
ni asiste a sus mítines
ni se sienta en la mesa con los gangsters
ni con los Generales en el Consejo de Guerra
Bienaventurado el hombre que no espía a su hermano
ni delata a su compañero de colegio
Bienaventurado el hombre que no lee los anuncios
                                                        comerciales
ni escucha sus radios
ni cree en sus slogans
 Será como una árbol plantado junto a la fuente

 

Salmos. Ernesto Cardenal.

 

Fuente original

Salmos

Ernesto Cardenal

© Ernesto Cardenal

 © Ediciones Endymion. 1990

 

 

Firme en sus convicciones políticas, pero sin permitir que su juicio crítico sea afectado, Marcos Ana transmite a aquel que se le aproxima un irreprimible sentimiento de esperanza, como si pensásemos: “Si él es así, yo también lo puedo ser”.

 José Saramago

Marcos Ana. El Cuaderno de Saramago

 

  “Ernesto Cardenal, uno de los más extraordinarios hombres que el sol calienta, ha sido víctima de la mala conciencia de un Ortega indigno de su propio pasado, incapaz ahora de reconocer la grandeza de alguien a quien hasta un papa, en vano, intentó humillar. Si Ortega no tiene la valentía de pedir perdón a Cardenal, sabremos que sus méritos humanos y políticos han caído a cero”.

José Saramago

 

Extraído de Notas de Ernesto Cardenal (Facebook)

 

 

enero 4, 2010

…como una tregua melancólica.

 

Vi de una ojeada que los tornillos del féretro estaban hundidos y que había cuatro hombres negros en la habitación. Oí al mismo tiempo al director decirme que el coche esperaba en la calle y al sacerdote comenzar las oraciones. A partir de ese momento todo se desarrolló muy rápidamente. Los hombres avanzaron hacia el féretro con un lienzo. El sacerdote, sus acompañantes, el director y yo salimos. Delante de la puerta estaba una señora que no conocía. «El señor Meursault», dijo el director. No oí el nombre de la señora y comprendí solamente que era la enfermera delegada. Inclinó sin una sonrisa el rostro huesudo y largo. Luego nos apartamos para dejar pasar el cuerpo. Seguimos a los hombres que lo llevaban y salimos del asilo. Delante de la puerta estaba el coche. Lustroso, oblongo y brillante, hacía pensar en una caja de lápices. A su lado estaban el empleado de la funeraria, hombrecillo de traje ridículo y un anciano de aspecto tímido. Comprendí que era Pérez. Llevaba un fieltro blando de copa redonda y alas anchas (se lo quitó cuando el féretro pasó por la puerta) un traje cuyo pantalón se arrollaba sobre los zapatos, y un lazo de género negro demasiado pequeño para la camisa de cuello blanco grande. Los labios le temblaban bajo la nariz mechada de puntos negros. Los cabellos blancos, bastante finos, dejaban pasar unas curiosas orejas, colgantes y mal orladas, cuyo color rojo sangre me sorprendió en aquella pálida fisonomía. El hombre de la funeraria nos indicó nuestros lugares. El sacerdote caminaba delante; luego el coche; en torno de él, los cuatro hombres. Detrás, el director, yo y, cerrando la marcha, la enfermera delegada y Pérez.

El cielo estaba lleno de sol. Comenzaba a pesar sobre la tierra y el calor aumentaba rápidamente. No sé por qué habíamos esperado tanto tiempo antes de ponernos en marcha. Tenía calor con mi traje oscuro El viejecito, que se había cubierto, se quitó nuevamente el sombrero. Me había vuelto un poco hacia su lado y le miraba cuando el director me habló de él. Me dijo que a menudo mi madre y Pérez iban a pasear por la tarde hasta el pueblo, acompañados por una enfermera. Miré el campo a mi alrededor. A través de las líneas de cipreses que aproximaban las colinas al cielo, de aquella tierra rojiza y verde, de aquellas casas, pocas y bien dibujadas, comprendía a mi madre. La tarde, en esta región, debía de ser como una tregua melancólica. Hoy, el sol desbordante que hacía estremecer el paisaje, lo tornaba inhumano y deprimente.

Nos pusimos en marcha. En ese momento noté que Pérez renqueaba ligeramente. Poco a poco el coche tomaba velocidad y el anciano perdía terreno. Uno de los hombres que rodeaban el coche también se había dejado pasar y caminaba ahora a mi altura. Me sorprendía la rapidez con qué el sol se elevaba en el cielo. Advertí que hacía ya tiempo que el campo resonaba con el canto de los insectos y el crujir de la hierba. El sudor me corría por las mejillas. Como no tenía sombrero, me abanicaba con el pañuelo. El empleado de pompas fúnebres me dijo entonces algo que no oí. Al mismo tiempo se enjugaba el cráneo con un pañuelo que tenía en la mano izquierda, mientras que con la derecha levantaba el borde de la gorra. Le dije: «¿Cómo?» Repitió señalando al cielo: «Está sofocante.» Dije: «Sí.» Poco después me preguntó: «¿Es su madre la que va ahí?» Otra vez dije: «Sí.» «¿Era vieja?» Respondí: «Más o menos», pues no sabía la edad exacta. En seguida se calló. Me di vuelta y vi al viejo Pérez a unos cincuenta metros detrás de nosotros. Se apresuraba columpiando el sombrero al vaivén del brazo Mire también al director. Caminaba con mucha dignidad, sin un gesto inútil. Algunas gotas de sudor le perlaban la frente pero no las enjugaba.

Me pareció que el cortejo marchaba un poco mas de prisa. A mi alrededor continuaba siempre el mismo campo luminoso colmado de sol. El resplandor del cielo era insostenible. En un momento dado pasamos por una parte del camino que había sido arreglada recientemente: El sol había hecho estallar el alquitrán. Los pies se hundían en el y dejaban abierta su carne brillante. Por encima del coche, la galera luciente del cochero parecía haber sido amasada con ese fango negro. Yo estaba un poco perdido entre el cielo azul y blanco y la monotonía de aquellos colores, negro viscoso del alquitrán abierto, negro opaco de las ropas, negro lustroso del coche. Todo esto, el sol, el olor del cuero y del estiércol del coche, el del barniz y el del incienso y la fatiga de una noche de insomnio, me turbaba la mirada y las ideas. Me volví una vez más: Pérez me pareció muy lejos, perdido en una nube de calor; luego, no lo divisé más. Lo busqué con la mirada y vi que había dejado el camino y tomado a campo traviesa. Comprobé también que el camino doblaba delante de mí. Comprendí que Pérez, que conocía la región, cortaba campo para alcanzarnos. Al dar la vuelta se nos había reunido. Luego lo perdimos. Volvió a tomar a campo traviesa, y así varias veces. Yo sentía la sangre que me golpeaba en las sienes.

El Extranjero. Albert Camus.

 

Fuente l  Ciudad Seva

 

El deseo de poseer no es sino otra forma del deseo de durar; es él el que provoca el delirio impotente del amor.

El hombre rebelde. Albert Camus.

 

septiembre 30, 2009

¡A sangre y fuego!

 

 

A la guerra me lleva mi necesidad;

si tuviera dineros no fuera en verdad.

 

Miguel de Cervantes 

 

septiembre 11, 2008

Nos lo podemos permitir…

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