Nos Queda La Palabra

mayo 16, 2010

“Soñé que la Tierra…

 

“Soñé que la Tierra se acababa. Y que el único ser humano que contemplaba el final era Franz Kafka. En el cielo los Titanes luchaban a muerte. Desde un asiento de hierro forjado del parque de Nueva York, Kafka veía arder el mundo.”

Tres. “Un paseo por la literatura”. Roberto Bolaño.

  

(…)

Hoy día estamos asistiendo a una variante, sociologicamente significativa, de esta forma de racionalización de culpas, provenientes de la elusión de responsabilidades en otro orden de acción de la persona. Me refiero al hecho del gran número de intelectuales y profesionales que se hallan retrotraídos a la particular esfera de su dedicación, cumpliendo “su” deber- como “único” deber- desde ella misma, y justificando así toda otra inactividad, por ejemplo, el compromiso político. “No soy político, sino investigador, médico, jurista, etcétera, y así cumplo mi función social, mi débito frente a los otros.” Una vez más, lo que se nos hace admirable en Sartre o Russell es, bajo este otro aspecto, su conciencia de que estar en la realidad es estar en toda la realidad y que el compromiso con ella es coimplicación, es decir , “complicación”. Lo que tales personas consiguen con su descompromiso, y de lo que en el fondo son culpables, es de la omisión de su personal responsabilidad en la tarea de  transformar la realidad  a que su propia situación de intelectuales- es decir, de aparentes administradores de “conciencia”- les obliga. Pues si bien es cierto que de un modo más o menos consciente todo hombre se siente impelido a cumplir, en este ámbito de su actividad intrínsecamente social, algún cometido, éste aparece precisado con límites bien claros, en aquelllos que por su específica función son detectores de la realidad. Este cometido social no es nunca intercambiable, no puede en modo alguno ser delegado en otro, bajo la excusa de la función en la que nos encontramos absortos. Estar abstraído en una parcela de la realidad significa omitir de nuestra conciencia toda otra realidad, que en algunos momentos puede ser de mayor urgencia. La acción política, pues, afecta a todo hombre en la medida en que, por su socialización, se le constituye en necesidad, en imperativo de su situación. Apenas habrá que parar mientes en el hecho de que la acción política, que ahora propugnamos, como imperativo de la conciencia social del hombre, nada tiene que ver con la profesionalidad política. Esta es la forma institucionalizada de esa función, y bajo este aspecto concierne a los que se sienten impelidos a adoptar esta función como tarea primordial, en la división técnica del trabajo exigible en nuestra organización actual. De lo que se trata de señalar aquí es simplemente que la acción política, como aspecto de la praxis es exigitiva, por cuanto constituye la expresión más elevada del estar-con-los-otros, con miras a hacer, con esos otros, de esta realidad de ahora, esa otra realidad que nos parece objetivamente más justa.

 

La culpa. Carlos Castilla del Pino.

 

Fuente original

La culpa. Carlos Castilla del Pino

 ©Carlos Castilla del Pino

 ©Alianza Editorial, 1981

 

elroro06 

  La otra pasión de Juan Rulfo, aqui se presenta una recopilacion de imagenes tomadas por su lente.

Música: Tierra Mestiza de Los Folkloricos

 

“Todo escritor que crea es un mentiroso; la literatura es mentira, pero de esa mentira sale una recreación de la realidad; recrear la realidad es, pues, uno de los principios fundamentales de la creación. Considero que hay tres pasos; así como en la sintaxis hay tres puntos de apoyo: sujeto, verbo y complemento, así también en la imaginación hay tres pasos: el primero de ellos es crear el personaje, el segundo crear el ambiente donde ese personaje se va a mover y el tercero es cómo va a hablar ese personaje, cómo se va a expresar, es decir, darle forma. Estos tres puntos de apoyo son todo lo que se requiere para contar una historia. Ahora, yo si le tengo temor a la hoja en blanco, y sobre todo a lápiz, porque yo escribo a mano.”

Cita l  Verdad y mentira en la creación literaria. Juan Rulfo.

          proyecto patrimonio

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abril 22, 2010

En un balde de zinc…

 

(…)

Dios al fin accidente

hace en la viña y en las mieses nido…

 LA MORADA-amarilla. Miguel Hernández

 

 

UN DIBUJO DE ABRIL PARA MARÍA ZAMBRANO

José Miguel Ullán

Avant l’aurore, dans la forêt triangulare
                                                          Alfred Jarry

La exactitud vivida de lo que contemplamos
en la blanca mirada del agua
no nos deja ser el destino
-pero nos da, sin levantar la mano,
la mansa sensación de ir acercándonos
al felino escondite de aquel encuentro:

Menos borroso que una hermandad,
ventana.
Y más anónimo que un lirio,
espejo

Un manantial, una hermandad republicana {alguien
tenía que decirlo), un lirio
-y la voz temblorosa
(«la poesía va contra la justicia»)
de la primera luz,
al despertar perdida
en la corazonada discontinua del bosque.

.

Fuente l POETAS DEL MUNDO-ANTOLOGÍAS por Fernando Sabido Sánchez- WordPress

.

  cedecom

Carlos Castilla del Pino

(1922-2009)

-Tesis. CedeCom. Entrevista. San Roque, 2003-

http://www.cedecom.es/

 

…sentado en los escalones de la casa donde nació, recuerda su incipiente vocación de niño por la medicina y desvela lo que parece una sencilla receta: uno ha de encontrar qué sentido tiene su vida, y descubrir qué facultades tiene para poder darle sentido a esa vida.
 

” …como un simple demócrata.”

Carlos Castilla del Pino

 

27 de abril a las 13 horas: EN TORNO A CARLOS CASTILLA DEL PINO

Inauguración de la exposición bibliográfica

“LA BIBLIOTECA DE CARLOS CASTILLA DEL PINO”
(Del 27 de abril al 21 de mayo)
CONFERENCIA. Juan Ángel Vela del Campo, Carlos Castilla del Pino, el humanismo posible.
BIBLIOTECA MAIMÓNIDES, CAMPUS DE RABANALES
 

Fuente l Fundación Castilla del Pino

 

(…)

So let this be my doom, if I forget

That there’s still spring to shake and break my sleep.

 

Colinas de Misisipi: Mi epitafio. William Faulkner

 

marzo 8, 2010

…y progresar culturalmente

 

“8th of March is the day of the rebellion
 of the working women
against the kitchen slavery”.

 

Una reforma radical de la familia, y, más en general, de toda la vida doméstica, exige un gran esfuerzo consciente por parte de la masa obrera y supone ua poderosa tendencia en la clase a elevarse y progresar culturalmente. Hace falta cavar muy hondo para extirpar pesadas capas de tierra. Instituir la igualdad política entre hombres y mujeres en el Estado soviético fue apenas uno de los problemas, y el más simple. Mucho más difícil fue instituir la igualdad de trabajo en las fábricas, las haciendas y los sindicatos, y hacerlo de modo tal que los hombres no dejasen en desventaja a las mujeres. Pero alcanzar una real igualdad entre hombres y mujeres en la familia es un problema infinitamente más arduo. Antes de lograrlo será necesario revolucionar todas nuestras costumbres domésticas. Y es evidente que, hasta que no haya verdadera igualdad entre marido y mujer en la familia, no podremos hablar seriamente de su igualdad social y política. Mientras la mujer siga atada al trabajo doméstico, al cuidado de la familia, la cocina o la costura, todas sus posibilidades de participación en la vida social y política estarán seriamente limitadas.

 

De la vieja y la nueva familia.  León Trotski.

 

Fuente original 

León Trotski

Escritos sobre la cuestión femenina

Traducción: Manolo Ruiz

© Editorial  Anagrama, 1977

 

Imagen l Wikipedia

 

“El futuro de los niños es siempre hoy. Mañana será tarde”

Gabriela Mistral

 
 

febrero 22, 2010

No puedo cantar, ni quiero…

 

jaumequalsevol

 

LA SAETA

Antonio Machado

¿Quién me presta una escalera
para subir al madero,
para quitarle los clavos
a Jesús el Nazareno?

Saeta popular

¡Oh, la saeta, el cantar
al Cristo de los gitanos,
siempre con sangre en las manos,
siempre por desenclavar!

¡Cantar del pueblo andaluz,
que todas las primaveras
anda pidiendo escaleras
para subir a la cruz!

¡Cantar de la tierra mía,
que echa flores
al Jesús de la agonía,
y es la fe de mis mayores!

¡Oh, no eres tú mi cantar!
¡No puedo cantar, ni quiero
a ese Jesús del madero,
sino al que anduvo en el mar!

 

Aparición pública de Antonio Machado
(Foto: BALAS Y POETAS . José Luis Morante Martín)

 

“Cuando alguien me preguntó, hace ya muchos años, ¿ piensa usted que el poeta debe escribir para el pueblo, o permanecer en su torre de marfil – era el tópico al uso de aquellos días- consagrado a una actividad aristocrática en esferas de la cultura sólo accesibles a una minoría selecta?,  yo contesté con estas palabras, que a muchos le parecieron ingenuas: ” Escribir para el pueblo –decía un maestro– ¡qué más quisiera yo! Deseoso de escribir para el pueblo, aprendí de él cuanto pude, mucho menos, claro está, de lo que él sabe. Escribir para el pueblo es, por de pronto,  escribir para el hombre de nuestra raza, de nuestra tierra, de nuestra habla, tres cosas inagotables que no acabamos nunca de conocer. Y es mucho más, porque escribir para el pueblo nos obliga a rebasar las fronteras de nuestra patria, escribir para los hombres de otras razas, de otras tierras, de otras lenguas. Escribir para el pueblo es llamarse Cervantes, en España; Shakespeare, en Inglaterra; Tolstoi, en Rusia. Es el milagro de los genios de la palabra.”

 

Antonio Machado

 

Fuente l Sobre la defensa y la difusión de la cultura

                  El poeta y el pueblo
                  La Vanguardia
                  Edición del viernes, 16 de  julio 1937

                 Hemeroteca. LAVANGUARDIA.es

 

febrero 6, 2010

«Surge amica mea et veni»

 

 «Cuando iba Jaime Gil de Biedma a Roma solíamos pasear por la Via Apia, donde todavía tengo un amante que me espera (…) Mi enamorado (…) sigue allí, es una estatua».

María Zambrano

 

La llama 

     Asisitida por mi alma antigua, por mi alma primera al fin recobrada, y por tanto tiempo perdida. Ella, la perdidiza, al fin volvió por mí. Yentonces comprendí que ella había sido la enamorada. Y yo había pasado por la vida tan sólo de paso, lejana de mí misma .Y de ella venían las palabras sin dueño que todos bebían sin dejarme apenas nada a cambio. Yo era la voz de esa antigua alma. Y ella, a medida que consumaba su amor, allá, donde yo no podía verla; me iba iniciando a través del dolor del abandono. Por eso nadie podía amarme mientras yo iba sabiendo del amor. Y yo misma tampoco amaba. Sólo una noche hasta el alba. Y allí quedé esperando. Me despertaba con la aurora, si es que había dormido. Y creía que ya había llegado, yo, ella, él… Salía el Sol y el día caía como una condena sobre mí. No, no todavía.

Zambrano, M.:  Diotima de Mantinea, en Hacia un saber sobre el alma, Madrid,
Ed. Alianza, 1989, p. 197

Cita  l  Roma, matria nutricia de María Zambrano

                Por Rogelio Blanco Martínez

                Cervantes Virtual

Texto l  A media voz

Palabras clave l    Algún día en alguna parte l María Zambrano 

.

.

Yo sé que ver y oir a un triste enfada
cuando se viene y va de la alegría
como un mar meridiano a una bahía,
a una región esquiva y desolada.

.

Lo que he sufrido y nada todo es nada
para lo que me queda todavía
que sufrir el rigor de esta agonía
de andar de este cuchillo a aquella espada.

.

Me callaré, me apartaré si puedo
con mi constante pena instante, plena,
a donde ni has de oírme ni de de verte.

.

Me voy, me voy, me voy, pero me quedo,
pero me voy, desierto y sin arena:
adios, amor, adios hasta la muerte.

 

El rayo que no cesa. Miguel Hernández.

 

Foto: Maruja Mallo en su estudio. Madrid, 1936 

 

Imagen l Mujeres en el Arte

 

 

febrero 2, 2010

…o el moderno Prometeo.

 

Pedro85192

 

Leer Frankenstein, or, The modern Prometheus, de Mary Shelley

 

enero 9, 2010

…algo más lejos en la nada

 

15 de enero

Debería abrir una lata. O prepararme un baño. Pero entonces seguiría dando vueltas con mi pensamiento. Si escribo, me ocupo en algo, eso me permite huir. ¿Cuántas horas sin comer? ¿Cuántos días sin lavarme?  (…) , me he encerrado, han llamado al timbre en dos oportunidades, han llamado por teléfono con frecuencia, no respondo nunca, salvo a las ocho de la noche, a Maurice. Llama todos los días, puntualmente, con voz ansiosa:

-¿Qué has hecho hoy?

Contesto que que voy a ver a Isabel, Diana o Colette, que he estado en un concierto, en el cine.

-¿Y qué haces esta noche?

Digo que voy a ver a Diana o Isabelle, que iré al teatro. Insiste:

-¿Estás bien? ¿Duermes bien?

Lo tranquilizo y pregunto como está la nieve: nada extraordinario; y el tiempo tampoco brillante. Hay morosidad en su voz, como si ejecutara en Courchevel una obligación bastante agotadora. Y sé que tan pronto como cuelgue llegará riendo al bar en que Noëllie lo espera y beberán Martinis mientras comentan con animación los incidentes del día.

Eso es lo que he querido, ¿no es cierto?

He elegido enterrarme en mi sepulcro; ya no veo el día ni la noche; cuando ando demasiado mal, cuando todo se vuelve intolerable, trago alcohol, sedantes o somníferos. Cuando va un poco mejor, tomo estimulantes y me zambullo en una novela policiaca: estoy bien abastecida. Cuando el silencio me ahoga, enciendo la radio y me llegan de un planeta lejano voces que apenas comprendo: ese mundo tiene su tiempo, sus horas, sus leyes, su lenguaje, sus preocupaciones, diversiones que me son radicalmetne extraños. ¡A qué grado de abandono se puede llegar cuando se está totalmente sólo, encerrado! La habitación apesta a tabaco y a alcohol, hay ceniza por todas partes, estoy sucia, las sábanas estan sucias, el cielo está sucio, los cristales están sucios, esta suciedad es un caparazón que me protege, no saldré de ella nunca más. Sería fácil deslizarse algo más lejos en la nada, hasta el punto sin retorno. En mi cajón tengo lo que hace falta. ¿Pero no quiero, no quiero! ¡Tengo cuarenta y cuatro años, es demasiado pronto para morir, es injusto! Ya no puedo vivir más. No quiero morir.

Durante dos semanas no he escrito nada en este cuaderno porque me he releído. Y he visto que las palabras no dicen nada. Las rabias, las pesadillas, el horror escapan a las palabras. Pongo cosas en el papel cuando recupero fuerzas. En la desesperación o en la esperanza. Pero la decepción, el embrutecimiento, la descomposición no están anotadas en estas páginas. Y además ¡mienten tanto, se equivocan tanto! ¡Cómo he sido manipulada! Despacio, despacio, Maurice me llevó a decirle: “¡Elige!”, a fin de contestarme: “No renunciaré a Noëllie.” ¡Oh!, no voy a volver a comentar esta historia. No hay una sola linea de este diario que requiera una corrección o un desmentido. Por ejemplo, si lo empecé, en las Salinas, no es a causa de una juventud repentinamente recuperada ni para poblar mi soledad, sino para conjurar una cierta ansiedad que no se confesaba. Estaba oculta en el fondo del silencio y del calor de esa inquietante siesta, ligada a las morosidades de Maurice a su partida. Sí, a todo lo largo de estas páginas yo pensaba lo que escribía y pensaba lo contrario; y  al releerlas me siento completamente perdida. Hay frases que me hacen ruborizar de vergüenza… “Siempre quise la verdad, si la obtuve es porque la quería”. ¡Puede alguien engañarse hasta ese punto respecto a su vida! ¿Todo el mundo es tan ciego o soy tonta entre las tontas? No solamente una tonta. Yo me mentía. ¡Cómo me he mentido! Me relataba que Noëllie no contaba para nada, que Maurice me prefería y sabía perfectamente que era falso. Volví a tomar la pluma no para volver hacia atrás sino porque el vacio era tan inmenso en mí, a mi alrededor, que era preciso este gesto de mi mano para asegurarme de que aún estaba viva.

 

 La mujer rota. Simone de Beauvoir

 

He querido hacer escuchar aquí las voces de tres mujeres que se debaten con palabras en situaciones sin salida. Una tropieza con una ineluctable fatalidad, la de la edad. La segunda conjura por medio de un monólogo parafrenético la soledad adonde la ha arrojado su egoísmo exacerbado. La mujer rota es la víctima estupefacta de la vida que ella misma se eligió: una dependencia conyugal que la deja despojada de todo y de sus ser mismo cuando el amor le es rehusado. Sería en vano buscar moralejas en estos relatos: proponer lecciones , no; mi intención ha sido totalmente diferente. No se vive más que una sola vida, pero, por la simpatía, a veces es posible salirse de de la propia piel. He querido comunicar a mis lectores ciertas experiencias de las cuales participé de esa manera. Me siento solidaria de las mujeres que han asumido su vida y luchan por logar sus objetivos; pero eso no me impide -al contrario- interesarme por aquellas que, de un modo u otro, han fracasado.

  Simone de Beauvoir

 

Fuente original

Simone de Beauvoir

La mujer rota

Título original:

L´age de la discretion   Monologue   La femme rompue

Traducción de Dolores Sierra y N. Sánchez

Revisión de J. Sanjosé-Carvajosa

 

© Editions Gallimard, 1968

© Edhsa, 1980

 

 

Simone de Beauvoir, foto tomada de: http://www.cityofwomen.org

 

Foto l La Jornada Semanal  

Víal  Algún día en alguna parte: Las otras mujeres de Simone de Beauvoir.

 

enero 4, 2010

…como una tregua melancólica.

 

Vi de una ojeada que los tornillos del féretro estaban hundidos y que había cuatro hombres negros en la habitación. Oí al mismo tiempo al director decirme que el coche esperaba en la calle y al sacerdote comenzar las oraciones. A partir de ese momento todo se desarrolló muy rápidamente. Los hombres avanzaron hacia el féretro con un lienzo. El sacerdote, sus acompañantes, el director y yo salimos. Delante de la puerta estaba una señora que no conocía. «El señor Meursault», dijo el director. No oí el nombre de la señora y comprendí solamente que era la enfermera delegada. Inclinó sin una sonrisa el rostro huesudo y largo. Luego nos apartamos para dejar pasar el cuerpo. Seguimos a los hombres que lo llevaban y salimos del asilo. Delante de la puerta estaba el coche. Lustroso, oblongo y brillante, hacía pensar en una caja de lápices. A su lado estaban el empleado de la funeraria, hombrecillo de traje ridículo y un anciano de aspecto tímido. Comprendí que era Pérez. Llevaba un fieltro blando de copa redonda y alas anchas (se lo quitó cuando el féretro pasó por la puerta) un traje cuyo pantalón se arrollaba sobre los zapatos, y un lazo de género negro demasiado pequeño para la camisa de cuello blanco grande. Los labios le temblaban bajo la nariz mechada de puntos negros. Los cabellos blancos, bastante finos, dejaban pasar unas curiosas orejas, colgantes y mal orladas, cuyo color rojo sangre me sorprendió en aquella pálida fisonomía. El hombre de la funeraria nos indicó nuestros lugares. El sacerdote caminaba delante; luego el coche; en torno de él, los cuatro hombres. Detrás, el director, yo y, cerrando la marcha, la enfermera delegada y Pérez.

El cielo estaba lleno de sol. Comenzaba a pesar sobre la tierra y el calor aumentaba rápidamente. No sé por qué habíamos esperado tanto tiempo antes de ponernos en marcha. Tenía calor con mi traje oscuro El viejecito, que se había cubierto, se quitó nuevamente el sombrero. Me había vuelto un poco hacia su lado y le miraba cuando el director me habló de él. Me dijo que a menudo mi madre y Pérez iban a pasear por la tarde hasta el pueblo, acompañados por una enfermera. Miré el campo a mi alrededor. A través de las líneas de cipreses que aproximaban las colinas al cielo, de aquella tierra rojiza y verde, de aquellas casas, pocas y bien dibujadas, comprendía a mi madre. La tarde, en esta región, debía de ser como una tregua melancólica. Hoy, el sol desbordante que hacía estremecer el paisaje, lo tornaba inhumano y deprimente.

Nos pusimos en marcha. En ese momento noté que Pérez renqueaba ligeramente. Poco a poco el coche tomaba velocidad y el anciano perdía terreno. Uno de los hombres que rodeaban el coche también se había dejado pasar y caminaba ahora a mi altura. Me sorprendía la rapidez con qué el sol se elevaba en el cielo. Advertí que hacía ya tiempo que el campo resonaba con el canto de los insectos y el crujir de la hierba. El sudor me corría por las mejillas. Como no tenía sombrero, me abanicaba con el pañuelo. El empleado de pompas fúnebres me dijo entonces algo que no oí. Al mismo tiempo se enjugaba el cráneo con un pañuelo que tenía en la mano izquierda, mientras que con la derecha levantaba el borde de la gorra. Le dije: «¿Cómo?» Repitió señalando al cielo: «Está sofocante.» Dije: «Sí.» Poco después me preguntó: «¿Es su madre la que va ahí?» Otra vez dije: «Sí.» «¿Era vieja?» Respondí: «Más o menos», pues no sabía la edad exacta. En seguida se calló. Me di vuelta y vi al viejo Pérez a unos cincuenta metros detrás de nosotros. Se apresuraba columpiando el sombrero al vaivén del brazo Mire también al director. Caminaba con mucha dignidad, sin un gesto inútil. Algunas gotas de sudor le perlaban la frente pero no las enjugaba.

Me pareció que el cortejo marchaba un poco mas de prisa. A mi alrededor continuaba siempre el mismo campo luminoso colmado de sol. El resplandor del cielo era insostenible. En un momento dado pasamos por una parte del camino que había sido arreglada recientemente: El sol había hecho estallar el alquitrán. Los pies se hundían en el y dejaban abierta su carne brillante. Por encima del coche, la galera luciente del cochero parecía haber sido amasada con ese fango negro. Yo estaba un poco perdido entre el cielo azul y blanco y la monotonía de aquellos colores, negro viscoso del alquitrán abierto, negro opaco de las ropas, negro lustroso del coche. Todo esto, el sol, el olor del cuero y del estiércol del coche, el del barniz y el del incienso y la fatiga de una noche de insomnio, me turbaba la mirada y las ideas. Me volví una vez más: Pérez me pareció muy lejos, perdido en una nube de calor; luego, no lo divisé más. Lo busqué con la mirada y vi que había dejado el camino y tomado a campo traviesa. Comprobé también que el camino doblaba delante de mí. Comprendí que Pérez, que conocía la región, cortaba campo para alcanzarnos. Al dar la vuelta se nos había reunido. Luego lo perdimos. Volvió a tomar a campo traviesa, y así varias veces. Yo sentía la sangre que me golpeaba en las sienes.

El Extranjero. Albert Camus.

 

Fuente l  Ciudad Seva

 

El deseo de poseer no es sino otra forma del deseo de durar; es él el que provoca el delirio impotente del amor.

El hombre rebelde. Albert Camus.

 

enero 2, 2010

01022010

 

Alberto Caeiro é mais pagão que o paganismo, porque é mais inconsciente da essência do paganismo do que qualquer outro escritor pagão.

 

Sobre Alberto Caeiro. Textos de Ricardo Reis.

 

diciembre 22, 2009

Acción y experiencia…

 

RELACIONES ENTRE EL MATERIALISMO DIALECTICO Y EL MATERIALISMO HISTORICO.
ALGUNAS APORTACIONES DE LA BIOLOGÍA A LA CONCEPCIÓN CIENTÍFICA DEL MUNDO

(…)

Relación entre la teoría de los niveles de integración con el pensamiento de Marx y Engels.

Por conforme que, de hecho, esté con su pensamiento general Marx y Engels no podían comprender la organización de la realidad en niveles de integración energético-material, porque el estado de las ciencias experimentales de su época les oponía obstáculos infranqueables que vamos a considerar a continuación. El primero de estos obstáculos (que no haremos sino señalar) se refiere a los niveles inorganicos en que entienden las ciencias físicas y químicas, y el segundo que consideraremos con alguna extensión más, se refiere a los niveles biológicos.

En lo que respecta a la dificultad en que Marx y Engels estaban para concerbir los niveles inorgánicos baste recordar el prejuicio dualista y creacionista que padecía la física y la química de su época, al que evidentemente no podían sustraerse Marx y Engels. Me refiero a la distinción de la materia y energía como entidades radicalmente irreductibles y dadas la una a la otra desde el principio en cantidades que se conservan, la materia en forma de átomo (es decir, de piezas de peso definido intransmutables unas a otras y dadas desde siempre); interpretación que, no sólo oscurece el inmenso horizonte de la evolución del universo hacia el átomo, sino que impide investigar los átomos como lo que necesariamente han de ser: unidades internamente activas que han de sostenerse de una continua aportación energética del resto de la realidad y que, complementariamente, son un foco contínuo de acción. (De pasada, digamos, que Marx y Engels consideran certeramente que el movimiento es el modo de ser de la naturaleza, pero –por esta limitación de la ciencia coetánea– no pueden entender cómo el movimiento transcurre, cómo da cuenta de la realidad en su conjunto). Tal dualismo entre materia y energía y la consiguiente concepción ahistórica y sustantiva de ambas se derrumba a comienzos de este siglo con los descubrimientos –en los que, por lo demás, culminan las principales líneas de progreso de la física y de la química del siglo XIX– de la radioactividad (de la energía atómica) y de la relación cuantitativa de los cambios de materia en energía y viceversa por Einstein, sin duda uno de los hombres que más han dado a favor de la concepción monista de la realidad.

Pasemos al segundo obstáculo, ahora el ofrecido por la biología, que el estado científico coetáneo oponía a que Marx y Engels concibieran con suficiente claridad los niveles de integración biológicos; a saber, en sus tiempos existía una total confusión (que persiste hasta hoy) en lo que respecta a los distintos niveles de seres vivos, de la que penosamente estamos procurando salir. Baste recordar que, en 1859, se enuncia la teoría celular, pero se remite la cualidad de ser vivo a la célula y se reduce el animal a una mera asociación de células y la célula sólo es enfocada en su vinculación originaria con las demás células, lo que, dentro de su limitación, constituye ciertamente una aportación del más alto valor científico ya que, de hecho, diseña a la célula como un nivel de la realidad (2). Podemos decir que Virchow descubre empíricamente el nivel celular pero sin aprender a actuar experimentalmente sobre las células (3). Y, sobre todo descubre el nivel celular (como los grandes químicos de fines del siglo XVIII habían descubierto el atómico) sin ser conciente de ello, esto es sin comprender que las células constituyen un nivel energéticomaterial de la realidad, es decir unidades originadas por la actividad cooperante de unidades del nivel inferior y originantes, a su vez, de unidades del nivel inmediato superior (el animal). Virchow y desde entonces los citólogos consideran de modo ahistórico e idealista la célula como el sustrato “esencial” de toda vida, y, en consecuencia, por una parte, hacen caso omiso de su origen t relación permanentes con el nivel inmediato inferior (ante todo por el desconocimiento de la existencia de seres vivos de nivel intermedio entre la célula y las moléculas: los individuos protoplásmicos); y, por otra parte, niegan su carácter de ser vivo genuino, de individualidad del nivel supracelular, al animal (no obstante lo obvio que este carácter es para nosotros en cuanto animales que somos) y reduce el individuo animal, como si fuese una planta, a una mera asociación de células a las que considera portadoras exclusivas –yo diría mágicamente exclusivas– de la cualidad abstracta de la vida (4). Teniendo en cuenta esta incapacidad de la biología de establecer ni siquiera empíricamente –ni menos experimentalmente– los diversos niveles de ser vivo (por lo que siguen inextrincablemente enmarañados fenómenos procedentes de tres niveles de integración distintos) explica que los biólogos con voluntad de elevar la biología desde el conocimiento puramente empírico (la descripción y clasificación de los seres vivos) al conocimiento experimental (operar sobre ellos conforme a la previsión teórica) hayan tendido a apartarse del objeto del conocimiento propio de la biología y a remitir los problemas del ser vivo al nivel inorgánico superior, tal como este se presenta en los seres vivos, nivel este que sí, desde mucho antes de Marx, era objeto de conocimiento experimental: el propio de la química. De esta tendencia, que ha desviado de la biología de su objetivo genuino aunque ha conquistado (por la bioquímica y la genética) un gran acervo de datos, inestimable si se interpreta debidamente, no puede escapar Engels cuando afirma, en La dialéctica de la naturaleza que la vida es la química de la albúmina.

Pues bien, a pesar de la imposibilidad en que Marx y Engels estaban de distinguir los niveles de integración de la naturaleza, y muy en particular los biólogos, y por tanto de plantearse los problemas científicos (propios de la ciencia evolucionista) que son planteados por esta existencia, a saber, las relaciones de origen y de sostenimientos de unos niveles con otros, me parece que este tipo de problemas está, en cierto modo en germen en el materialismo histórico. En efecto, dentro del amplio marco de la evolución biológica, Marx se ciñe al estudio de una fase de la evolución interna de un nivel (la evolución del animal culminante, el hombre, en términos de su medio genuino, la sociedad), y prescinde del estudio del origen del hombre a partir de la evolución conjunta de los animales y, aún más, del origen y naturaleza de los animales incluyendo al hombre (5); ahora bien, tiene en cambio Marx el mérito inmarcesible de haber estudiado –el primero– la fase evolutiva humana en su conjunto, analizando cómo la acumulación de pequeños cambios provoca inflexiones bruscas del proceso de todo el nivel (de la sociedad en su conjunto). No hay duda de que su genial enfoque, integrador, dinámico e histórico, debe considerarse ya ciencia evolucionista en acción ante un primer problema que, si no corresponde aún a los de mayor profundidad de la etapa de la ciencia (6) sí es de máxima importancia y urgencia.

Para comprender este gran salto en la problemática que da Marx (desde la ciencia experimental a la evolucionista) podemos comparar el tipo de problemas que aborda Marx con el de los problemas que acucian a Darwin y que este genialmente pero sin rebasar aún los límites de la ciencia experimental (7). Para plantearnos con claridad las diferencias de profundidad con que Darwin y Marx atacan sus respectivos campos de estudio conviene que nos pongamos en claro la relación objetiva que existe entre uno y otro campo. Ante todo, desde el marco general de la evolución biológica, hay que decir que los eminentes científicos se ocupan de una misma gran etapa de la evolución biológica. La etapa presidida por la evolución de los seres vivos de nivel superior, los animales. En esta etapa como en las dos precedentes (la de la evolución del nivel protoplásmico y la de la evolución del nivel celular (8), se distinguen dos grandes subetapas: la subetapa de la evolución de los heterótrofos del nivel (en nuestro caso, la evolución conjunta de las especies animales hasta la aparición del hombre) y la subetapa presidida por la evolución del autótrofo del nivel (en nuestro caso, la evolución biológica presidida por el hombre). Los dos grandes científicos que nos ocupan se plantean coetáneamente de modo riguroso el estudio, respectivamente, de una y de otra subetapa: Darwin, la de la evolución de los animales y Marx la de la evolución del hombre. Ambos hicieron conquistas definitivas, señeras, en sus respectivos campos; ahora bien, como hemos anunciado, entre el tipo, y es más entre la altura de los problemas de uno y otro científico, existe una clara diferencia que vamos a señalar sucintamente.

Analicemos, primero, la contribución imperecedera de Darwin a la biología, la teoría de la selección natural. Esta teoría significa el descubrimiento del modo de producirse cada uno de los cambios ínfimos que, sumamos a los largo del tiempo, determinan la evolución lentísima de todas y cada una de las especies animales –y vegetales– (la mínima diferencia que normalmente ha de producirse entre los individuos de una generación y los de la siguiente). Como es sabido por todos, Darwin induce que, a semejanza de lo que ocurre con las razas de animales domésticos (que se modifican por la selección ejercida por el hombre que escoge para progenitores de los ejemplares más convenientes para los objetivos del criador), los animales de cualquier especie se van modificando lentísimamente, de generación a generación, por selección natural de los individuos más aptos para subsistir en sus convicciones peculiares de vida.

Lo anterior significa que Darwin se limita a considerar cómo se produce el cambio cuántico o elemental (la unidad de cambio) dentro de todas y cada una de las especies; pero, en cambio, a pesar del título de su obra fundamental –El origen de las especies por selección natural–, queda fuera de su sistema de preguntas comprender de qué modo la acumulación de numerosos cambios cuánticos (generacionales) así producidos desemboca, de tarde en tarde, en el hecho de que una especie experimente un notorio cambio cualitativo, a saber, su desdoblamiento en dos especies nuevas y distintas (de desdoblamiento de lo que contituía una comunidad de reproducción en dos comunidades aisladas, una de otra, en la reproducción) (9).

Con la imposibilidad con que Darwin (la biología de su época) tropezaba de plantearse cómo el cambio cualitativo se produce sobre la modificación contínua paulatina está muy relacionada su incapacidad de diferenciar cualitativamente el ambiente en medios específicos (propios de las diferentes especies): para Darwin una misma naturaleza indiferenciada selecciona el león y la gacela, el cangrejo y la avispa y, es más, simultáneamente las especies vegetales además de las animales (10). No se plantea, pues, qué es lo que realmente selecciona a cada especie con la tremenda continuidad de modo que permanezca progresando en unas direcciones invariables: no procura diferenciar cualitativamente el ambiente en diferentes medios específicos. Ni que decir tiene, que todavía más lejos del horizonte conceptual de Darwin está el problema de cómo s originan y se mantienen los seres vivos de un nivel sobre la coordinación de nivel inmediato inferior (cómo, por ejemplo, ha surgido, en la filogénesis, la primera conciencia animal y, en la ontogénesis, toda conciencia animal, de la evolución conjunta de células). Esto en cuanto a Darwin.

Pasemos a considerar como enfoca Marx su campo peculiar de estudio, que, como hemos dicho, es, en términos biológicos, la evolución del animal autótrofo, del hombre. Claro es que Marx –análogamente a Darwin en el suyo– no deja de descubrir y analizar, en la evolución humana, el correspondiente cambio elemental, cuántico, que, en todo momento y con intensidad creciente, determina el progreso de la actividad humana: a saber, los avances de la actividad productiva realizada siempre en cooperación, socialmente (11). Pero Marx da una nueva proyección a este análisis elemental suyo: por una parte, considera cada cambio concreto, no aisladamente, sino en el marco de toda la sociedad a la que comprende como la totalidad interdependientemente que indudablemente es, sujeta a leyes generales (a tenciones interna muy distintas de las que presiden la vida conjunta de los animales), que él estudia y que condicionan los cambios cuánticos, particulares; y, por otra parte, descubre la ley fundamental (las relaciones económicas) que determinan que este conjunto –la sociedad humana– esté sometida a un cambio sostenido, global, en una dirección determinada –que esté sujeta a evolución–; cambio en el que la transformación paulatina provoca de tarde en tarde, en periodos cortos señeros, la sustitución de una modalidad de relaciones generales humanas ante la producción (básica de las demás relaciones) por una nueva; por ejemplo, la sustitución de la relaciones de producción esclavistas por las feudales y las de éstas por las capitalistas.

De este modo, en lo que respecta al tema propuesto de los niveles de integración de la realidad, Marx es el primero que enfoca el estudio de un nivel –en concreto, la segunda etapa del nivel animal presidida por el hombre– de un modo que supera el propio de la ciencia experimental clásica y que, apoyado en los datos de esta, es el propio ya de la ciencia evolucionista (12). Marx percibe, por una parte, que el conjunto de todo el nivel influye sobre lo que acontece en cada unidad o punto en él, de modo que el nivel que él investiga –la sociedad humana– aparece como un todo integrado, y, por otra parte, observa que este conjunto, y, en función de él cada uno de sus elementos se va modificando paulatinamente de modo que tiene una historia en la que cabe percibir direcciones principales de cambio, es decir, es un conjunto sujeto a evolución. Descubre también que la acumulación de estos pequeños cambios en una misma dirección provoca, de tarde en tarde, el surgimiento de algo nuevo, superior; de cambios de estructuras que afectan al conjunto y que determinan la modificación irreversible de lo particular. Tal es el tipo de problemas con que se enfrenta Marx en su investigación de la sociedad humana que se caracteriza por dos rasgos: 1) por ser genuinamente científico en cuanto se apoya en el conocimiento aportado por la ciencia experimental de procesos elementales, cuantitativos, reversibles dentro de su nivel, y 2) por elevar este conocimiento a un nuevo tipo de problemas y de conceptos: la dinámica del conjunto y su evolución conjunta que culmina en cambios irreversibles. Con toda razón hay que afirmar que Marx es el científico que logra el acceso a la ciencia evolucionista que, con él, inicia una nueva etapa en el desarrollo de la acción y experiencia humanas (13).

Claro que para hacer avanzar el pensamiento evolucionista sobre el gran legado de Marx hay que esforzarse en precisar el significado y alcance de sus conquistas lo que equivale a comprender sus limitaciones y, así, a ponerse en situación de superarlas. Según hemos visto, dentro del marco general de la realidad estructurada en niveles de integración energéticomateriles, Marx estudia, de hecho, la evolución conjunta del nivel biológico superior –del nivel animal– en su segunda etapa, la conducida por la actividad humana. En este nivel, Marx estudia las leyes comunes a todos los hechos particulares del campo (por ejemplo, la primacía en ellos de lo económico), es decir, estudia su campo hasta el nivel experimental de la ciencia; investiga luego la coordinación general de la sociedad en su estado actual (el capitalismo); y, en fin, el origen y evolución del capitalismo y, es más, las leyes generales del cambio integrado de la sociedad a lo largo de la historia.

Ahora bien, este enfoque científico evolucionista de la investigación marxista del nivel animal en su fase humana plantea de inmediato nuevos problemas que Marx no podía plantearse, ni menos resolverlo, por limitaciones de su época, como son: el origen del modo de acción y experiencia humana sobre la evolución conjunta de la acción y experiencia animal, y, por tanto, la cualidad diferencial entre la conciencia humana y la de los demás animales; en qué consiste (cómo se origina y se mantiene) cada individuo humano (y, en general, animal), problema de máximo alcance evolucionista porque, por una parte, remite a comprender estas unidades en términos de fuente de energía (de acumulaciones de alimentos) ambientales, y, por otra, exige comprender cómo cada una de ellas surge sobre la evolución conjunta del nivel inmediato inferior (el celular) y, escalonadamente, las unidades celulares sobre las inmediatas inferiores, etc., lo que, en una palabra, obliga a plantearse el conocimiento de lo individual sobre la comprensión científica del todo y de la evolución de éste.

 Faustino Cordón. La biología evolucionista y la dialéctica.

http://www.nodo50.org/ciencia_popular/articulos/faustinocordon.htm

 

Coincidiendo con el centenario de la muerte de Charles Robert Darwin, quien no sólo impulsó enérgicamente la biología, sino que influyó decisivamente en el pensamiento general, en homenaje a su memoria, el eminente biólogo Faustino Cordón ofreció en tres artículos una serie de reflexiones sobre los siguientes temas:

1) Darwin como modelo de hombre de ciencia. El País, 2 abril 1982.
2) La aportación de Darwin a la biología. El País, 3 abril 1982.
3) Los problemas de la biología actual y Darwin. El País, 4 abril 1982.

 

Fuente l http://faustinocordon.org

 

Ciclo de Krebs
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 «La vida es un foco unitario de acción y experiencia, es decir, lo que distingue a un ser vivo de una máquina electrónica es algo que toma noticia del entorno; toma noticia de esa acción y vuelve a ejercer otra acción corrigiéndola. Esa cadena de acciones y experiencias es lo que distingue al ser vivo, desde el protoplasma al animal. Difieren unos y otros profundamente en lo que consiste esa acción y esa experiencia. Explicar cómo sucede esto es mi tema, qué son esos focos, lo que implica entender el universo, porque eso es su última consecuencia. Yo soy materialista y, por tanto, creo que eso es una consecuencia de la evolución conjunta de la realidad. Este problema no está visto en la ciencia actual. Nadie se preocupa de eso; y a mí me parece que es el tema más importante»

 

Faustino Cordón

 

Fuentel  l  Rafael Jerez Mir: Faustino Cordón Bonet (1909-1999): el hombre y el científico

                 http://www.rebelion.org/noticia.php?id=39203

 

 

Faustino Cordón (1909-1999)

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