Nos Queda La Palabra

febrero 6, 2010

«Surge amica mea et veni»

 

 «Cuando iba Jaime Gil de Biedma a Roma solíamos pasear por la Via Apia, donde todavía tengo un amante que me espera (…) Mi enamorado (…) sigue allí, es una estatua».

María Zambrano

 

La llama 

     Asisitida por mi alma antigua, por mi alma primera al fin recobrada, y por tanto tiempo perdida. Ella, la perdidiza, al fin volvió por mí. Yentonces comprendí que ella había sido la enamorada. Y yo había pasado por la vida tan sólo de paso, lejana de mí misma .Y de ella venían las palabras sin dueño que todos bebían sin dejarme apenas nada a cambio. Yo era la voz de esa antigua alma. Y ella, a medida que consumaba su amor, allá, donde yo no podía verla; me iba iniciando a través del dolor del abandono. Por eso nadie podía amarme mientras yo iba sabiendo del amor. Y yo misma tampoco amaba. Sólo una noche hasta el alba. Y allí quedé esperando. Me despertaba con la aurora, si es que había dormido. Y creía que ya había llegado, yo, ella, él… Salía el Sol y el día caía como una condena sobre mí. No, no todavía.

Zambrano, M.:  Diotima de Mantinea, en Hacia un saber sobre el alma, Madrid,
Ed. Alianza, 1989, p. 197

Cita  l  Roma, matria nutricia de María Zambrano

                Por Rogelio Blanco Martínez

                Cervantes Virtual

Texto l  A media voz

Palabras clave l    Algún día en alguna parte l María Zambrano 

.

.

Yo sé que ver y oir a un triste enfada
cuando se viene y va de la alegría
como un mar meridiano a una bahía,
a una región esquiva y desolada.

.

Lo que he sufrido y nada todo es nada
para lo que me queda todavía
que sufrir el rigor de esta agonía
de andar de este cuchillo a aquella espada.

.

Me callaré, me apartaré si puedo
con mi constante pena instante, plena,
a donde ni has de oírme ni de de verte.

.

Me voy, me voy, me voy, pero me quedo,
pero me voy, desierto y sin arena:
adios, amor, adios hasta la muerte.

 

El rayo que no cesa. Miguel Hernández.

 

Foto: Maruja Mallo en su estudio. Madrid, 1936 

 

Imagen l Mujeres en el Arte

 

 

enero 28, 2010

…queriendo a los que quiero.

 

esta ofelia no es la prisionera de su propia voluntad
ella sigue a su cuerpo
espléndido como un golpe de vino en medio de
los hombres
su cuerpo estilo renacimiento lleno de sol de
Italia pasa por buenos aires
ofelia yo en tus pechos fundaría ciudades y
ciudades de besos
hermosas libres con su sombra a repartir con los
amantes mundiales
ofelia por tus pechos pasa como un temblor de
caballadas a medianoche por Florencia
tus pechos altos duros come il palazzo vecchio
una tarde del verano de 1957
iba yo por Florencia rodeado de tus pechos sin
saberlo
era igual la delicia la turbación el miedo
las sombras empezaban a andar por las callejas
con un olor desconocido
algo como tus pechos después de haber amado
eras oscura ofelia para entonces y enormemente
triste
una adivinación una catástrofe
un oleaje de olvido después de la ternura
una especie de culpa sin castigo
de furia en paz con su gran guerra
andabas por Florencia con tus pechos yendo
viniendo por las sombras
con saudade de mí seguramente
tu hombro izquierdo digamos
lloraba a tus espaldas o largaba sus ansias lentas
en el crepúsculo y ellas venían a mi sangre
o era un temblor como un presagio
gracias te sean dadas ojos míos
yo les beso las manos bésoles muy los pies
gracias narices mías muchas gracias oídos con
que escucho los ruidos de la ofelia
antes apenas era una ciudad de Italia
sus tiros me llenaban de otra desgracia el
corazón.

Juan Gelman

Incluido en Debí decir te amo. Sus mejores poemas de amor. Antología Personal. Juan Gelman.
Editorial Planeta. Poesía Planeta. Madrid. 1997.

 

Fuente l Poesía en español

.

“¿Quién dice que la poesía es inútil?”

Juan Gelman, premio Cervantes, es considerado uno de los más importantes poetas en lengua española. Aquí habla de su vida, su infancia, su juventud, su familia, su nieta y el oficio de escribir maravillas en forma de verso

Por Rodolfo Braceli
Para LA NACION – Buenos Aires, 2010

La conversación, esta conversación, empezó en 1965. Entretanto, media vida. O un pestañeo de tiempo, si es el sol el que mira.
(…)
Traigo yo un par de fotos del encuentro de hace 44 años. Se las mostraré más tarde. Empiezo con una pregunta grave:
-¿Cómo te llevás, Juan, con eso que llamamos “el tiempo”?
-El único consuelo es que envejece con uno.
-Los años vienen más cortos, ¿nos están afanando? A vos, ¿cuántos meses te duró este año?
-Esto depende de lo que pase, viejo, a mí me resultó muy largo. Es lo que llaman el tiempo psicológico. Pero si pienso que voy a cumplir 80, digo ¡pucha, qué rápido pasó!
-¿Cómo es eso de tener 80?
-Lo estoy averiguando.
-¿Te jode si hablamos lo menos posible de literatura?
-De lo que quieras. Vos preguntá.
(…)
-¿Te recordás naciendo?
-¡Por supuesto! Lo que me costó. Parece que mi madre estaba bien conmigo y no me dejaba afuera. Estuvo veintiséis horas en lo que se llamaba la cama dura, hasta que yo, peleando un poco, pude salir, con cinco kilos y medio. Me llamaban el torito de la sala y según mi mamá, me quiso robar una monja.
-Una monja, casualmente.
-Creo que esto pertenece a la leyenda familiar.
-Por ahí no es leyenda. Alguna vez Bradbury me contó que chequeó con su madre cosas que él recordaba de su cuarto día. Por ejemplo, al doctor que se inclinaba sobre él con el bisturí para la circuncisión.
-No sé, no sé…
-¿Te suena a mentira?
-Más bien me resulta no cierto.
(…)
-Para muchos no de carne, de fútbol somos. ¿El fútbol te interesa?
-Sí, claro, por supuesto.
-Seguro hincha de Atlanta.
-Sí, hombre, no me lo recuerdes. Siempre de Atlanta, ¡aunque ganara!
(…)
-¿Y tu mamá?
-Ella apoyó esta pequeña empresa. Mi padre enfermó, años padeció lo que supongo que era un cáncer, porque lo tuvieron que operar, y ella sostuvo la casa. Por otra parte, era una mujer culta, leía mucho. No sé cómo hacía, pero a mi hermana y a mí nos llevaba una vez por año al Colón, al paraíso. No sé, juntaría los centavitos. Ahí escuché a lo mejor de la época. Un acontecimiento para los hijos era. Cuando las cosas mejoraron, nos puso a estudiar piano y demás… me llevaba al cine…
-Siempre hay una película iniciática.
-Sí, me acuerdo que me llevó a ver… esa película del panadero que quiere suicidarse porque lo engaña la mujer… También me llevaba al teatro. En su juventud estudiaba medicina; se produce la revolución rusa y cambia todo. Y mi papá también era un hombre culto, participó en la revolución rusa de 1905. Cosa que nunca me dijeron en casa pero que yo averigüé con la familia en Moscú, cuando fui. Él era uno de esos obreros activistas del centro de Europa y del Este, que sabían de todo: política, economía, historia, literatura, lingüística… Dirigentes obreros así raro que haya.
(…)
-No te queda otra que ser ciudadano del mundo.
-Vos sabés que eso no existe, porque, mirá, yo no creo que exista tampoco el amor a la humanidad.
-¿Y aquello del amor universal?
-Uno no puede querer a la humanidad entera, no existe el amor universal; no puedo querer a los militares que mataron a mi hijo. Entonces mi amor es bastante selectivo.
(…)
-¿Cuál fue el libro que primero te sacudió?
-Mirá, leía las cosas escolares, pero a los 8 o 9 años empecé con los clásicos españoles, no Quevedo sino los poetas del siglo XIX. El primer libro que me produjo una emoción muy grande fue Humillados y ofendidos, de Dostoievski, que tenía mi hermano… Él tenía una habitación arriba, con una escalera de hierro. Un domingo se fue y subí y le saqué ese libro. Me senté en la escalera y me lo leí de arriba a abajo. Después estuve en cama dos días con fiebre. Tenía 14 años. Y no era que estuviera resfriado ni nada por el estilo. Eso fue una conmoción tremenda. Seguramente tuve lecturas superiores, pero ésa fue la que… no sé, me impresionó de un modo muy particular.
-¿En qué momento te das cuenta de tu vínculo con la poesía?
-Vos sabés que eso no es fácil, ¿no? En el Colegio Nacional de Buenos Aires conocí al que después se convirtió en una especie de hermano, Marcelo Ravoni, un poeta italiano que ya falleció. Nos mostrábamos las cosas, pero, bueno, uno entonces no pensaba que iba a ser poeta ni nada por el estilo.
(…)
-Aparte del emprendimiento familiar, ¿por dónde se te dio?
-Mirá, cuando tenía 19, trabajé para una revista de las aseguradoras. Iba adonde pasaba algo, a ver si tenían seguro o no. En general tenían. Pero una vez me tocó ir al puerto porque se había incendiado una lancha que era de dos hermanos; llego y estaban de lo más alicaídos. Ahí les digo: “Ustedes tenían seguro, ¿no?” “Se venció ayer”, me dicen. Volví con esa historia, agobiado, y el director se restregó las manos y “¡Fantástico, escribila ya!”. La escribí y me fui. Terrible.
-Más que amarillo, periodismo sádico.
-Sí, crónicas sádicas… Voy a pedir otro café… (Hace una seña, “Cortado con espuma de leche, por favor. Y agua”.) Bueno, después trabajé de camionero.
(…)
-¿Cuándo te das cuenta de que lo tuyo es la poesía?
-Con este amigo Marcelo, a los 17, merodeaba por revistas literarias. Había un grupo de poetas que andaban por los 23, incluso habían publicado; se reunían en un café, les presentábamos poemas ¡y siempre desaprobaban los míos! Entonces un día dije esto no puede ser, tan malo no soy. Escribí uno y se lo atribuí a un poeta hebreo del siglo XII. Llegué al café y les dije “Miiiren, traje este poema; no sé si lo quieren leer…” “Sí, sí, cómo no.” Se deshicieron en elogios. Ahí me di cuenta de varias cosas y de la más importante: lo único que vale es la escritura. Nada más. Me di cuenta de la vanidad que rodea a toda esta historia.
-Hablando de la utilidad de la poesía se dice que sirve para “levantar mujeres”. ¿Vos le diste ese uso alguna vez?
-Cuando tenía 9 años. Quería enganchar a una vecinita de 11 y yo le mandaba poemas de Almafuerte como si fueran míos.
-¿Y?
-No pasaba nada, entonces dije bueno voy a escribir yo.
-¿Y?
-Nada, pero yo seguí. Me consta que hay gente que ha usado mi poesía. Yo escribí un poema que se llama “Ofelia” y que empieza diciendo “Esta Ofelia no es la prisionera de su propia voluntad…”. Un día me invita un cubano, en México, a una fiesta, y voy con mi mujer. Se acercan dos mujeres a saludarla y me dice una: “Le quiero presentar a mi esposo, porque después va a contarle algo”. Y viene el tipo y me cuenta: que él primero había conocido a la amiga de su mujer, la que estaba ahí con ella, y le había enchufado el poema con su nombre, suponete, Patricia: “Esta Patricia no es la prisionera…”. La cosa no caminó. Después conoció a la que fue su mujer, no sabía que eran amigas, y le enchufa el poema: “Esta Carolina no es la prisionera…”. Ja, otra que me pasó fue una vez que justo salió un libro de Benedetti y uno mío, entonces nos hicieron una entrevista radial, pero en un café. Nos piden que cada uno lea un poema. Él leyó el suyo; yo, el mío, de amor. Termina la entrevista. Se me acerca una chica y me dice: “¿Ese poema es suyo?”. Digo sí. “¡Hijo de puta!” “Mire, disculpe, el poema no será muy bueno pero yo soy un hombre decente.” “No -me dice-, hijo de puta el novio que tuve, que me lo mandó como que era de él.”
-A veces uno no puede usar ni su propio poema.
-Pero a mí eso me alegra, porque ¿quién dice que la poesía no sirve, que la poesía es inútil? Además, en el siglo II un filósofo chino, no me acuerdo el nombre, decía que todo el mundo habla de la utilidad de lo útil, pero nadie repara en la utilidad de lo inútil.
-Volvamos al eterno “para qué sirve la poesía”.
-Ésa es una pregunta que se hizo, sobre todo, Hölderlin: ¿para qué poetas en estos tiempos mezquinos y miserables?
-Justamente.
-Sí, justamente.
-La abundancia de poetas abonará la teoría de las compensaciones.
-Mirá, los poemas son botellas al mar que por ahí llegan a la playa de un alma.
-Un alma, nada menos.
(…)
-Según pasan los años, ¿tus obsesiones se han ido modificando?
-Mirá, no se han modificado. Yo creo que todos los artistas pueden cambiar la expresión de sus obsesiones, pero por lo menos en mi caso, las obsesiones no cambian. Siempre tengo la imagen de sor Juana Inés de la Cruz de la espiral como definición de la belleza. Es decir, como si desde el punto donde esa espiral se inicia, también una obsesión se inicia en ese punto y da lugar a la espiral. Después, como si se mirara desde sus distintos puntos, cada vez más alto, cada vez más lejos, a la derecha, a la izquierda y todo lo demás… Mis obsesiones siguen siendo la niñez, el otoño, la muerte, el amor, la justicia social, la revolución. Pero además los hechos hacen que la calidad de la obsesión, su intensidad, se modifique; una cosa era cuando yo creía que estaba haciendo la revolución y otra cosa es lo que veo que pasó y está pasando. Entonces, en mi libro más reciente hay un poema que dice: “la revolución se paró en algún lado”.
-¿Se paró o se bajó del mundo?
-Yo no he dicho eso, he dicho que se paró en algún lado… Yo ya sé que yo no la voy a vivir ni la voy a hacer.
-Pero sentís que alguna vez va a suceder.
-Después de tantos fracasos y errores, lo único que puedo decir es que es imposible mutilar en los seres humanos la capacidad de sueños, el deseo de cambio… Hay épocas muy grises, como la actual, que vivimos desde hace años y que viviremos unos años más todavía. Pero la historia enseña que al final algo cambia. Yo creo que en cada caso se cambia de una manera diferente y eso no lo puedo predecir. A pesar de todo el esfuerzo que este mundo globalizado, entre comillas, hace para manufacturar nuestra subjetividad a nivel mundial, para amansarnos, para convertirnos en tierra fértil para los autoritarismos… a pesar de todo yo creo que hay momentos en los que la gente dice basta. La historia muestra eso. ¿Cuándo, cómo, dónde va a ocurrir? No lo sé.
-Eso que llamamos condición humana, ¿ha avanzado al menos un centímetro? Hay hasta genocidios preventivos…
-Yo también digo ¿cómo es posible? Eso no creo que haya cambiado mucho, han cambiado sistemas sociales, pero no sé, no sé… He leído a Freud que habla del instinto de muerte y una cantidad de cosas como componente de la subjetividad humana. No lo veo ese cambio. Desde el comienzo de la historia que conocemos, esto viene ocurriendo. Si es posible que deje de ocurrir, no lo sé.
(…)
-¿La suposición del después de la muerte te sirve de algún consuelo?
-Bueno, yo no creo en la otra vida.
-¿Y si la hubiese?
-Bienvenida, no me voy a negar.
-Con Dios, ¿cómo te llevás?
-Hay una creencia que respeto, de mucha gente. Pero yo no creo en Dios, creo que es la creación de los hombres y no al revés… Soy ateo.
-Ateo, ¿nunca agnóstico?
-No, ateo. Lo que no quita que los místicos que te mencioné o toda esa indagación, empezando por la Biblia, siempre me ha interesado. Es un tema serio, más allá de la creencia o no creencia.
(…)
-En los años 70 se solía elegir entre Neruda y Vallejo. Vos ibas por Vallejo.
-Mirá, yo creo que Neruda es, evidentemente, un gran poeta. Pero hay poesía más afín a uno o menos afín. Hay grandes poetas que yo leo y no me tocan nada; no es culpa de ellos, es culpa mía. No hay que hablar de culpas en esto. Es una cuestión de afinidad espiritual, experiencia y todo eso.
-Ya Adán y Eva, parece, discutían qué es poesía. Para algunos, la palabra menos pensada. Para otros, la más pensada.
-Yo te hablo de mí: la escritura de un poema empieza por el primer verso, y hay que poder encontrarlo. Y después ya sigue sigue, sigue, sigue y cuando estás en un poema no es lo mismo que cuando lo terminaste o lo dejaste y lo ves desde otro lugar.
-¿Te das cuenta cuando te sucede el poema?
-Cuando estás en el poema, no sabés bien qué estás diciendo… simplemente me doy cuenta de que lo escribo, pero no de lo que escribo. Y después, cuando uno lo lee, dice bueno, esto está más o menos, esto suena mal, o este poema no se logró y va a la basura.
-¿El trabajo de corrección sobre el texto puede llegar a ser otra etapa de la inspiración?
-En mí no. Corrijo poco; es decir, tiro aquello que me parece que no salió. El poema está o no está. Y después soy consciente de que tiene imperfecciones pero no me pongo a componerlo.
-Entrarías así en la fabricación del poema.
-Claro, pero, te hablo de mí, hay otros poetas que no, y no es que sean malos poetas, todo lo contrario, son muy buenos y es probable que si yo me dedicara a corregir, mis cosas saldrían mejor. Pero a mí lo que me interesa es el acto de la poesía, y siento que lo traiciono si me pongo a corregir mucho… Como el que escribe es otro, cuando yo corrijo siento que estoy corrigiendo a otro. Y eso no se hace.
(…)
-Graham Greene insistía en que la naturaleza humana no es blanca y negra, sino negra y gris. Para Gelman, ¿cómo es?
-Negra, gris y de todos los colores, hasta los que no existen en la naturaleza.
-Cuando te nombran como un “poeta político”, ¿cómo te suena?
-¿Dirías que Arquíloco fue un poeta político? Y sin embargo, escribió poemas pacifistas. ¿Dirías que Shakespeare fue un poeta político? Y sin embargo, nadie como él indagó las crueldades y las infamias de la lucha por el poder. No me estoy comparando, desde luego, no hay que hacer comparaciones, como decía Gardel. Creo que la poesía es palabra calcinada, que su único tema es la poesía.
-Entonces se puede hablar de todo en la poesía.
-Se puede hablar de todo. Hasta de amor.
-¿Cómo imaginás la literatura argentina si Borges no hubiera nacido?
-No me la puedo imaginar. Como no me la puedo imaginar sin Cortázar y tantos otros. La literatura es un tejido. Si alguno falta, queda un agujero.
(…)
Ya en la vereda, caminamos por Castro Barros. Una cuadra y doblamos por Don Bosco, paredes sembradas con escrituras en aerosol. Su semblante lo dice: a Gelman esta ciudad le produce alegría. Mientras el fotógrafo hace, me pongo a conversar con hebras entresacadas de un libro suyo. Gelman se retrata en una línea:
-“Miro mi corazón hinchado de desgracias…”
-Pese a todo, pese a tanto, Juan, con nosotros el amor.
-“Somos los que encendimos el amor para que dure, para que sobreviva a toda soledad. Hemos quemado el miedo, hemos mirado frente a frente al dolor antes de merecer esta esperanza.”
-La esperanza, ¿derecho o deber? ¿Podemos elegir?
-“Si me dieran a elegir, yo elegiría esta salud de saber que estamos muy enfermos, esta dicha de andar tan infelices.”
-¿Sólo eso?
-“Si me dieran a elegir, yo elegiría esta inocencia de no ser inocente, esta pureza en que ando por impuro… este amor con que odio, esta esperanza que come panes desesperados.”
(…)
¿Podría ser ahora, Juan, que suspendiéramos toda palabra dicha en voz alta, dicha en grito o dicha en escritura?
¿Podría ser que nos diéramos aquí mismo un abrazo a pleno sol en la plena noche?
A este encuentro le queda todavía media hora. Luego nos llevará un viejo Peugeot 404 modelo 69. La ciudad atorada, espesa de autos y bocinazos. Pero la alegría del poeta no amaina. Imperdonable lo mío, empecé con pregunta grave, concluyo con otra semejante:
-Hace un rato, Juan, me dijiste que la muerte te molestaba. No me dijiste por qué.
-Porque no me va a permitir que siga queriendo a los que quiero.

  

© LA NACION

 

Entrevista íntegra :

lanacion.com - Noticias actualizadas las 24hs
adn Cultura

 

noviembre 10, 2009

…dans la santé essentielle

 

raulphotographe

Conte

       Un Prince était vexé de ne s’être employé jamais qu’à la perfection des générosités vulgaires. Il prévoyait d’étonnantes révolutions de l’amour, et soupçonnait ses femmes de pouvoir mieux que cette complaisance agrémentée de ciel et de luxe. Il voulait voir la vérité, l’heure du désir et de la satisfaction essentiels. Que ce fût ou non une aberration de piété, il voulut. Il possédait au moins un assez large pouvoir humain.      Toutes les femmes qui l’avaient connu furent assassinées. Quel saccage du jardin de la beauté! Sous le sabre, elles le bénirent. Il n’en commanda point de nouvelles. – Les femmes réapparurent.      Il tua tous ceux qui le suivaient, après la chasse ou les libations. – Tous le suivaient.      Il s’amusa à égorger les bêtes de luxe. Il fit flamber les palais. Il se ruait sur les gens et les taillait en pièces. La foule, les toits d’or, les belles bêtes existaient encore.      Peut-on s’extasier dans la destruction, se rajeunir par la cruauté! Le peuple ne murmura pas. Personne n’offrit le concours de ses vues.      Un soir il galopait fièrement. Un Génie apparut, d’une beauté ineffable, inavouable même. De sa physionomie et de son maintient ressortait la promesse d’un amour multiple et complexe! d’un bonheur indicible, insupportable même! Le Prince et le Génie s’anéantirent probablement dans la santé essentielle. Comment n’auraient-ils pas pu en mourir. Ensemble donc ils moururent.      Mais ce Prince décéda, dans son palais, à un âge ordinaire. Le prince était le Génie. Le Génie était le Prince. – La musique savante manque à notre désir.

 

Les Illuminations. Arthur Rimbaud

Fuente l Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

La música sabia no acude a nuestro deseo…

 

septiembre 21, 2009

…melancholicos esse

  

Te quiero

 
Te quiero.

Te lo he dicho con el viento
jugueteando tal un animalillo en la arena
o iracundo como órgano tempestuoso;
              
te lo he dicho con el sol,
que dora desnudos cuerpos juveniles
y sonríe en todas las cosas inocentes;
              
te lo he dicho con las nubes,
frentes melancólicas que sostienen el cielo,
tristezas fugitivas;
              
te lo he dicho con las plantas,
leves caricias transparentes
que se cubren de rubor repentino;
              
te lo he dicho con el agua,
vida luminosa que vela un fondo de sombra;
te lo he dicho con el miedo,
              
te lo he dicho con la alegría,
con el hastío, con las terribles palabras.
Pero así no me basta;
más allá de la vida
quiero decírtelo con la muerte,
más allá del amor
quiero decírtelo con el olvido.

 

La realidad y el deseo. Luis Cernuda

 

Fuente l A media voz

  

Aristóteles ait: omnes ingeniosos melancholicos esse .

 

Fuente l Lecciones sobre metafísica de lo bello.   Arthur Schopenhauer

 

agosto 31, 2009

…el veneno del hastío.

 

Charles_Baudelaire_by_Manet

De La Fanfarlo
Por Charles Baudelaire
Traducción de Nydia Lamarque 1º edición, 1961, México, Editorial Aguilar.

(…) Nos hemos dedicado de tal manera a sofisticar nuestro corazón, hemos abusado tanto del microscopio para estudiar las repugnantes excrecencias y las vergonzosas verrugas de que está cubierto, y que agrandamos a voluntad, que es imposible que hablemos la lengua de los demás hombres. Ellos viven para vivir, y nosotros, ay de mí, vivimos para saber. En eso reside todo el misterio. La edad cambia sólo la voz, y hace caer solamente los dientes y los cabellos; nosotros hemos alterado el acento de la naturaleza, hemos extirpado uno a uno los virginales pudores que erizaban nuestro fuero íntimo de hombres decentes. Hemos hecho psicología, como los locos, que aumentan su locura esforzándose por comprenderla. Los años sólo invalidan los miembros, y nosotros hemos deformado las pasiones. Desdichados, tres veces desdichados los padres achacosos que nos hicieron raquíticos y sin suerte, ¡predestinados como estamos a no engendrar más que hijos muertos!
    —¡Más Cornejas! —contestó ella—; ¡vamos, deme el brazo y admiremos esas pobres flores a quienes hace tan felices la primavera!
    En vez de admirar las flores, Samuel Cramer, que había caído en trance de elocuencia, comenzó a poner en prosa y a declamar algunas malas estrofas compuestas en su primer estilo. La dama lo dejaba hacer.
    —¡Qué diferencia y cuán poco subsiste del mismo hombre, excepto el recuerdo! Pero el recuerdo no es más que un nuevo sufrimiento. ¡Hermoso tiempo aquel en que la mañana no despertaba jamás nuestras rodillas entumecidas o quebrantadas por la fatiga de los sueños, en que nuestros ojos claros reían a la naturaleza entera, en que nuestra alma no razonaba sino que vivía y gozaba; en que nuestros suspiros se exhalaban dulcemente, sin ruido y sin orgullo! ¡Cuántas veces, en los ocios de la imaginación, he vuelto a ver alguna de esas hermosas veladas otoñales, en las que las jóvenes almas hacen progresos comparables a los de esos árboles que crecen varios codos con la velocidad del rayo! Entonces veo, siento, entiendo; la luna despierta las grandes mariposas; el viento cálido abre las damas-de-noche y se adormece el agua de los vastos estanques. Oiga usted con el alma los valses súbitos de un piano misterioso. Los perfumes de la tormenta entran por las ventanas; es la hora en que los jardines están llenos de vestiduras rosadas y blancas que no temen mojarse. ¡Los matorrales complacientes enganchan las fugitivas faldas, los cabellos castaños y los bucles rubios se mezclan en torbellino! ¿Se acuerda usted aún, señora, de los enormes almiares de heno, por los que se bajaba tan rápidamente, de la vieja nodriza, tan lenta para perseguirla, y de la campana tan pronta a llamarla bajo la mirada de su tía, en el gran comedor?
    La señora de Cosmelly interrumpió a Samuel con un suspiro, quiso abrir la boca, para rogarle sin duda que se detuviera, pero él había retomado ya la palabra.
    —Lo más desolador —dijo— es que todo amor tiene siempre mal fin, tanto más malo, cuanto más divino, más alado fuera en sus comienzos. No hay sueño, por ideal que sea, al que no se vuelva a encontrar con un rorro glotón colgado del pecho; no hay retiro, no hay casita tan deliciosa o ignorada como para que no venga a abatirla el azadón. Y por lo menos esta destrucción es sólo material: pero hay otra, más implacable y más secreta, que ataca las cosas invisibles. Figúrese usted que en el momento en que se apoya en el ser de su elección para decirle: “¡Volemos juntos a buscar el fondo del cielo!”, una voz implacable y seria se insinúe en su oído para decirle que nuestras pasiones son mendaces, que nuestra miopía nos hace ver hermosos los rostros y nuestra ignorancia bellas las almas, y que llega fatalmente un día en que, para la mirada más clarividente, el ídolo no es ya más que un objeto, no de odio, ¡sino de desprecio y de estupor!
    —Por favor, señor —dijo la señora de Cosmelly.
    Evidentemente, estaba emocionada; Samuel advirtió que había puesto el dedo en una antigua llaga y siguió insistiendo con crueldad.
    —Señora —dijo—, los padecimientos saludables del recuerdo tienen sus encantos, y en esa embriaguez del dolor se encuentra a veces un alivio. Ante esa fúnebre advertencia, todas las almas leales exclamarán: “Señor, sácame de aquí con mi sueño intacto y puro; quiero devolver a la naturaleza mi pasión con toda su virginidad, y ostentar en otro mundo mi intocada corona.” Por lo demás, los resultados de la desilusión son terribles. Los hijos enfermizos, engendrados por el amor agonizante, son el triste libertinaje y la odiosa impotencia; el libertinaje del espíritu, la impotencia del corazón, que hacen que el uno viva sólo por curiosidad y que el otro sucumba de cansancio cada día. Todos nos parecemos más o menos a un viajero que hubiera recorrido un vastísimo país y contemplara, cada tarde el sol, que antes doraba soberbiamente los gratos detalles de ¡a ruta, ponerse en un monótono horizonte. El viajero se sienta con resignación, en sucias colinas, cubiertas de desconocidos residuos, y dice a los aromas de los brezos que es inútil que asciendan hacia un vacío; a las raras y míseras semillas, que es inútil que germinen en un suelo agostado; a los pájaros, que creen que alguien bendice sus enlaces, que yerran al construir sus nidos en una comarca azotada por fríos y violentos huracanes. Y vuelve a emprender tristemente su ruta hacia un desierto que sabe semejante al que acaba de recorrer, escoltado por el pálido fantasma que se llama Razón, que ilumina la aridez de su camino con una pálida linterna y que para aplacar la renaciente sed de pasión que de cuando en cuando lo domina, le escancia el veneno del hastío.

Fuente l  La Máquina del Tiempo

agosto 30, 2009

…un tardío beso

 

Á la Douceur...

 

Dernier voeu
Théophile Gautier  (1811-1872)

Voilà longtemps que je vous aime
– L’aveu remonte à dix-huit ans ! –
Vous êtes rose, je suis blême ;
J’ai les hivers, vous les printemps.

Des lilas blancs de cimetière
Près de mes tempes ont fleuri ;
J’aurai bientôt la touffe entière
Pour ombrager mon front flétri.

Mon soleil pâli qui décline
Va disparaître à l’horizon,
Et sur la funèbre colline
Je vois ma dernière maison.

Oh ! que de votre lèvre il tombe
Sur ma lèvre un tardif baiser,
Pour que je puisse dans ma tombe,
Le cœur tranquille, reposer !


Ultimo deseo

Hace ya tanto tiempo que te adoro,
dieciocho años atrás son muchos días…
eres de color rosa, yo soy pálido,
yo soy invierno y tú la primavera.

Lilas blancas como en un camposanto
en torno de mis sienes florecieron,
y pronto invadirán todo el cabello
enmarcando la frente ya marchita.

Mi sol descolorido que declina
al fin se perderá en el horizonte,
y en la colina fúnebre, a lo lejos,
contemplo la morada que me espera.

Deja al menos que caiga de tus labios
sobre mis labios un tardío beso,
para que así una vez esté en mi tumba,
en paz el corazón pueda dormir.

Versión de Carlos Pujol

 

Fuente l Poemas en francés

 

 

febrero 18, 2009

Cintas infames…

Punica granatum (Magraner), en el blog de Jon Kepa

Homenagem às Letras Portuguesas

 

”  ¿Había llegado entonces el tiempo en que la gran Naturaleza, la Naturaleza religiosa, quedaba abandonada a las fieras humanas …? “ 

» Y despues de sustentar ramos de verdor-(…)-iban a servir de sostén a las cuerdas de la horca, que son las cintas infames con las que el hombre se une a la podredumbre.  ¡No!…

» Así hablaba yo en soledad. Caía la noche, lenta y fatal. El cadaver se balanceaba al viento. Empecé a oír aletazos. Volaban sombras sobre mí. Eran los buitres.  Se posaron.  Sentía el roce de sus plumas inmundas; afilaban los picos en mi cuerpo; se colgaban ruidosos , clavándome las garras. 

» ¡Uno se posó en el cadaver y empezó a picotearle la cara!. Dentro de mi estallaron los sollozos.  Pedí a Dios que me pudriese de repente…   

»Pero Dios dormía en sus paraísos de luz.

 

Extractos de Memorias de una horca, de José María Eça de Queiroz  

 

Da Homenagem às Letras Portuguesas, organizada pela Fundação José Saramago a 10 de dezembro de 2008, na Casa do Alentejo, ficou a memória de uma noite de palavras, de sons e de emoções.

Para todos os que estiveram presentes e para os que não puderam estar, aqui fica a quarta e última parte de uma série de vídeos evocativos.

…José Saramago lê o Discurso proferido no Banquete Nobel, dez anos depois,  a 10 de Dezembro de 2008. 

                                                       Sérgio Letria  , O blog da Fundação.

 

 

enero 6, 2009

Siempre, Chavela.

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La Despedida

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