Nos Queda La Palabra

agosto 31, 2010

…a mis manos llegará”.

 

“Si luchamos podemos perder

Si no lo hacemos estamos perdidos”

 

Palabras leídas en la entrada de  la Casa de Berrugo

 

  A nosotros se nos quiere como consumidores y poco más…

José Saramago

 

Fuente l Lanzarote , la isla estrellada,  de Manuel Mora Morales. AmazonasFilms    (Youtube)
 
***  

 

 ”Lo que tenga que servir, a mis manos llegará”.

 José Saramago

 

… el último pajarillo que sollozante pedía auxilio atrapado en el respiradero de ventilación era un inmaturo al que le delataba el plumón que todavía, levemente, asomaba entre sus alas.

 

El día no había empezado a despuntar así que lo instalamos en una pequeña terraza tapiada,  rodeado de cestas y macetas, con el corazón aún atezado por el manotazo ineludible que la muerte acababa de asestarnos…

 

Las imágenes, los recuerdos, las sonrisas, las conversaciones, los poemas recitados, el compromiso inalienable, las palabras acariciadoras,  brincaban , fluían, se ordenaban, se amontonaban , abriendose paso hasta el cerebro aún exhausto.

 

Dos pajarillos acudieron al reclamo insistente apenas pasados algunos minutos…

 

¡Lavanderas!… ¡Son lavanderas! , grité en mi corazón, conteniendo la respiración.

 

Las lavanderas no se fían mucho de los humanos así que evitamos hacernos notar por temor a que se asustaran y enseguida empezaron a alimentar a su  polluelo…

 

¡ Contamos más de cincuenta entradas y salidas al nido a lo largo del día!

 

Al ir a comprobar si se trataba de la lavandera blanca enlutada o de la común en la Guía de Aves de Omega , leímos, no sin sorpresa- pues antes nunca habíamos reparado en ningún comentario parecido ( hay que tener en cuenta que es una guía de campo, para identificación in situ) – que los autores afirmaban que en África se considera de buena suerte que las lavanderas aniden en la aldea y de mala suerte si no lo hacen.

 

De  todo lo que acontezca en lo sucesivo considero improbable que pueda algo tener que ver con las incansables lavanderas ( creo ésto con la misma convicción con la que desisto de buscar en un rezo el beneficio de algún ser supremo ) pero no puedo evitar acordarme de José y es entonces cuando sus palabras regresan una y otra vez…

África tenía que venir…las lavanderas tenían que llegar.

 

De “África”.  Junio de 2010.

 

A José Saramago,  hijo de sus obras.

In Memorian

Una despedida que durará toda la vida… 

 

  LuzdelSueveProd

Lavandera blanca ( Motacilla alba )

 

Ayudadme a ser hombre: no me dejéis ser fiera… 

Miguel Hernández. El Hambre.  El Hombre Acecha (1937-1939)

 

Para pensar…

.
***
ÁFRICA NO EXISTE. L’Afrique n’existe pas. Africa does not exist.

 Entrevista de Manuel Mora Morales a EL-HADJI AMADOU NDOYE, profesor senegalés de Literatura Española Moderna en la Universidad CHEIKH ANTE DIOP DE DAKAR- Facultad de Letras y Ciencias Humanas..

 

One more time!

 

“If it weren’t for guys like Ray and Solomon, I wouldn’t be where I am today. Those guys were the inspiration that got me going. If it wasn’t for that kind of music, I couldn’t do what I’m doing now.”

Van Morrison

 

Cita l Wikipedia (Van Morrison)

.

thescottishplayer01

Van Morrison  with The Band

 

 Caravan

Van Morrison

And the caravan is on it’s way
I can hear the merry gypsies play
Mama mama look at Emma Rose
She’s a-playin with the radio
La, la, la, la…

And the caravan has all my friends
It will stay with me until the end
Gypsy Robin, Sweet Emma Rose
Tell me everything I need to know
La, la, la…

Turn up your radio and let me hear the song
Switch on your electric light
Then we can get down to what is really wrong
I long just to hold you in my arms so that I can feel you
Sweet lady of the night I shall reveal you

Turn it up, turn it up, little bit higher radio
Turn it up, that’s enough, so you know it’s got soul
La, la, la, la…

And the caravan is painted red and white
That means ev’rybody’s staying overnight
Barefoot gypsy player round the campfire sing and play
And a woman tells us of her ways
La, la, la, la…

Turn up your radio and let me hear the song
Switch on your electric light
Then we can get down to what is really wrong
I long just to hold you in my arms so that I can feel you
Sweet lady of the night I shall reveal you
Turn it up, turn it up, little bit higher, radio
Turn it up, that’s enough, so you know it’s got soul
So you know, So you know it’s got soul, So you know it’s got..
So you know it’s got soul. so you know it’s got soul
Turn it up now! Turn it up
One more time!
So you know!
One more time! One more time! One more time! One more time!

 

 

 “Now, the caravan is painted red and white…

A Jesús .  In memorian .

 

… a lo alto inevitablemente.

Filed under: Literatura — Etiquetas: , , — labalaustra @ 7:52 pm

 

ArribaAbajo[A mí me ha sucedido muchas veces]

  ArribaAbajoA mí me ha sucedido muchas veces    
  ir caminando y encontrarme    
  de pronto una palabra que había dicho    
  hace tantos amores a estas horas,    
  hace tantos latidos y amarguras,    
  cuando la adolescencia. Ella tenía    
  aproximadamente dieciocho    
  años, y unos cabellos que las brisas    
  adoraban, diciéndole al oído:    
  nunca los tuve iguales en mis dedos.    

  Vivir no se medía, se gozaba    
  asomado a un pretil de donde el mundo    
  era un suelo extendido de hermosura    
  que rodeaba el júbilo, y el gozo    
  se llamaba José como me llamo,    
  urgía con los latidos de aquí dentro    
  un millón de esperanzas por minuto.    

  A mí me ha sucedido muchas veces    
  encontrarme con sombras y decirles:    
  sois las mismas, acaso conocéis    
  este viejo aposento, y verlas irse    
  como un poco de humo, como un poco    
  de hermosura. La vida es eso, sombra.    

  A mí me ha sucedido muchas veces    
  buscarme inútilmente, no encontrarme    
  aunque estaba citado en la esperanza    
  a una ternura fija, y ver pudrirse    
  las rosas que llevaba entre las manos.    

  Y hallar que la palabra no servía,    
  que era inútil el canto, derrotada    
  la palabra en los labios, miel sin nadie,    
  en busca de su labio. Duramente    
  el corazón aprende sus congojas    
  para saber un poco. No es alegre    
  llegar a esta certeza del vocablo    
  inútil casi siempre, casi nunca.    

  Claro que no son sólo estas orillas.    
  Las hay sin amargura, aunque se acaban    
  en apariencia, pero no se acaban    
  porque se miden con la sangre. Tienen    
  nombres que apenas tienen nombre. Dicen    
  al corazón dulzura, nos derraman    
  generosos al mundo, nos reviven.    

  A mí me ha sucedido muchas veces    
  ir caminando y olvidarme    
  de todo en la esperanza. Dios sin duda    
  nos coge de la mano. ¿No es su mano?    

  A merced de las horas, sin derecho    
  más que a un poco de aire, de hermosura,    
  nacemos, y es bastante. A veces sobra.    
  Todo en fin es amor. Me ha sucedido    
  encontrarme a menudo que no peso,    
  que esto que llaman por llamar no tiene    
  más que un nombre, querencia. Va a lo alto    
  inevitablemente. Va a lo alto    
  como el chopo y el bien. Sigue a lo alto

 

 José Antonio Muñoz Rojas

 

Fuente l  Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes

agosto 30, 2010

…cuando lloro así

Filed under: actualidad, Música — Etiquetas: , , , — labalaustra @ 7:46 am

 

 

Con tu amor, junto a tí y adorándote tanto…

 

¡ Gracias ! Sois “todes”  muy  “salaos“…

 

 

agosto 20, 2010

…el triste destino de Palinuro!

 

«Sedibus ut saltem placidis in morte quiescam.»
Virgilio

 

Al abordar las circunstancias que han provocado mi reclusión en este asilo para enfermos mentales, soy consciente de que mi actual situación provocará las lógicas reservas acerca de la autenticidad de mi relato. Es una desgracia que el común de la humanidad sea demasiado estrecha de miras para sopesar con calma e inteligencia ciertos fenómenos aislados que subyacen más allá de su experiencia común, y que son vistos y sentidos tan sólo por algunas personas psíquicamente sensibles. Los hombres de más amplio intelecto saben que no existe una verdadera distinción entre lo real y lo irreal; que todas las cosas aparecen tal como son tan sólo en virtud de los frágiles sentidos físicos y mentales mediante los que las percibimos; pero el prosaico materialismo de la mayoría tacha de locuras a los destellos de clarividencia que traspasan el vulgar velo del empirismo chabacano.

Mi nombre es Jervas Dudley, y desde mi más tierna infancia he sido un soñador y un visionario. Lo bastante adinerado como para no necesitar trabajar, y temperamentalmente negado para los estudios formales y el trato social de mis iguales, viví siempre en esferas alejadas del mundo real; pasando mi juventud y adolescencia entre libros antiguos y poco conocidos, así como deambulando por los campos y arboledas en la vecindad del hogar de mis antepasados. No creo que lo leído en tales libros, o lo visto en esos campos y arboledas, fuera lo mismo que otros chicos pudieran leer o ver allí; pero de tales cosas debo hablar poco, ya que explayarme sobre ellas no haría sino confirmar esas infamias despiadadas acerca de mi inteligencia que a veces oigo susurrar a los esquivos enfermeros que me rodean. Será mejor para mí que me ciña a los sucesos sin entrar a analizar las causas.

Ya he dicho que vivía apartado del mundo real, aunque no que viviera solo. Eso no es para seres humanos, ya que quien se aparta de la compañía de los vivos inevitablemente frecuenta la compañía de cosas que no tienen, o al menos no demasiada, vida. Cerca de mi casa existe una curiosa hondonada boscosa en cuyas profundidades umbrías pasaba la mayor parte del tiempo; leyendo, pensando y soñando. En sus musgosas laderas tuvieron lugar mis primeros pasos infantiles, y en torno a sus robles grotescamente nudosos se entretejieron mis primeras fantasías de adolescencia. Terminé por conocer bien a las dríadas tutelares de tales árboles, y a menudo he atisbado sus salvajes danzas a los fieros rayos de la luna menguante… pero no debo hablar ahora de eso. Debo ceñirme a la tumba abandonada de los Hydes, una vieja y rancia familia cuyo último descendiente directo había sido introducido en su negro seno décadas antes de mi nacimiento.

Esta cripta de la que hablo es de viejo granito, carcomido y descolorido por brumas y humedades de generaciones. Excavado en la ladera, tan sólo la entrada de la estructura resulta visible. La puerta, un bloque pesado e imponente de piedra, cuelga sobre oxidados goznes de hierro, y se encuentra entornada de forma extraña y siniestra, mediante pesadas cadenas y candados, siguiendo una rústica costumbre de hace medio siglo. La residencia del linaje cuyos vástagos yacen aquí en urnas, antiguamente coronaba la cuesta donde se halla la tumba, pero hace mucho que se derrumbó víctima de las llamas provocadas por la desastrosa caída de un rayo. Los más viejos del lugar a veces hablan con voces apagadas e inquietas acerca de la tormenta de medianoche que destruyó esa melancólica mansión; mencionando lo que ellos llaman «cólera divina» en una forma tal que en años posteriores aumentaría la siempre fuerte fascinación que sentía por ese sepulcro devorado por las malezas. Tan sólo un hombre había perecido por el fuego. Cuando el último de los Hydes fue sepultado en este lugar de sombras y quietud, aquella triste urna de cenizas había llegado de una tierra distante, ya que la familia se había marchado tras el incendio de la mansión. Ya no queda nadie para depositar flores en el portal de granito, y pocos se aventuran entre las deprimentes sombras que parecen demorarse en forma extraña alrededor de sus piedras gastadas por el agua.

Nunca olvidaré la tarde en que me encontré por primera vez con esa casa de muerte casi oculta. Era mediado el verano, cuando la alquimia de la naturaleza transmuta el paisaje silvestre en una vívida y casi homogénea masa de verdor; cuando los sentidos se ven intoxicados por oleadas de húmedo verdor y el aroma sutilmente indefinible de la tierra y la vegetación. En tales parajes la mente pierde la perspectiva; tiempo y espacio se hacen vanos e irreales, y los sucesos de un pasado perdido laten insistentemente sobre la conciencia cautivada. Estuve vagabundeando todo el día a través de las místicas arboledas; pensando en cosas de las que no hace falta hablar y conversando con seres que no debo mencionar. A la edad de diez años, yo había visto y oído multitud de maravillas ocultas para el vulgo; y era curiosamente viejo en ciertos aspectos. Cuando, tras abrirme paso entre dos exuberantes zarzales, me topé bruscamente con la entrada de la cripta, yo no sabía lo que había descubierto. Los oscuros bloques de granito, la puerta tan curiosamente entreabierta, y los relieves funerarios sobre el arco, no despertaron en mí asociaciones tristes o terribles. Sobre tumbas y sepulcros ya era mucho lo que sabía e imaginaba, aunque por mi peculiar carácter me había apartado de todo contacto con camposantos y cementerios. La extraña casa de piedra en la ladera representaba para mí una fuente de interés y especulaciones; y su interior frío y húmedo, dentro del que vanamente trataba de ojear a través de la abertura tan incitantemente dispuesta, no tenía para mí connotaciones de muerte o decadencia. Pero de ese instante de curiosidad nació el loco e irracional deseo que me ha conducido a este infierno de reclusión. Azuzado por una voz que debía proceder del espantoso corazón de la espesura, resolví penetrar aquellas tinieblas que me reclamaban, a pesar de las cadenas que impedían mi acceso. En la menguante luz del día, alternativamente sacudí los herrumbrosos impedimentos, dispuesto a franquear la puerta de piedra, e intenté escurrir mi magro cuerpo a través del espacio ya abierto; pero nada de todo esto resultó. Tras la curiosidad del principio, ahora me encontraba frenético; y cuando en el crepúsculo que avanzaba volví a casa, había jurado al centenar de dioses del bosque que, a cualquier precio, algún día me abriría paso hasta las oscuras y heladas profundidades que parecían reclamarme. El médico de barba gris que acude cada día a mi cuarto dijo una vez a un visitante que tal decisión representaba el comienzo de una penosa monomanía; pero esperaré el juicio final de los lectores cuando éstos hayan sabido todo.

Consumí los meses posteriores al descubrimiento en inútiles tentativas de forzar el complejo candado de la cripta entreabierta, así como en discretas indagaciones acerca de la naturaleza e historia de esa estructura. Con el oído tradicionalmente receptivo de los niños, aprendí mucho, aun cuando mi habitual reserva me llevó a no comunicar a nadie ni esos datos ni la decisión tomada. Quizás debiera mencionar que no me sorprendí ni me aterré al conocer la naturaleza de la cripta. Mis originales ideas acerca de la vida y de la muerte me habían llevado a asociar, de alguna vaga forma, la fría arcilla y el cuerpo animado; y sentí que esa grande y siniestra familia de la mansión incendiada estaba en algún modo presente en el pétreo recinto que yo trataba de explorar. Las habladurías sobre ritos salvajes e idólatras orgías ocurridas antiguamente en el viejo lugar despertaban en mí un nuevo y poderoso interés por la tumba, ante cuyas puertas podía sentarme durante horas y más horas cada día. En cierta ocasión lancé una vela por la rendija de la entrada; pero no pude ver nada sino un tramo de húmedos peldaños que descendía. El olor del lugar me repelía al tiempo que me fascinaba. Sentía haberlo aspirado ya antes, en un remoto pasado anterior a todo recuerdo; previo incluso a mi estancia en el cuerpo que ahora habito.

El año siguiente al descubrimiento de la tumba encontré una traducción carcomida por los gusanos de las Vidas de Plutarco en el ático atestado de libros de mi hogar. Leyendo la vida de Teseo, quedé sumamente impresionado por aquel pasaje que habla sobre la gran roca bajo la que el héroe infantil habría de encontrar las señales de su destino, tras hacerse lo suficientemente adulto como para alzar su enorme peso. Esa leyenda consiguió aplacar mi acuciante impaciencia por penetrar la cripta, ya que me hizo percibir que aún no había llegado el tiempo. Más tarde, me dije, alcanzaría fuerza e ingenio bastantes como para franquear con facilidad la puerta pesadamente encadenada; pero hasta ese momento debía conformarme con lo que parecían los designios del Destino.

En consecuencia, la atención dedicada al húmedo portal se tornó menos persistente, y dediqué mucho de mi tiempo a otras meditaciones sobre asuntos igualmente extraños. A veces me levantaba sigilosamente durante la noche, saliendo a pasear por aquellos camposantos y cementerios de los que mis padres me habían mantenido alejado. Qué hacía allí no sabría decir, ya que no estoy seguro de la realidad de algunos hechos; pero sé que al día siguiente de alguno de tales paseos solía asombrarme con la posesión de un conocimiento sobre temas casi olvidados durante muchas generaciones. Fue durante una noche así que estremecí a la comunidad con una extraña hipótesis acerca del enterramiento del rico y famoso hacendado Brewster, una celebridad local sepultada en 1711 y cuya lápida de pirraza, ostentando el grabado de una calavera y dos tibias cruzadas, iba convirtiéndose lentamente en polvo. En un instante de infantil imaginación juré no sólo que el enterrador, Goodman Simpson, había hurtado sus zapatos con hebilla de plata, medias de seda y calzones de raso al muerto antes del entierro; sino que el mismo hacendado, aún vivo, se había girado por dos veces en su ataúd cubierto de tierra el día después de ser sepultado.

Pero la idea de penetrar la tumba nunca abandonó mis pensamientos; viéndose de hecho estimulada por el inesperado descubrimiento genealógico de que mis propios antepasados maternos mantenían un ligero parentesco con la familia de los Hydes, considerada extinta. El último de mi rama paterna, yo era asimismo el último de ese linaje más viejo y misterioso. Comencé a considerar esa tumba como mía, y a esperar con ansiedad el futuro, esperando el momento en que pudiera traspasar la puerta de piedra y descender en la oscuridad aquellos viscosos peldaños de piedra. Adquirí el hábito de escuchar con gran atención junto al portal entornado, eligiendo para esa curiosa vigilia mis horas preferidas, en la quietud de la medianoche. Al alcanzar la edad adulta, había abierto un pequeño claro en la espesura, ante la fachada cubierta de moho de la ladera, permitiendo a la vegetación adyacente circundar y cubrir aquel espacio, a semejanza de un selvático enramado. Tal enramado era mi templo, la puerta aherrojada del santuario, y aquí yacía tendido en el musgoso suelo, sumido en extraños pensamientos y enroñando sueños extraños.

La noche de la primera revelación hacía bochorno. Debí quedarme dormido a causa del cansancio, ya que tuve la clara sensación de despertar al oír las voces. Dudo de mencionar sus tonos y acentos; de su cualidad no quiero ni hablar; pero puedo decir que había extraordinarias diferencias en su vocabulario, pronunciación y en la construcción de frases. Cada matiz del dialecto de Nueva Inglaterra, desde las groseras sílabas de los colonos puritanos a la retórica precisa de cincuenta años atrás, parecían hallarse representadas en aquel sombrío coloquio, aunque sólo más tarde caí en la cuenta. En ese instante, de hecho, mi atención estaba distraída con otro fenómeno; un suceso tan fugaz que no podría jurar que haya sucedido realmente. Apenas creí estar despierto, cuando una luz se apagó apresuradamente dentro del hondo sepulcro. No creo haber quedado pasmado o sumido en el pánico, aunque soy consciente de haber sufrido un cambio grande y permanente durante esa noche. Al volver a casa me dirigí sin vacilar a un podrido arcón del ático, en cuyo interior encontré la llave que al día siguiente abriría fácilmente la barrera contra la que tanto tiempo había luchado en vano.

Fue al suave resplandor del final de la tarde cuando por vez primera accedí a la cripta de la ladera abandonada. Un hechizo me envolvía, y mi corazón latía con un alborozo que apenas puedo describir. Mientras cerraba a mis espaldas la puerta y descendía los pringosos escalones a la luz de mi solitaria vela, creí reconocer el camino y, aunque la vela chisporroteaba debido al sofocante ambiente del lugar, me sentía singularmente a gusto con aquel aire viciado, como de osario. Mirando alrededor, columbré multitud de losas de mármol sobre las que reposaban ataúdes, o restos de ataúdes. Algunos estaban sellados e intactos, pero otros casi se habían deshecho, dejando las manijas de plata y placas caídas entre algunos curiosos montones de polvo blancuzco. En una de las placas leí el nombre de sir Geoffrey Hyde, que había llegado de Sussex en 1640 y muerto aquí unos años después. En un llamativo nicho había un ataúd bastante bien conservado y vacío que me hizo sonreír a la par que estremecer. Un extraño impulso me llevó a encaramarme a la amplia losa, apagar la vela y yacer dentro de la caja desocupada.

Con la luz gris del alba salí dando tumbos de la cripta y aseguré la cadena de la puerta a mi espalda. Ya no era un joven, aun cuando tan sólo veintiún inviernos habían pasado por mi envoltura corporal. Los aldeanos más madrugadores que alcanzaron a presenciar mi vuelta a casa me contemplaron atónitos, asombrados de los signos de juerga tormentosa visibles en alguien cuya vida era tenida por sobria y solitaria. No me mostré ante mis padres hasta después de un largo y reparador sueño.

En adelante frecuenté cada noche la tumba; viendo, escuchando y realizando actos que jamás debo revelar. Mi forma de hablar, siempre susceptible de las influencias más inmediatas, fue lo primero en sucumbir al cambio, y la súbita aparición de arcaísmos en mi habla fue pronto advertida. Más tarde, mi conducta se tiñó de extraño valor y temeridad, hasta el punto de que inconscientemente comencé a adoptar la actitud de un hombre de mundo, a pesar de mi reclusión de por vida. Mi anteriormente silenciosa lengua se tornó voluble, con la gracia fácil de un Chesterfield o el cinismo ateo de un Rochester. Mostraba una curiosa erudición, completamente alejada de los saberes fantásticos y monacales de los que me había empapado en mi juventud, y cubría las hojas de guarda de mis libros con fáciles e improvisados epigramas que tenían influencias de Gay, Prior y los más vivos de los burlones y poetas augustos. Una mañana, durante el desayuno, me puse al borde del desastre al declamar con acentos netamente ebrios una efusión de alegría bacanal del siglo dieciocho; un soplo de alegría georgiana nunca consignada en libros, que rezaba más o menos así:

Acudid acá, mozos, con vuestras jarras de cerveza,
Y bebed por el presente antes de que se esfume;
Apilad en vuestro plato una montaña de carne,
Pues el comer y el beber nos brinda alivio:
Así que colmad vuestros vasos,
Ya que la vida pronto pasará;
¡Cuando estéis muertos no brindaréis a la salud
del rey o de vuestra chica!
Anacreonte tenía la nariz roja, según cuentan:
¿Pero qué es una nariz colorada a cambio de estar alegre y vivaz?
¡Dios me valga! Mejor rojo como estoy aquí,
que blanco como un lirio… ¡y muerto medio año!
Así que Betty, mi dama,
Ven y dame un beso;
¡En el infierno no hay hija de ventero que se te pueda comparar!
El joven Harry se mantiene todo lo tieso que puede,
Pronto perderá la peluca y caerá bajo la mesa;
Pero colmad vuestras copas y hacerlas circular…
¡Mejor bajo la mesa que bajo tierra!
Así que reíd y gozad Bebed sin cesar:
¡Bajo seis pies de tierra no os será tan fácil el disfrutar!
¡El diablo me confunda! Apenas puedo andar,
¡Maldito sea si puedo tenerme en pie o hablar!
Aquí, posadero, manda a Betty por una silla;
¡Me iré a casa en un rato, ya que mi mujer no está!
Así que echadme una mano;
No me tengo en pie,
¡Pero contento estoy mientras me mantenga sobre la tierra!

Por esa época comencé a albergar mi actual miedo al fuego y las tormentas. Antes indiferente a tales cosas, sentía ahora un inexplicable horror ante ellas; y era capaz de recogerme al rincón más profundo de la casa cuando los cielos amenazaban con aparato eléctrico. Uno de mis refugios favoritos durante el día era el ruinoso sótano de la mansión quemada, y con la imaginación podría pintar la estructura tal y como había sido antiguamente. En cierta ocasión asusté a un aldeano conduciéndolo en secreto a un sombrío subsótano cuya existencia me parecía conocer a pesar del hecho de que había permanecido desconocido y olvidado durante muchas generaciones.

Al final ocurrió lo que tanto había temido. Mis padres, alarmados por la alteración de ademanes y apariencia de su único hijo, comenzaron a ejercer sobre mis movimientos un discreto espionaje que amenazaba con conducirme al desastre. No había comentado a nadie mis visitas a la tumba, habiendo guardado mi secreto propósito con religioso celo desde la infancia; pero ahora me veía obligado a guardar precauciones cuando deambulaba por los laberintos de la hondonada boscosa, ya que debía despistar a un posible perseguidor. Guardaba la llave de la cripta colgando de un cordel alrededor de mi cuello, cuya existencia tan sólo era conocida por mí. Nunca saqué del sepulcro ninguna de las cosas que encontré entre sus muros.

Una mañana, mientras salía de la húmeda tumba y cerraba las cadenas del portal con mano no demasiado firme, advertí en un matorral adyacente el rostro de un observador. Sin duda, el fin estaba cerca; ya que mi enramado había sido descubierto y el objeto de mis salidas nocturnas desvelado. El hombre no se me acercó, por lo que me apresuré a volver a casa en un esfuerzo por espiar lo que pudiera informar a mi preocupado padre. ¿Iban mis estancias más allá de la puerta encadenada a ser reveladas al mundo? Imaginen mi regocijado asombro cuando escuché al espía contar a mi padre con un precavido susurro que yo había pasado la noche en el enramado exterior a la tumba; ¡con mis ojos somnolientos clavados en la hendidura que entreabría la puerta aherrojada! ¿Mediante qué milagro se había visto engañado el observador? Ahora estaba convencido de que un agente sobrenatural me protegía. Envalentonado por tal circunstancia celestial, volví a visitar abiertamente la cripta, seguro de que nadie podría presenciar mi entrada. Durante una semana degusté al completo los placeres de ese osario común que no debo describir, cuando aquello sucedió, y me arrancaron de allí para traerme a este maldito lugar de pesar y monotonía.

No debí salir esa noche, ya que el estigma del trueno acechaba en las nubes, y una infernal fosforescencia brotaba del fétido pantano ubicado al fondo de la hondonada. La llamada de los muertos, también, era distinta. En vez de la tumba de la ladera, procedía del calcinado sótano en lo alto, cuyo demonio tutelar me hacía señas con dedos invisibles. Cuando salí de una arboleda intermedia al llano que hay ante las ruinas, contemplé a la brumosa luz lunar, algo que siempre había esperado vagamente. La mansión, desaparecida un siglo antes, alzaba una vez más sus majestuosas formas ante la mirada extasiada; cada ventana resplandecía con el fulgor de multitud de velas. Por el largo sendero acudían los carruajes de la aristocracia de Boston, al tiempo que una muchedumbre de petimetres empolvados iba llegando a pie desde las mansiones vecinas. Con tal gentío me mezclé, a sabiendas de que mi sitio estaba entre los anfitriones, no entre los invitados. En el salón sonaba la música, risas, y el vino estaba en cada mano. Reconocí algunas caras, aunque las hubiera distinguido mucho mejor de haber estado secas, o consumidas por la muerte y la descomposición. Entre una multitud salvaje y audaz yo era el más extravagante y disipado. Alegres blasfemias brotaban a torrentes de mis labios, y mis bruscos chascarrillos no respetaban la ley de Dios, el Hombre o la Naturaleza. Súbitamente, un retumbar de trueno, haciéndose oír aún sobre el estrépito de aquella juerga tumultuosa, rasgó el mismo tejado e impuso un soplo de miedo en aquella porcina compañía. Rojas llamaradas y tremendas ráfagas de calor envolvieron la casa, y los concelebrantes, aterrorizados por el descenso de una calamidad que parecía trascender los designios de una naturaleza ciega, huyeron vociferando en la noche. Tan sólo quedé yo, atado a mi asiento por un terror mortal jamás sentido hasta entonces. Y en ese instante un segundo horror tomó posesión de mi alma. Quemado vivo hasta ser reducido a cenizas, mi cuerpo disperso a los cuatro vientos, ¡jamás podría yacer en la tumba de los Hydes! ¿Acaso no tenía derecho a descansar durante el resto de la eternidad entre los descendientes de sir Geoffrey Hyde? ¡Sí! ¡Reclamaría mi herencia de muerte aun cuando mi espíritu hubiera de buscar durante eras otra morada carnal que la situase en aquella losa vacía del nicho de la cripta. ¡Jervas Hyde nunca arrostraría el triste destino de Palinuro!

Mientras el espejismo de la casa ardiente se desvanecía, me encontré gritando y debatiéndome como un loco entre los brazos de dos hombres, uno de los cuales era el espía que me había seguido hasta la tumba. La lluvia caía a raudales, y sobre el horizonte sur había fogonazos de los relámpagos que acababan de pasar sobre nuestras cabezas. Mi padre, con el rostro surcado de pesar, no hacía gesto mientras yo le pedía a voces que me dejara reposar en la tumba, advirtiendo con frecuencia a mis captores que me trataran con toda la delicadeza posible. Un círculo oscurecido en el suelo del arruinado sótano indicaba un violento golpe de los cielos, y en esa parte un grupo de aldeanos curiosos con linternas indagaban en una pequeña caja de antigua factura que la caída del rayo había aflorado a la luz. Cesando en mis inútiles y ahora sin objeto forcejeos, observé a los espectadores mientras examinaban el hallazgo, y se me permitió participar de su descubrimiento. La caja, cuyos cerrojos habían sido rotos por el golpe que la había desenterrado, contenía multitud de documentos y objetos de valor; pero yo tan sólo tenía ojos para una cosa. Era la miniatura en porcelana de un joven con una elegante peluca de rizos, ostentando las iniciales «J. H.». El rostro era tal y como yo me veía, de suerte que bien pudiera haber estado contemplándome en un espejo.

Al día siguiente me trajeron a este cuarto con barrotes en la ventana, pero me he mantenido al tanto de ciertas cosas merced a un sirviente no muy espabilado, y ya de edad, por quien sentí gran cariño durante la infancia, y quién, al igual que yo, ama los cementerios. Lo que me he atrevido a contar de mis experiencias dentro de la cripta tan sólo me ha brindado sonrisas conmiserativas. Mi padre, que me visita a menudo, dice que no he traspasado el portal encadenado, y jura que el herrumbroso cerrojo, cuando él lo examinó, no daba muestras de haber sido tocado en cincuenta años. Incluso afirma que todo el pueblo conocía mis viajes a la tumba, y que con frecuencia me observaban durmiendo en el enramado exterior a la espantosa fachada, los ojos entreabiertos y fijos en el resquicio que conduce al interior. Contra tales afirmaciones carezco de pruebas, ya que mi llave se perdió durante la lucha en esa noche de horror. Las extrañas cosas del pasado que aprendí durante aquellos encuentros nocturnos con los muertos son atribuidos al fruto de mi codicioso e incesante hojear de los viejos volúmenes de la biblioteca familiar. De no haber sido por mi viejo criado Hiram, a estas alturas yo mismo estaría bastante convencido de mi propia locura.

Pero Hiram, fiel hasta el final, ha tenido fe en mí y ha provocado lo que me lleva a publicar al menos parte de esta historia. Hace una semana forzó el cerrojo que aseguraba la puerta de la tumba perpetuamente entornada y descendió con una linterna a las sombrías profundidades. En una losa, en el interior de un nicho, descubrió un ataúd viejo, pero vacío, en cuya deslustrada placa reza esta simple palabra: «Jervas.» En ese ataúd y en esa cripta me ha prometido que seré sepultado.

FIN

 

La tumba. H.P. Lovecraft
 

Fuente l Ciudad Seva

 

agosto 11, 2010

…una alforja detrás, otra delante

 

El contenido de este texto está calificado como no adecuado para menores de edad, y restringida su lectura a personas adultas. Si eres menor de edad, según la legislación de tu país, debes abstenerte de la lectura de estos textos.
Consulta a una persona adulta.

.

 

Las hijas del pobre
de Félix María Samaniego

Tenía cierto pobre vergonzante

una alforja detrás, otra delante,

y colocaba con cuidado en ellas

a dos hijas muy bellas,

que muchos para mover los corazones

suelen valerse de tales aprensiones,

o por mejor guardallas o escondellas.

Le preguntó un curioso: -¿ Son doncellas?

A lo que respondió como hombre ya maduro:

-Por la que va delante lo aseguro,

porque siempre a la vista yo la llevo;

por la que va detrás, yo no me atrevo.

.

Fuente l  El jardín de Venus, de Félix María Samaniego

                  Wikisource

agosto 10, 2010

Una cierta inocencia

 

 

Una cierta inocencia

Por José Saramago

Durante muchos años Jorge Amado quiso y supo ser la voz, el sentido y la alegría de Brasil. Pocas veces un escritor se ha convertido, como él, en el espejo y el retrato de un pueblo entero. Una parte importante del mundo lector extranjero comenzó a conocer Brasil cuando comenzó a leer a Jorge Amado. Y para muchas personas fue una sorpresa descubrir en los libros de Jorge Amado, con la más transparente de las evidencias, la compleja heterogeneidad, no solo racial, sino cultural de la sociedad brasileña. La generalizada y estereotipada visión de que Brasil era reducible a la suma mecánica de las poblaciones blancas, negras, mulatas e indígenas, perspectiva ésa que, en todo caso, ya venía sendo progresivamente corregida, aunque de manera desigual, por las dinámicas del desarrollo en los múltiples sectores y actividades sociales del país, recibió, con la obra de Jorge Amado, el más solemne y al mismo tiempo apreciable desmentido. No ignorábamos la emigración portuguesa histórica ni, en diferente escala y en épocas diferentes, la alemana e la italiana, pero fue Jorge Amado quien nos puso delante de los ojos lo poco que sabíamos sobre la materia. El abanico étnico que refrescaba la tierra brasileña era mucho más rico y diversificado de lo que las percepciones europeas, siempre contaminadas por los hábitos selectivos del colonialismo, pretendían dar a entender: por fin, también había que contar con la multitud de turcos, sirios, libaneses e tutti quanti que, a partir del siglo XIX y durante el siglo XX, prácticamente hasta los tiempos actuales, dejaron sus países de origen para entregarse, en cuerpo y alma, a las seducciones, pero también a los peligros, de eldorado brasileño. Y también para que Jorge Amado les abriese de par en par las puertas de sus libros.

Tomo como ejemplo de lo que vengo diciendo un pequeño y delicioso libro cuyo título – “El descubrimiento de América por los turcos” – es capaz de movilizar de inmediato la atención del más apático de los lectores. Ahí se cuenta, en principio, la historia de dos turcos, que no eran turcos, dice Jorge Amado, sino árabes, Raduan Murad e Jamil Bichara, que decidieron emigrar a América a la conquista de dinero y de mujeres. Muy pronto, sin embargo, la historia, que parecía prometer unidad, se subdividió en otras historias en que entran decenas de personajes, hombres violentos, putañeros y borrachines, mujeres tan sedientas de sexo como de felicidad doméstica, todo esto en el distrito de Itabuna (Bahia), donde Jorge Amado (¿coincidencia?) precisamente tuvo a bien nacer. Esta picaresca brasileña no es menos violenta que la ibérica. Estamos en tierra de jagunços, de roças de cacau que eram minas de oro, de peleas resueltas a golpes de navaja, de coroneles que ejercían sin ley un poder que nadie es capaz de comprender cómo les llegó, de prostíbulos donde las prostitutas son disputadas como las más puras de las esposas. Esta gente no piensa más que en fornicar, acumular dinero, amantes y borracheras. Son carne para el Juicio Final, para la condenación eterna. Y, pese a todo, a lo largo de esta historia turbulenta y de mal consejo, se respira (ante el desconcierto del lector) una especie de inocencia, tan natural como el viento que sopla o el agua que corre, tan espontánea como la hierva que nace después de la lluvia. Prodigio del arte de narrar, “El descubrimiento de América por los turcos”, no obstante, su brevedad casi esquemática y su aparente sencillez, merece ocupar un lugar al lado de los grandes murales novelescos, como “Jubiabá”, ”La tienda de los milagros” o “Tierras del sin fin”. Se dice que por el dedo se conoce al gigante. Ahí está, pues, el dedo del gigante, el dedo de Jorge Amado.

Esta entrada fue publicada el a las Octubre 14, 2008 y está archivada bajo las categorías El cuaderno de Saramago. Puedes seguir las respuestas de esta entrada a través de sindicación RSS 2.0. Tanto comentarios como pings de momento quedan cerrados.

©José Saramago 2010

Fuente l Otros Cuadernos de Saramago

agosto 9, 2010

…grandes olas que dan miedo.

  

  “Reales”, llama el burgués sólo a las cosas que todos, o por lo menos la mayoría, perciben de modo semejante. “

(Orig.: “„Wirklich“ nennt der Bürger nur die Dinge, die von allen oder doch von vielen ähnlich wahrgenommen werden. “ – “Klingsors letzter Sommer“)

El último verano de Klingsor. Hermann Hesse

Cita l Wikiquote

 

kreslina

Dmitry Shostakovich
Lady Macbeth of Mtsensk

(Katerina Izmailova – Natalia Kreslina)

KATERINA
V liesú, f sámoy cášie, yest’
óziera, safsiém krúgloye,
ocin glubókoye, i vadá v
nyom ciórnaia, kak moyá
sóviest, ciórnaia.
I kagdá viétier hódit v
lisú, na ózere padnimáiutsia
vólny, bošiie vólny, takdá strášna:
a ósen’yu v ózere vsikdá vólny.
Ciórnaia vadá i balšiie vólny.
Ciornyi, balšiie vólny.

KATERINA
En el bosque,
en lo más profundo del bosque,
hay un lago, redondo, profundo.
El agua del lago es completamente negra.
Negra como mi conciencia.
Y cuando el viento silba en el bosque,
el lago hace olas,
grandes olas que dan miedo.
En otoño el lago siempre hace olas.
Agua negra y grandes olas.
Grandes olas negras.

.

Fuente  l  Kareol

***

gsilot

Cuarteto Assai – Shostakovich (fragmento)

 

agosto 6, 2010

…donde el barro se subleva.

Filed under: Música, Uncategorized — Etiquetas: , , , , — labalaustra @ 7:41 am

 

pepaetc

 La última curda- Goyeneche-Troilo

(De Aníbal Troilo y Cátulo Castillo)

Lastima, bandoneón,
mi corazón
tu ronca maldición maleva…
Tu lágrima de ron
me lleva
hacia el hondo bajo fondo
donde el barro se subleva.
¡Ya sé, no me digás! ¡Tenés razón!
La vida es una herida absurda,
y es todo todo tan fugaz
que es una curda, ¡nada más!,
mi confesión.

Contame tu condena,
decime tu fracaso,
¿no ves la pena
que me ha herido?
Y hablame simplemente
de aquel amor ausente
tras un retazo del olvido.
¡Ya sé que me hace daño!
¡Yo sé que te lastimo
llorando mi sermón de vino!
Pero es el viejo amor
que tiembla, bandoneón,
y busca en un licor que aturda
la curda que al final
termine la función
corriéndole un telón al corazón.

Un poco de recuerdo y sinsabor
gotea tu rezongo lerdo.
Marea tu licor y arrea
la tropilla de la zurda
al volcar la última curda.
Cerrame el ventanal
que arrastra el sol
su lento caracol de sueño,
¿no ves que vengo de un país
que está de olvido, siempre gris,
tras el alcohol?

.

agosto 5, 2010

…dueños de lo imposible

Filed under: Literatura — Etiquetas: , , , , , , , — labalaustra @ 11:37 pm

 

Magnetismo

Era al final de una cena de hombres, a la hora de los interminables cigarros y de las incesantes copitas, en medio del humo y el cálido torpor de las digestiones, en el ligero trastorno de las cabezas tras tanta comida y licores absorbidos y mezclados.
  Se habló de magnetismo, de los espectáculos de Donato y de las experiencias del doctor Charcot. De pronto, aquellos hombres escépticos, amables, indiferentes a toda religión, se pusieron a contar hechos extraños, historias increíbles pero reales, afirmaban, cayendo bruscamente en creencias supersticiosas, aferrándose a ese último resto de lo maravilloso, convertidos en devotos de ese misterio del magnetismo, defendiéndolo en nombre de la ciencia.
  Sólo uno sonreía, un muchacho vigoroso, gran perseguidor de muchachas y cazador de mujeres, cuya incredulidad hacia todo estaba tan fuertemente anclada en él que no admitía ni la más mínima discusión.
  No dejaba de repetir, riendo burlonamente:
  —¡Tonterías! ¡Tonterías! ¡Tonterías! No discutiremos de Donato, que es simplemente un hábil prestidigitador lleno de trucos. En cuanto al señor Charcot, del que se dice que es un notable sabio, me da la impresión de estos cuentistas tipo Edgar Poe, que terminan volviéndose locos a fuerza de reflexionar sobre extraños casos de locura. Ha constatado fenómenos nerviosos inexplicados y aún inexplicables, avanza por ese mundo desconocido que explora cada día, e incapaz de comprender lo que ve, recuerda quizá demasiado las explicaciones eclesiásticas de los misterios. Querría oír hablar de otras cosas completamente distintas de lo que todos ustedes repiten.
  Hubo alrededor del incrédulo una especie de movimiento de piedad, como si hubiera blasfemado en medio de una reunión de monjes.
  Uno de los reunidos exclamó:
  —Sin embargo, hubo un tiempo en que se produjeron milagros.
  Pero el otro respondió:
  —Lo niego. ¿Por qué ya no los hay?
  Entonces cada uno aportó un hecho, presentimientos fantásticos, comunicaciones de almas a través de grandes espacios, influencias secretas de un ser sobre otro. Y afirmaban su veracidad, declarándolos hechos indiscutibles, mientras el negador empedernido repetía:
  —Tonterías! ¡ Tonterías! ¡ Tonterías!
  Finalmente se levantó, arrojó su cigarro y, con las manos en los bolsillos, dijo:
  —Bien, yo también voy a contarles dos historias, y luego se las explicaré. Aquí están:
  »En el pequeño pueblo de Entretat, los hombres, todos marineros, van cada año al banco Terranova a pescar el bacalao. Una noche, el hijo pequeño de uno de esos marinos se despertó sobresaltado gritando que su «papá había muerto en el mar». Se calmó al pequeño, que al poco tiempo se despertó de nuevo gritando que «su papá se había ahogado». Un mes más tarde se supo que efectivamente su padre había muerto tras se arrastrado por un golpe de mar. La viuda recordó entonces cómo se había despertado el niño. Se gritó milagro, todo el mundo se emocionó, se comprobaron las fechas, y se halló que el incidente y sueño coincidían más o menos; de ahí se llegó a la conclusión de que se habían producido la misma noche, a la misma hora. He aquí un misterio de magnetismo.
  El narrador se interrumpió. Entonces uno de los oyentes, muy emocionado, preguntó:
  —¿Y usted puede explicar eso?
  —Perfectamente, señor, he hallado el secreto. El hecho me sorprendió e incluso me azaró vivamente; pero entienda, yo no creo por principio. Del mismo modo que los demás empiezan por creer, yo empiezo por dudar; y cuando no comprendo en absoluto, sigo negando toda comunicación telepática de las almas, seguro de que mi penetración sola es suficiente. Bien, busqué, busqué, y a fuerza de interrogar a todas las mujeres de los marinos ausentes, terminé por convencerme de que no pasaban ocho días sin que una de ellas o uno de sus hijos soñara y anunciara al despertar que su «papá había muerto en el mar». El horrible y constante temor de este accidente hace que se hable constantemente de él, que se piense en él sin cesar. Y, si una de estas frecuentes predicciones coincide, por un azar muy simple, con una muerte, se grita de inmediato milagro, ya que se olvida de pronto todos los demás sueños, todos los demás presagios, todas las demás profecías de desgracia que se han quedado sin confirmar. Yo, por mi parte, he tomado en consideración más de cincuenta de ellas cuyos autores, ocho días más tarde, ni siquiera las recordaban. Pero si el hombre había muerto realmente, el recuerdo se despertaba de inmediato, y se celebraba la intervención de Dios según algunos, del magnetismo según otros.
  Uno de los fumadores declaró:
  —Es justo lo que usted dice, pero veamos su segunda historia.
  —¡Oh! Mi segunda historia es muy delicada de contar. Me ocurrió a mi personalmente, así que desconfío un poco de mi propia apreciación. Nunca se es equitativamente juez y parte. En fin, ahí va.
  »En mis relaciones mundanas había una joven en la que yo no pensaba en absoluto, que nunca había observado atentamente, a la que jamás había echado el ojo encima, como se dice.
  »La clasificaba entre las insignificantes, pese a que no era en absoluto fea; en fin, me parece que tenía unos ojos, una nariz, una boca, unos cabellos indeterminados, toda una fisonomía apagada; era uno de esos seres en los cuales no se piensa más que por azar, sobre los cuales el deseo pasa de largo.
  »Sin embargo, una noche, mientras escribía unas cartas en un rincón junto al fuego antes de meterme en la cama, sentí en medio de este aluvión de ideas, de esta procesión de imágenes que rozan tu cerebro cuando permaneces unos instantes sumido en la ensoñación, con la pluma en el aire, una especie de pequeño soplo que rozó mi espíritu, un muy ligero estremecimiento de mi corazón, e inmediatamente, sin razón alguna, si el menor encadenamiento de pensamientos lógicos, vi con claridad, vi como si la estuviera tocando, vi de pies a cabeza, y sin ningún velo, a esa joven en la que jamás había pensado más de tres segundos consecutivos, el tiempo que su nombre cruzaba mi cabeza. Y de pronto descubrí en ella un montón de cualidades que jamás había observado, un encanto dulce, una lánguida atracción despertó en mí esa especie de inquietud de amor que te hace perseguir a una mujer. Pero no pensé en ello demasiado tiempo. Me acosté, me dormí. Y soñé.
  »Todos ustedes han tenido sueños singulares, ¿verdad?, que los convierten en dueños de lo imposible, que les abren puertas infranqueables, alegrías inesperadas, brazos impenetrables.
  »¿Quién de nosotros, en estos sueños turbados, nerviosos, jadeantes, no ha tenido, abrazado, acariciado, poseído con una agudeza de sensaciones extraordinaria, a aquélla que ocupaba su imaginación? ¡Y habrán observado qué delicias sobrehumanas aportan la buena fortuna de estos sueños! ¡En qué locas embriagueces nos arrojan, con qué fogosos espasmos nos conducen, y qué ternura infinita, acariciante, penetrante, infunden en el corazón hacia aquella que se tiene, desfallecida y cálida, en esa ilusión adorable y brutal que parece una realidad!
  »Sentí todo esto con una inolvidable violencia. Aquella mujer fue mía, tan mía que la tibia dulzura de su piel quedó en mis dedos, el olor de su piel quedó en mi cerebro, el sabor de sus besos quedó en mis labios, el sonido de su voz quedó en mis oídos, el círculo de su abrazo alrededor de mis riñones, y el encanto ardiente de su ternura en toda mi persona, mucho tiempo después de mi exquisito y decepcionante despertar.
  »Y tres veces más, aquella misma noche, el sueño se repitió.
  »Llegado el día, ella me obsesionaba, me poseía, me llenaba la cabeza y los sentidos, hasta tal punto que no pasaba ni un segundo sin que pensara en ella.
  »Finalmente, sin saber qué hacer, me vestí y fui a verla. En su escalera temblaba de emoción, mi corazón latía alocado: un vehemente deseo me invadía desde los pies hasta los cabellos.
  »Entré. Ella se levantó, envarada, apenas oí pronunciar mi nombre; y de pronto nuestros ojos se cruzaron con una sorprendente fijeza. Me senté.
  »Balbuceé algunas banalidades que ella no pareció escuchar. Yo no sabía ni qué hacer ni qué decir; entonces, bruscamente, me arrojé sobre ella, la aferré entre mis brazos; y todo mi sueño se hizo realidad tan aprisa, tan fácilmente, tan locamente, que de pronto dudé de estar despierto… Ella fue mi amante durante dos años.
  —¿Qué conclusión saca de esto? —preguntó una voz.
  El narrador parecía dudar.
  —Llego a la conclusión… ¡llego a la conclusión de una coincidencia, por Dios! Y además, ¿quién sabe? Quizá hubo una mirada de ella que jamás observé y que me llegó esa tarde por uno de estos misteriosos e inconscientes giros de la memoria que nos traen a menudo cosas olvidadas por nuestra consciencia, que nos han pasado desapercibidas delante de nuestra inteligencia.
  —Todo lo que usted quiera— concluyó uno de los comensales—, ¡pero si no cree en el magnetismo después de esto, es usted un ingrato, mi querido señor!

 

 Guy de Maupassant

 

Fuente l Guy de Maupassant 

 

Older Posts »

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.