Nos Queda La Palabra

diciembre 22, 2009

Acción y experiencia…

 

RELACIONES ENTRE EL MATERIALISMO DIALECTICO Y EL MATERIALISMO HISTORICO.
ALGUNAS APORTACIONES DE LA BIOLOGÍA A LA CONCEPCIÓN CIENTÍFICA DEL MUNDO

(…)

Relación entre la teoría de los niveles de integración con el pensamiento de Marx y Engels.

Por conforme que, de hecho, esté con su pensamiento general Marx y Engels no podían comprender la organización de la realidad en niveles de integración energético-material, porque el estado de las ciencias experimentales de su época les oponía obstáculos infranqueables que vamos a considerar a continuación. El primero de estos obstáculos (que no haremos sino señalar) se refiere a los niveles inorganicos en que entienden las ciencias físicas y químicas, y el segundo que consideraremos con alguna extensión más, se refiere a los niveles biológicos.

En lo que respecta a la dificultad en que Marx y Engels estaban para concerbir los niveles inorgánicos baste recordar el prejuicio dualista y creacionista que padecía la física y la química de su época, al que evidentemente no podían sustraerse Marx y Engels. Me refiero a la distinción de la materia y energía como entidades radicalmente irreductibles y dadas la una a la otra desde el principio en cantidades que se conservan, la materia en forma de átomo (es decir, de piezas de peso definido intransmutables unas a otras y dadas desde siempre); interpretación que, no sólo oscurece el inmenso horizonte de la evolución del universo hacia el átomo, sino que impide investigar los átomos como lo que necesariamente han de ser: unidades internamente activas que han de sostenerse de una continua aportación energética del resto de la realidad y que, complementariamente, son un foco contínuo de acción. (De pasada, digamos, que Marx y Engels consideran certeramente que el movimiento es el modo de ser de la naturaleza, pero –por esta limitación de la ciencia coetánea– no pueden entender cómo el movimiento transcurre, cómo da cuenta de la realidad en su conjunto). Tal dualismo entre materia y energía y la consiguiente concepción ahistórica y sustantiva de ambas se derrumba a comienzos de este siglo con los descubrimientos –en los que, por lo demás, culminan las principales líneas de progreso de la física y de la química del siglo XIX– de la radioactividad (de la energía atómica) y de la relación cuantitativa de los cambios de materia en energía y viceversa por Einstein, sin duda uno de los hombres que más han dado a favor de la concepción monista de la realidad.

Pasemos al segundo obstáculo, ahora el ofrecido por la biología, que el estado científico coetáneo oponía a que Marx y Engels concibieran con suficiente claridad los niveles de integración biológicos; a saber, en sus tiempos existía una total confusión (que persiste hasta hoy) en lo que respecta a los distintos niveles de seres vivos, de la que penosamente estamos procurando salir. Baste recordar que, en 1859, se enuncia la teoría celular, pero se remite la cualidad de ser vivo a la célula y se reduce el animal a una mera asociación de células y la célula sólo es enfocada en su vinculación originaria con las demás células, lo que, dentro de su limitación, constituye ciertamente una aportación del más alto valor científico ya que, de hecho, diseña a la célula como un nivel de la realidad (2). Podemos decir que Virchow descubre empíricamente el nivel celular pero sin aprender a actuar experimentalmente sobre las células (3). Y, sobre todo descubre el nivel celular (como los grandes químicos de fines del siglo XVIII habían descubierto el atómico) sin ser conciente de ello, esto es sin comprender que las células constituyen un nivel energéticomaterial de la realidad, es decir unidades originadas por la actividad cooperante de unidades del nivel inferior y originantes, a su vez, de unidades del nivel inmediato superior (el animal). Virchow y desde entonces los citólogos consideran de modo ahistórico e idealista la célula como el sustrato “esencial” de toda vida, y, en consecuencia, por una parte, hacen caso omiso de su origen t relación permanentes con el nivel inmediato inferior (ante todo por el desconocimiento de la existencia de seres vivos de nivel intermedio entre la célula y las moléculas: los individuos protoplásmicos); y, por otra parte, niegan su carácter de ser vivo genuino, de individualidad del nivel supracelular, al animal (no obstante lo obvio que este carácter es para nosotros en cuanto animales que somos) y reduce el individuo animal, como si fuese una planta, a una mera asociación de células a las que considera portadoras exclusivas –yo diría mágicamente exclusivas– de la cualidad abstracta de la vida (4). Teniendo en cuenta esta incapacidad de la biología de establecer ni siquiera empíricamente –ni menos experimentalmente– los diversos niveles de ser vivo (por lo que siguen inextrincablemente enmarañados fenómenos procedentes de tres niveles de integración distintos) explica que los biólogos con voluntad de elevar la biología desde el conocimiento puramente empírico (la descripción y clasificación de los seres vivos) al conocimiento experimental (operar sobre ellos conforme a la previsión teórica) hayan tendido a apartarse del objeto del conocimiento propio de la biología y a remitir los problemas del ser vivo al nivel inorgánico superior, tal como este se presenta en los seres vivos, nivel este que sí, desde mucho antes de Marx, era objeto de conocimiento experimental: el propio de la química. De esta tendencia, que ha desviado de la biología de su objetivo genuino aunque ha conquistado (por la bioquímica y la genética) un gran acervo de datos, inestimable si se interpreta debidamente, no puede escapar Engels cuando afirma, en La dialéctica de la naturaleza que la vida es la química de la albúmina.

Pues bien, a pesar de la imposibilidad en que Marx y Engels estaban de distinguir los niveles de integración de la naturaleza, y muy en particular los biólogos, y por tanto de plantearse los problemas científicos (propios de la ciencia evolucionista) que son planteados por esta existencia, a saber, las relaciones de origen y de sostenimientos de unos niveles con otros, me parece que este tipo de problemas está, en cierto modo en germen en el materialismo histórico. En efecto, dentro del amplio marco de la evolución biológica, Marx se ciñe al estudio de una fase de la evolución interna de un nivel (la evolución del animal culminante, el hombre, en términos de su medio genuino, la sociedad), y prescinde del estudio del origen del hombre a partir de la evolución conjunta de los animales y, aún más, del origen y naturaleza de los animales incluyendo al hombre (5); ahora bien, tiene en cambio Marx el mérito inmarcesible de haber estudiado –el primero– la fase evolutiva humana en su conjunto, analizando cómo la acumulación de pequeños cambios provoca inflexiones bruscas del proceso de todo el nivel (de la sociedad en su conjunto). No hay duda de que su genial enfoque, integrador, dinámico e histórico, debe considerarse ya ciencia evolucionista en acción ante un primer problema que, si no corresponde aún a los de mayor profundidad de la etapa de la ciencia (6) sí es de máxima importancia y urgencia.

Para comprender este gran salto en la problemática que da Marx (desde la ciencia experimental a la evolucionista) podemos comparar el tipo de problemas que aborda Marx con el de los problemas que acucian a Darwin y que este genialmente pero sin rebasar aún los límites de la ciencia experimental (7). Para plantearnos con claridad las diferencias de profundidad con que Darwin y Marx atacan sus respectivos campos de estudio conviene que nos pongamos en claro la relación objetiva que existe entre uno y otro campo. Ante todo, desde el marco general de la evolución biológica, hay que decir que los eminentes científicos se ocupan de una misma gran etapa de la evolución biológica. La etapa presidida por la evolución de los seres vivos de nivel superior, los animales. En esta etapa como en las dos precedentes (la de la evolución del nivel protoplásmico y la de la evolución del nivel celular (8), se distinguen dos grandes subetapas: la subetapa de la evolución de los heterótrofos del nivel (en nuestro caso, la evolución conjunta de las especies animales hasta la aparición del hombre) y la subetapa presidida por la evolución del autótrofo del nivel (en nuestro caso, la evolución biológica presidida por el hombre). Los dos grandes científicos que nos ocupan se plantean coetáneamente de modo riguroso el estudio, respectivamente, de una y de otra subetapa: Darwin, la de la evolución de los animales y Marx la de la evolución del hombre. Ambos hicieron conquistas definitivas, señeras, en sus respectivos campos; ahora bien, como hemos anunciado, entre el tipo, y es más entre la altura de los problemas de uno y otro científico, existe una clara diferencia que vamos a señalar sucintamente.

Analicemos, primero, la contribución imperecedera de Darwin a la biología, la teoría de la selección natural. Esta teoría significa el descubrimiento del modo de producirse cada uno de los cambios ínfimos que, sumamos a los largo del tiempo, determinan la evolución lentísima de todas y cada una de las especies animales –y vegetales– (la mínima diferencia que normalmente ha de producirse entre los individuos de una generación y los de la siguiente). Como es sabido por todos, Darwin induce que, a semejanza de lo que ocurre con las razas de animales domésticos (que se modifican por la selección ejercida por el hombre que escoge para progenitores de los ejemplares más convenientes para los objetivos del criador), los animales de cualquier especie se van modificando lentísimamente, de generación a generación, por selección natural de los individuos más aptos para subsistir en sus convicciones peculiares de vida.

Lo anterior significa que Darwin se limita a considerar cómo se produce el cambio cuántico o elemental (la unidad de cambio) dentro de todas y cada una de las especies; pero, en cambio, a pesar del título de su obra fundamental –El origen de las especies por selección natural–, queda fuera de su sistema de preguntas comprender de qué modo la acumulación de numerosos cambios cuánticos (generacionales) así producidos desemboca, de tarde en tarde, en el hecho de que una especie experimente un notorio cambio cualitativo, a saber, su desdoblamiento en dos especies nuevas y distintas (de desdoblamiento de lo que contituía una comunidad de reproducción en dos comunidades aisladas, una de otra, en la reproducción) (9).

Con la imposibilidad con que Darwin (la biología de su época) tropezaba de plantearse cómo el cambio cualitativo se produce sobre la modificación contínua paulatina está muy relacionada su incapacidad de diferenciar cualitativamente el ambiente en medios específicos (propios de las diferentes especies): para Darwin una misma naturaleza indiferenciada selecciona el león y la gacela, el cangrejo y la avispa y, es más, simultáneamente las especies vegetales además de las animales (10). No se plantea, pues, qué es lo que realmente selecciona a cada especie con la tremenda continuidad de modo que permanezca progresando en unas direcciones invariables: no procura diferenciar cualitativamente el ambiente en diferentes medios específicos. Ni que decir tiene, que todavía más lejos del horizonte conceptual de Darwin está el problema de cómo s originan y se mantienen los seres vivos de un nivel sobre la coordinación de nivel inmediato inferior (cómo, por ejemplo, ha surgido, en la filogénesis, la primera conciencia animal y, en la ontogénesis, toda conciencia animal, de la evolución conjunta de células). Esto en cuanto a Darwin.

Pasemos a considerar como enfoca Marx su campo peculiar de estudio, que, como hemos dicho, es, en términos biológicos, la evolución del animal autótrofo, del hombre. Claro es que Marx –análogamente a Darwin en el suyo– no deja de descubrir y analizar, en la evolución humana, el correspondiente cambio elemental, cuántico, que, en todo momento y con intensidad creciente, determina el progreso de la actividad humana: a saber, los avances de la actividad productiva realizada siempre en cooperación, socialmente (11). Pero Marx da una nueva proyección a este análisis elemental suyo: por una parte, considera cada cambio concreto, no aisladamente, sino en el marco de toda la sociedad a la que comprende como la totalidad interdependientemente que indudablemente es, sujeta a leyes generales (a tenciones interna muy distintas de las que presiden la vida conjunta de los animales), que él estudia y que condicionan los cambios cuánticos, particulares; y, por otra parte, descubre la ley fundamental (las relaciones económicas) que determinan que este conjunto –la sociedad humana– esté sometida a un cambio sostenido, global, en una dirección determinada –que esté sujeta a evolución–; cambio en el que la transformación paulatina provoca de tarde en tarde, en periodos cortos señeros, la sustitución de una modalidad de relaciones generales humanas ante la producción (básica de las demás relaciones) por una nueva; por ejemplo, la sustitución de la relaciones de producción esclavistas por las feudales y las de éstas por las capitalistas.

De este modo, en lo que respecta al tema propuesto de los niveles de integración de la realidad, Marx es el primero que enfoca el estudio de un nivel –en concreto, la segunda etapa del nivel animal presidida por el hombre– de un modo que supera el propio de la ciencia experimental clásica y que, apoyado en los datos de esta, es el propio ya de la ciencia evolucionista (12). Marx percibe, por una parte, que el conjunto de todo el nivel influye sobre lo que acontece en cada unidad o punto en él, de modo que el nivel que él investiga –la sociedad humana– aparece como un todo integrado, y, por otra parte, observa que este conjunto, y, en función de él cada uno de sus elementos se va modificando paulatinamente de modo que tiene una historia en la que cabe percibir direcciones principales de cambio, es decir, es un conjunto sujeto a evolución. Descubre también que la acumulación de estos pequeños cambios en una misma dirección provoca, de tarde en tarde, el surgimiento de algo nuevo, superior; de cambios de estructuras que afectan al conjunto y que determinan la modificación irreversible de lo particular. Tal es el tipo de problemas con que se enfrenta Marx en su investigación de la sociedad humana que se caracteriza por dos rasgos: 1) por ser genuinamente científico en cuanto se apoya en el conocimiento aportado por la ciencia experimental de procesos elementales, cuantitativos, reversibles dentro de su nivel, y 2) por elevar este conocimiento a un nuevo tipo de problemas y de conceptos: la dinámica del conjunto y su evolución conjunta que culmina en cambios irreversibles. Con toda razón hay que afirmar que Marx es el científico que logra el acceso a la ciencia evolucionista que, con él, inicia una nueva etapa en el desarrollo de la acción y experiencia humanas (13).

Claro que para hacer avanzar el pensamiento evolucionista sobre el gran legado de Marx hay que esforzarse en precisar el significado y alcance de sus conquistas lo que equivale a comprender sus limitaciones y, así, a ponerse en situación de superarlas. Según hemos visto, dentro del marco general de la realidad estructurada en niveles de integración energéticomateriles, Marx estudia, de hecho, la evolución conjunta del nivel biológico superior –del nivel animal– en su segunda etapa, la conducida por la actividad humana. En este nivel, Marx estudia las leyes comunes a todos los hechos particulares del campo (por ejemplo, la primacía en ellos de lo económico), es decir, estudia su campo hasta el nivel experimental de la ciencia; investiga luego la coordinación general de la sociedad en su estado actual (el capitalismo); y, en fin, el origen y evolución del capitalismo y, es más, las leyes generales del cambio integrado de la sociedad a lo largo de la historia.

Ahora bien, este enfoque científico evolucionista de la investigación marxista del nivel animal en su fase humana plantea de inmediato nuevos problemas que Marx no podía plantearse, ni menos resolverlo, por limitaciones de su época, como son: el origen del modo de acción y experiencia humana sobre la evolución conjunta de la acción y experiencia animal, y, por tanto, la cualidad diferencial entre la conciencia humana y la de los demás animales; en qué consiste (cómo se origina y se mantiene) cada individuo humano (y, en general, animal), problema de máximo alcance evolucionista porque, por una parte, remite a comprender estas unidades en términos de fuente de energía (de acumulaciones de alimentos) ambientales, y, por otra, exige comprender cómo cada una de ellas surge sobre la evolución conjunta del nivel inmediato inferior (el celular) y, escalonadamente, las unidades celulares sobre las inmediatas inferiores, etc., lo que, en una palabra, obliga a plantearse el conocimiento de lo individual sobre la comprensión científica del todo y de la evolución de éste.

 Faustino Cordón. La biología evolucionista y la dialéctica.

http://www.nodo50.org/ciencia_popular/articulos/faustinocordon.htm

 

Coincidiendo con el centenario de la muerte de Charles Robert Darwin, quien no sólo impulsó enérgicamente la biología, sino que influyó decisivamente en el pensamiento general, en homenaje a su memoria, el eminente biólogo Faustino Cordón ofreció en tres artículos una serie de reflexiones sobre los siguientes temas:

1) Darwin como modelo de hombre de ciencia. El País, 2 abril 1982.
2) La aportación de Darwin a la biología. El País, 3 abril 1982.
3) Los problemas de la biología actual y Darwin. El País, 4 abril 1982.

 

Fuente l http://faustinocordon.org

 

Ciclo de Krebs
 Se autoriza la copia, distribución y/o modificación de este documento bajo los términos de la Licencia de documentación libre GNU, versión 1.2 o cualquier otra que posteriormente publique la Free Software Foundation.

 

 

 «La vida es un foco unitario de acción y experiencia, es decir, lo que distingue a un ser vivo de una máquina electrónica es algo que toma noticia del entorno; toma noticia de esa acción y vuelve a ejercer otra acción corrigiéndola. Esa cadena de acciones y experiencias es lo que distingue al ser vivo, desde el protoplasma al animal. Difieren unos y otros profundamente en lo que consiste esa acción y esa experiencia. Explicar cómo sucede esto es mi tema, qué son esos focos, lo que implica entender el universo, porque eso es su última consecuencia. Yo soy materialista y, por tanto, creo que eso es una consecuencia de la evolución conjunta de la realidad. Este problema no está visto en la ciencia actual. Nadie se preocupa de eso; y a mí me parece que es el tema más importante»

 

Faustino Cordón

 

Fuentel  l  Rafael Jerez Mir: Faustino Cordón Bonet (1909-1999): el hombre y el científico

                 http://www.rebelion.org/noticia.php?id=39203

 

 

Faustino Cordón (1909-1999)

In Memorian

 

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