No decía palabras,
acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,
porque ignoraba que el deseo es una pregunta
cuya respuesta no existe,
una hoja cuya rama no existe,
un mundo cuyo cielo no existe.
La angustia se abre paso entre los huesos,
remonta por las venas
hasta abrirse en la piel,
surtidores de sueño
hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.
Un roce al paso,
una mirada fugaz entre las sombras,
bastan para que el cuerpo se abra en dos,
ávido de recibir en sí mismo
otro cuerpo que sueñe;
mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne,
iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.
Auque sólo sea una esperanza
porque el deseo es pregunta cuya respuesta nadie sabe.
Te lo he dicho con el viento
jugueteando tal un animalillo en la arena
o iracundo como órgano tempestuoso;
te lo he dicho con el sol,
que dora desnudos cuerpos juveniles
y sonríe en todas las cosas inocentes;
te lo he dicho con las nubes,
frentes melancólicas que sostienen el cielo,
tristezas fugitivas;
te lo he dicho con las plantas,
leves caricias transparentes
que se cubren de rubor repentino;
te lo he dicho con el agua,
vida luminosa que vela un fondo de sombra;
te lo he dicho con el miedo,
te lo he dicho con la alegría,
con el hastío, con las terribles palabras.
Pero así no me basta;
más allá de la vida
quiero decírtelo con la muerte,
más allá del amor
quiero decírtelo con el olvido.
De tanto estar mi voz a vuestro lado y a vuestro lado estar mi sombra
y de mirar tan Juntos en la muerte el mismo cielo azul cada mañana, ‘
tan íntimos andáis ya por mi sangre y bajo mi memoria recibidos,
que no os llamaré hermanos en mi tierra: sois más, pues que habitáis mi propio cuerpo.
Por él habéis andado y perseguido
esa gloria feliz que, ya lograda, es libertad que nuestro amor domina.
Fuera también pisáis las mismas flores. Y hoy nos separan: nuestra España hermosa
deja salir un río de nobleza que otras veces fue sangre enardecida:
¡ay!, ¿qué otra pena el tiempo le depara?
Hoy la razón aleja en nuestra vida lo que persigue el sueño generoso
y el sano pensamiento no consigue; pero quizás el sueño será alzado
y como el agua sube hasta la nube que ambicionó por sus profundas cuevas,
escalando el dolor llama tras llama el sueño será al fin razón del día.
Entonces volveréis. Será un remanso
sobre Europa mi patria, y sus estrellas, con la paz más ceñidas sobre el suelo,
alumbrarán las tumbas de los héroes.
Juntos aquí reposan, como juntos vivimos los que aún la muerte tiene preparados
al duro sacrificio de la guerra. Juntos habréis de estar con los que queden.
Que vuestro corazón lleve el paisaje
que tanto habéis mirado y defendido y cada olivo en flor, cada granado
por vuestra causa viva y os espere.
Estáis en mí, conmigo y sois mi sangre dentro del arca frágil de mi cuerpo,
pero cada español lo mismo dice hoy que os ve desfilar junto a su mano.
Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo sólo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.
Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista.
En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
No esconda como acero
En mi pecho su ala,
Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.
Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,
Sometiendo a otra vida su vida,
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.
Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.
Quizá los versos de Luis Cernuda expliquen mejor que cualquier tratado histórico el profundísimo desgarro moral que significó la matanza y la subsiguiente persecución que comenzaron en España un luminoso día de julio en 1936 y que el retorno de la democracia, con la deriva amnésica que acompañó a la reconciliación, no ha conseguido restañar.
En ellos también late, y late en carne viva, la tragedia de España.