Nos Queda La Palabra

Enero 4, 2010

…como una tregua melancólica.

 

Vi de una ojeada que los tornillos del féretro estaban hundidos y que había cuatro hombres negros en la habitación. Oí al mismo tiempo al director decirme que el coche esperaba en la calle y al sacerdote comenzar las oraciones. A partir de ese momento todo se desarrolló muy rápidamente. Los hombres avanzaron hacia el féretro con un lienzo. El sacerdote, sus acompañantes, el director y yo salimos. Delante de la puerta estaba una señora que no conocía. «El señor Meursault», dijo el director. No oí el nombre de la señora y comprendí solamente que era la enfermera delegada. Inclinó sin una sonrisa el rostro huesudo y largo. Luego nos apartamos para dejar pasar el cuerpo. Seguimos a los hombres que lo llevaban y salimos del asilo. Delante de la puerta estaba el coche. Lustroso, oblongo y brillante, hacía pensar en una caja de lápices. A su lado estaban el empleado de la funeraria, hombrecillo de traje ridículo y un anciano de aspecto tímido. Comprendí que era Pérez. Llevaba un fieltro blando de copa redonda y alas anchas (se lo quitó cuando el féretro pasó por la puerta) un traje cuyo pantalón se arrollaba sobre los zapatos, y un lazo de género negro demasiado pequeño para la camisa de cuello blanco grande. Los labios le temblaban bajo la nariz mechada de puntos negros. Los cabellos blancos, bastante finos, dejaban pasar unas curiosas orejas, colgantes y mal orladas, cuyo color rojo sangre me sorprendió en aquella pálida fisonomía. El hombre de la funeraria nos indicó nuestros lugares. El sacerdote caminaba delante; luego el coche; en torno de él, los cuatro hombres. Detrás, el director, yo y, cerrando la marcha, la enfermera delegada y Pérez.

El cielo estaba lleno de sol. Comenzaba a pesar sobre la tierra y el calor aumentaba rápidamente. No sé por qué habíamos esperado tanto tiempo antes de ponernos en marcha. Tenía calor con mi traje oscuro El viejecito, que se había cubierto, se quitó nuevamente el sombrero. Me había vuelto un poco hacia su lado y le miraba cuando el director me habló de él. Me dijo que a menudo mi madre y Pérez iban a pasear por la tarde hasta el pueblo, acompañados por una enfermera. Miré el campo a mi alrededor. A través de las líneas de cipreses que aproximaban las colinas al cielo, de aquella tierra rojiza y verde, de aquellas casas, pocas y bien dibujadas, comprendía a mi madre. La tarde, en esta región, debía de ser como una tregua melancólica. Hoy, el sol desbordante que hacía estremecer el paisaje, lo tornaba inhumano y deprimente.

Nos pusimos en marcha. En ese momento noté que Pérez renqueaba ligeramente. Poco a poco el coche tomaba velocidad y el anciano perdía terreno. Uno de los hombres que rodeaban el coche también se había dejado pasar y caminaba ahora a mi altura. Me sorprendía la rapidez con qué el sol se elevaba en el cielo. Advertí que hacía ya tiempo que el campo resonaba con el canto de los insectos y el crujir de la hierba. El sudor me corría por las mejillas. Como no tenía sombrero, me abanicaba con el pañuelo. El empleado de pompas fúnebres me dijo entonces algo que no oí. Al mismo tiempo se enjugaba el cráneo con un pañuelo que tenía en la mano izquierda, mientras que con la derecha levantaba el borde de la gorra. Le dije: «¿Cómo?» Repitió señalando al cielo: «Está sofocante.» Dije: «Sí.» Poco después me preguntó: «¿Es su madre la que va ahí?» Otra vez dije: «Sí.» «¿Era vieja?» Respondí: «Más o menos», pues no sabía la edad exacta. En seguida se calló. Me di vuelta y vi al viejo Pérez a unos cincuenta metros detrás de nosotros. Se apresuraba columpiando el sombrero al vaivén del brazo Mire también al director. Caminaba con mucha dignidad, sin un gesto inútil. Algunas gotas de sudor le perlaban la frente pero no las enjugaba.

Me pareció que el cortejo marchaba un poco mas de prisa. A mi alrededor continuaba siempre el mismo campo luminoso colmado de sol. El resplandor del cielo era insostenible. En un momento dado pasamos por una parte del camino que había sido arreglada recientemente: El sol había hecho estallar el alquitrán. Los pies se hundían en el y dejaban abierta su carne brillante. Por encima del coche, la galera luciente del cochero parecía haber sido amasada con ese fango negro. Yo estaba un poco perdido entre el cielo azul y blanco y la monotonía de aquellos colores, negro viscoso del alquitrán abierto, negro opaco de las ropas, negro lustroso del coche. Todo esto, el sol, el olor del cuero y del estiércol del coche, el del barniz y el del incienso y la fatiga de una noche de insomnio, me turbaba la mirada y las ideas. Me volví una vez más: Pérez me pareció muy lejos, perdido en una nube de calor; luego, no lo divisé más. Lo busqué con la mirada y vi que había dejado el camino y tomado a campo traviesa. Comprobé también que el camino doblaba delante de mí. Comprendí que Pérez, que conocía la región, cortaba campo para alcanzarnos. Al dar la vuelta se nos había reunido. Luego lo perdimos. Volvió a tomar a campo traviesa, y así varias veces. Yo sentía la sangre que me golpeaba en las sienes.

El Extranjero. Albert Camus.

 

Fuente l  Ciudad Seva

 

El deseo de poseer no es sino otra forma del deseo de durar; es él el que provoca el delirio impotente del amor.

El hombre rebelde. Albert Camus.

 

Enero 2, 2010

01022010

 

Alberto Caeiro é mais pagão que o paganismo, porque é mais inconsciente da essência do paganismo do que qualquer outro escritor pagão.

 

Sobre Alberto Caeiro. Textos de Ricardo Reis.

 

Diciembre 22, 2009

Acción y experiencia…

 

RELACIONES ENTRE EL MATERIALISMO DIALECTICO Y EL MATERIALISMO HISTORICO.
ALGUNAS APORTACIONES DE LA BIOLOGÍA A LA CONCEPCIÓN CIENTÍFICA DEL MUNDO

(…)

Relación entre la teoría de los niveles de integración con el pensamiento de Marx y Engels.

Por conforme que, de hecho, esté con su pensamiento general Marx y Engels no podían comprender la organización de la realidad en niveles de integración energético-material, porque el estado de las ciencias experimentales de su época les oponía obstáculos infranqueables que vamos a considerar a continuación. El primero de estos obstáculos (que no haremos sino señalar) se refiere a los niveles inorganicos en que entienden las ciencias físicas y químicas, y el segundo que consideraremos con alguna extensión más, se refiere a los niveles biológicos.

En lo que respecta a la dificultad en que Marx y Engels estaban para concerbir los niveles inorgánicos baste recordar el prejuicio dualista y creacionista que padecía la física y la química de su época, al que evidentemente no podían sustraerse Marx y Engels. Me refiero a la distinción de la materia y energía como entidades radicalmente irreductibles y dadas la una a la otra desde el principio en cantidades que se conservan, la materia en forma de átomo (es decir, de piezas de peso definido intransmutables unas a otras y dadas desde siempre); interpretación que, no sólo oscurece el inmenso horizonte de la evolución del universo hacia el átomo, sino que impide investigar los átomos como lo que necesariamente han de ser: unidades internamente activas que han de sostenerse de una continua aportación energética del resto de la realidad y que, complementariamente, son un foco contínuo de acción. (De pasada, digamos, que Marx y Engels consideran certeramente que el movimiento es el modo de ser de la naturaleza, pero –por esta limitación de la ciencia coetánea– no pueden entender cómo el movimiento transcurre, cómo da cuenta de la realidad en su conjunto). Tal dualismo entre materia y energía y la consiguiente concepción ahistórica y sustantiva de ambas se derrumba a comienzos de este siglo con los descubrimientos –en los que, por lo demás, culminan las principales líneas de progreso de la física y de la química del siglo XIX– de la radioactividad (de la energía atómica) y de la relación cuantitativa de los cambios de materia en energía y viceversa por Einstein, sin duda uno de los hombres que más han dado a favor de la concepción monista de la realidad.

Pasemos al segundo obstáculo, ahora el ofrecido por la biología, que el estado científico coetáneo oponía a que Marx y Engels concibieran con suficiente claridad los niveles de integración biológicos; a saber, en sus tiempos existía una total confusión (que persiste hasta hoy) en lo que respecta a los distintos niveles de seres vivos, de la que penosamente estamos procurando salir. Baste recordar que, en 1859, se enuncia la teoría celular, pero se remite la cualidad de ser vivo a la célula y se reduce el animal a una mera asociación de células y la célula sólo es enfocada en su vinculación originaria con las demás células, lo que, dentro de su limitación, constituye ciertamente una aportación del más alto valor científico ya que, de hecho, diseña a la célula como un nivel de la realidad (2). Podemos decir que Virchow descubre empíricamente el nivel celular pero sin aprender a actuar experimentalmente sobre las células (3). Y, sobre todo descubre el nivel celular (como los grandes químicos de fines del siglo XVIII habían descubierto el atómico) sin ser conciente de ello, esto es sin comprender que las células constituyen un nivel energéticomaterial de la realidad, es decir unidades originadas por la actividad cooperante de unidades del nivel inferior y originantes, a su vez, de unidades del nivel inmediato superior (el animal). Virchow y desde entonces los citólogos consideran de modo ahistórico e idealista la célula como el sustrato “esencial” de toda vida, y, en consecuencia, por una parte, hacen caso omiso de su origen t relación permanentes con el nivel inmediato inferior (ante todo por el desconocimiento de la existencia de seres vivos de nivel intermedio entre la célula y las moléculas: los individuos protoplásmicos); y, por otra parte, niegan su carácter de ser vivo genuino, de individualidad del nivel supracelular, al animal (no obstante lo obvio que este carácter es para nosotros en cuanto animales que somos) y reduce el individuo animal, como si fuese una planta, a una mera asociación de células a las que considera portadoras exclusivas –yo diría mágicamente exclusivas– de la cualidad abstracta de la vida (4). Teniendo en cuenta esta incapacidad de la biología de establecer ni siquiera empíricamente –ni menos experimentalmente– los diversos niveles de ser vivo (por lo que siguen inextrincablemente enmarañados fenómenos procedentes de tres niveles de integración distintos) explica que los biólogos con voluntad de elevar la biología desde el conocimiento puramente empírico (la descripción y clasificación de los seres vivos) al conocimiento experimental (operar sobre ellos conforme a la previsión teórica) hayan tendido a apartarse del objeto del conocimiento propio de la biología y a remitir los problemas del ser vivo al nivel inorgánico superior, tal como este se presenta en los seres vivos, nivel este que sí, desde mucho antes de Marx, era objeto de conocimiento experimental: el propio de la química. De esta tendencia, que ha desviado de la biología de su objetivo genuino aunque ha conquistado (por la bioquímica y la genética) un gran acervo de datos, inestimable si se interpreta debidamente, no puede escapar Engels cuando afirma, en La dialéctica de la naturaleza que la vida es la química de la albúmina.

Pues bien, a pesar de la imposibilidad en que Marx y Engels estaban de distinguir los niveles de integración de la naturaleza, y muy en particular los biólogos, y por tanto de plantearse los problemas científicos (propios de la ciencia evolucionista) que son planteados por esta existencia, a saber, las relaciones de origen y de sostenimientos de unos niveles con otros, me parece que este tipo de problemas está, en cierto modo en germen en el materialismo histórico. En efecto, dentro del amplio marco de la evolución biológica, Marx se ciñe al estudio de una fase de la evolución interna de un nivel (la evolución del animal culminante, el hombre, en términos de su medio genuino, la sociedad), y prescinde del estudio del origen del hombre a partir de la evolución conjunta de los animales y, aún más, del origen y naturaleza de los animales incluyendo al hombre (5); ahora bien, tiene en cambio Marx el mérito inmarcesible de haber estudiado –el primero– la fase evolutiva humana en su conjunto, analizando cómo la acumulación de pequeños cambios provoca inflexiones bruscas del proceso de todo el nivel (de la sociedad en su conjunto). No hay duda de que su genial enfoque, integrador, dinámico e histórico, debe considerarse ya ciencia evolucionista en acción ante un primer problema que, si no corresponde aún a los de mayor profundidad de la etapa de la ciencia (6) sí es de máxima importancia y urgencia.

Para comprender este gran salto en la problemática que da Marx (desde la ciencia experimental a la evolucionista) podemos comparar el tipo de problemas que aborda Marx con el de los problemas que acucian a Darwin y que este genialmente pero sin rebasar aún los límites de la ciencia experimental (7). Para plantearnos con claridad las diferencias de profundidad con que Darwin y Marx atacan sus respectivos campos de estudio conviene que nos pongamos en claro la relación objetiva que existe entre uno y otro campo. Ante todo, desde el marco general de la evolución biológica, hay que decir que los eminentes científicos se ocupan de una misma gran etapa de la evolución biológica. La etapa presidida por la evolución de los seres vivos de nivel superior, los animales. En esta etapa como en las dos precedentes (la de la evolución del nivel protoplásmico y la de la evolución del nivel celular (8), se distinguen dos grandes subetapas: la subetapa de la evolución de los heterótrofos del nivel (en nuestro caso, la evolución conjunta de las especies animales hasta la aparición del hombre) y la subetapa presidida por la evolución del autótrofo del nivel (en nuestro caso, la evolución biológica presidida por el hombre). Los dos grandes científicos que nos ocupan se plantean coetáneamente de modo riguroso el estudio, respectivamente, de una y de otra subetapa: Darwin, la de la evolución de los animales y Marx la de la evolución del hombre. Ambos hicieron conquistas definitivas, señeras, en sus respectivos campos; ahora bien, como hemos anunciado, entre el tipo, y es más entre la altura de los problemas de uno y otro científico, existe una clara diferencia que vamos a señalar sucintamente.

Analicemos, primero, la contribución imperecedera de Darwin a la biología, la teoría de la selección natural. Esta teoría significa el descubrimiento del modo de producirse cada uno de los cambios ínfimos que, sumamos a los largo del tiempo, determinan la evolución lentísima de todas y cada una de las especies animales –y vegetales– (la mínima diferencia que normalmente ha de producirse entre los individuos de una generación y los de la siguiente). Como es sabido por todos, Darwin induce que, a semejanza de lo que ocurre con las razas de animales domésticos (que se modifican por la selección ejercida por el hombre que escoge para progenitores de los ejemplares más convenientes para los objetivos del criador), los animales de cualquier especie se van modificando lentísimamente, de generación a generación, por selección natural de los individuos más aptos para subsistir en sus convicciones peculiares de vida.

Lo anterior significa que Darwin se limita a considerar cómo se produce el cambio cuántico o elemental (la unidad de cambio) dentro de todas y cada una de las especies; pero, en cambio, a pesar del título de su obra fundamental –El origen de las especies por selección natural–, queda fuera de su sistema de preguntas comprender de qué modo la acumulación de numerosos cambios cuánticos (generacionales) así producidos desemboca, de tarde en tarde, en el hecho de que una especie experimente un notorio cambio cualitativo, a saber, su desdoblamiento en dos especies nuevas y distintas (de desdoblamiento de lo que contituía una comunidad de reproducción en dos comunidades aisladas, una de otra, en la reproducción) (9).

Con la imposibilidad con que Darwin (la biología de su época) tropezaba de plantearse cómo el cambio cualitativo se produce sobre la modificación contínua paulatina está muy relacionada su incapacidad de diferenciar cualitativamente el ambiente en medios específicos (propios de las diferentes especies): para Darwin una misma naturaleza indiferenciada selecciona el león y la gacela, el cangrejo y la avispa y, es más, simultáneamente las especies vegetales además de las animales (10). No se plantea, pues, qué es lo que realmente selecciona a cada especie con la tremenda continuidad de modo que permanezca progresando en unas direcciones invariables: no procura diferenciar cualitativamente el ambiente en diferentes medios específicos. Ni que decir tiene, que todavía más lejos del horizonte conceptual de Darwin está el problema de cómo s originan y se mantienen los seres vivos de un nivel sobre la coordinación de nivel inmediato inferior (cómo, por ejemplo, ha surgido, en la filogénesis, la primera conciencia animal y, en la ontogénesis, toda conciencia animal, de la evolución conjunta de células). Esto en cuanto a Darwin.

Pasemos a considerar como enfoca Marx su campo peculiar de estudio, que, como hemos dicho, es, en términos biológicos, la evolución del animal autótrofo, del hombre. Claro es que Marx –análogamente a Darwin en el suyo– no deja de descubrir y analizar, en la evolución humana, el correspondiente cambio elemental, cuántico, que, en todo momento y con intensidad creciente, determina el progreso de la actividad humana: a saber, los avances de la actividad productiva realizada siempre en cooperación, socialmente (11). Pero Marx da una nueva proyección a este análisis elemental suyo: por una parte, considera cada cambio concreto, no aisladamente, sino en el marco de toda la sociedad a la que comprende como la totalidad interdependientemente que indudablemente es, sujeta a leyes generales (a tenciones interna muy distintas de las que presiden la vida conjunta de los animales), que él estudia y que condicionan los cambios cuánticos, particulares; y, por otra parte, descubre la ley fundamental (las relaciones económicas) que determinan que este conjunto –la sociedad humana– esté sometida a un cambio sostenido, global, en una dirección determinada –que esté sujeta a evolución–; cambio en el que la transformación paulatina provoca de tarde en tarde, en periodos cortos señeros, la sustitución de una modalidad de relaciones generales humanas ante la producción (básica de las demás relaciones) por una nueva; por ejemplo, la sustitución de la relaciones de producción esclavistas por las feudales y las de éstas por las capitalistas.

De este modo, en lo que respecta al tema propuesto de los niveles de integración de la realidad, Marx es el primero que enfoca el estudio de un nivel –en concreto, la segunda etapa del nivel animal presidida por el hombre– de un modo que supera el propio de la ciencia experimental clásica y que, apoyado en los datos de esta, es el propio ya de la ciencia evolucionista (12). Marx percibe, por una parte, que el conjunto de todo el nivel influye sobre lo que acontece en cada unidad o punto en él, de modo que el nivel que él investiga –la sociedad humana– aparece como un todo integrado, y, por otra parte, observa que este conjunto, y, en función de él cada uno de sus elementos se va modificando paulatinamente de modo que tiene una historia en la que cabe percibir direcciones principales de cambio, es decir, es un conjunto sujeto a evolución. Descubre también que la acumulación de estos pequeños cambios en una misma dirección provoca, de tarde en tarde, el surgimiento de algo nuevo, superior; de cambios de estructuras que afectan al conjunto y que determinan la modificación irreversible de lo particular. Tal es el tipo de problemas con que se enfrenta Marx en su investigación de la sociedad humana que se caracteriza por dos rasgos: 1) por ser genuinamente científico en cuanto se apoya en el conocimiento aportado por la ciencia experimental de procesos elementales, cuantitativos, reversibles dentro de su nivel, y 2) por elevar este conocimiento a un nuevo tipo de problemas y de conceptos: la dinámica del conjunto y su evolución conjunta que culmina en cambios irreversibles. Con toda razón hay que afirmar que Marx es el científico que logra el acceso a la ciencia evolucionista que, con él, inicia una nueva etapa en el desarrollo de la acción y experiencia humanas (13).

Claro que para hacer avanzar el pensamiento evolucionista sobre el gran legado de Marx hay que esforzarse en precisar el significado y alcance de sus conquistas lo que equivale a comprender sus limitaciones y, así, a ponerse en situación de superarlas. Según hemos visto, dentro del marco general de la realidad estructurada en niveles de integración energéticomateriles, Marx estudia, de hecho, la evolución conjunta del nivel biológico superior –del nivel animal– en su segunda etapa, la conducida por la actividad humana. En este nivel, Marx estudia las leyes comunes a todos los hechos particulares del campo (por ejemplo, la primacía en ellos de lo económico), es decir, estudia su campo hasta el nivel experimental de la ciencia; investiga luego la coordinación general de la sociedad en su estado actual (el capitalismo); y, en fin, el origen y evolución del capitalismo y, es más, las leyes generales del cambio integrado de la sociedad a lo largo de la historia.

Ahora bien, este enfoque científico evolucionista de la investigación marxista del nivel animal en su fase humana plantea de inmediato nuevos problemas que Marx no podía plantearse, ni menos resolverlo, por limitaciones de su época, como son: el origen del modo de acción y experiencia humana sobre la evolución conjunta de la acción y experiencia animal, y, por tanto, la cualidad diferencial entre la conciencia humana y la de los demás animales; en qué consiste (cómo se origina y se mantiene) cada individuo humano (y, en general, animal), problema de máximo alcance evolucionista porque, por una parte, remite a comprender estas unidades en términos de fuente de energía (de acumulaciones de alimentos) ambientales, y, por otra, exige comprender cómo cada una de ellas surge sobre la evolución conjunta del nivel inmediato inferior (el celular) y, escalonadamente, las unidades celulares sobre las inmediatas inferiores, etc., lo que, en una palabra, obliga a plantearse el conocimiento de lo individual sobre la comprensión científica del todo y de la evolución de éste.

 Faustino Cordón. La biología evolucionista y la dialéctica.

http://www.nodo50.org/ciencia_popular/articulos/faustinocordon.htm

 

Coincidiendo con el centenario de la muerte de Charles Robert Darwin, quien no sólo impulsó enérgicamente la biología, sino que influyó decisivamente en el pensamiento general, en homenaje a su memoria, el eminente biólogo Faustino Cordón ofreció en tres artículos una serie de reflexiones sobre los siguientes temas:

1) Darwin como modelo de hombre de ciencia. El País, 2 abril 1982.
2) La aportación de Darwin a la biología. El País, 3 abril 1982.
3) Los problemas de la biología actual y Darwin. El País, 4 abril 1982.

 

Fuente l http://faustinocordon.org

 

Ciclo de Krebs
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 «La vida es un foco unitario de acción y experiencia, es decir, lo que distingue a un ser vivo de una máquina electrónica es algo que toma noticia del entorno; toma noticia de esa acción y vuelve a ejercer otra acción corrigiéndola. Esa cadena de acciones y experiencias es lo que distingue al ser vivo, desde el protoplasma al animal. Difieren unos y otros profundamente en lo que consiste esa acción y esa experiencia. Explicar cómo sucede esto es mi tema, qué son esos focos, lo que implica entender el universo, porque eso es su última consecuencia. Yo soy materialista y, por tanto, creo que eso es una consecuencia de la evolución conjunta de la realidad. Este problema no está visto en la ciencia actual. Nadie se preocupa de eso; y a mí me parece que es el tema más importante»

 

Faustino Cordón

 

Fuentel  l  Rafael Jerez Mir: Faustino Cordón Bonet (1909-1999): el hombre y el científico

                 http://www.rebelion.org/noticia.php?id=39203

 

 

Faustino Cordón (1909-1999)

In Memorian

 

Noviembre 21, 2009

…vous pleurez comme nous.

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Poème sur le désastre de Lisbonne

         Voltaire

O malheureux mortels! ô terre déplorable!
O de tous les mortels assemblage effroyable!
D’inutiles douleurs éternel entretien!
Philosophes trompés qui criez: “Tout est bien”
Accourez, contemplez ces ruines affreuses
Ces débris, ces lambeaux, ces cendres malheureuses,
Ces femmes, ces enfants l’un sur l’autre entassés,
Sous ces marbres rompus ces membres dispersés;
Cent mille infortunés que la terre dévore,
Qui, sanglants, déchirés, et palpitants encore,
Enterrés sous leurs toits, terminent sans secours
Dans l’horreur des tourments leurs lamentables jours!
Aux cris demi-formés de leurs voix expirantes,
Au spectacle effrayant de leurs cendres fumantes,
Direz-vous: “C’est l’effet des éternelles lois
Qui d’un Dieu libre et bon nécessitent le choix”?
Direz-vous, en voyant cet amas de victimes:
“Dieu s’est vengé, leur mort est le prix de leurs crimes”?
Quel crime, quelle faute ont commis ces enfants
Sur le sein maternel écrasés et sanglants?
Lisbonne, qui n’est plus, eut-elle plus de vices
Que Londres, que Paris, plongés dans les délices?
Lisbonne est abîmée, et l’on danse à Paris.
Tranquilles spectateurs, intrépides esprits,
De vos frères mourants contemplant les naufrages,
Vous recherchez en paix les causes des orages:
Mais du sort ennemi quand vous sentez les coups,
Devenus plus humains, vous pleurez comme nous.
Croyez-moi, quand la terre entrouvre ses abîmes
Ma plainte est innocente et mes cris légitimes
Partout environnés des cruautés du sort,
Des fureurs des méchants, des pièges de la mort
De tous les éléments éprouvant les atteintes,
Compagnons de nos maux, permettez-nous les plaintes.
C’est l’orgueil, dites-vous, l’orgueil séditieux,
Qui prétend qu’étant mal, nous pouvions être mieux.
Allez interroger les rivages du Tage;
Fouillez dans les débris de ce sanglant ravage;
Demandez aux mourants, dans ce séjour d’effroi
Si c’est l’orgueil qui crie “O ciel, secourez-moi!
O ciel, ayez pitié de l’humaine misère!”

 

 

Noviembre 9, 2009

“no hace falta más para liarla”

 

Philomé Obin

Pont-médisant sur la route de Millot. Philomé Obin

En los anales de la pintura llamada naïf –tal vez por su proximidad a la manera de ser de los niños–, hay un cuadro del que fue, probablemente, su pintor más excelso, el haitiano Obin, titulado Pont-médisant sur la route de Millot. Un personaje montado a caballo atraviesa el puente, indiferente a lo que allí se cuece. Apoyado en la baranda de la izquierda, pero de pie, alguien mira al animal como si allí no se barruntara nada, mientras que, sentado en el lado opuesto, otro le habla a una moza de a pie a poca distancia. En el cauce del río, unas plantas verdes animan algo el escenario. Y nada más.

En el cuadro está todo lo imprescindible para montar un relato. Alguien que medita; otro que se desplaza a alguna parte; un tercero que le dice algo ininteligible a una joven en busca de compañía. El pintor oriundo del norte de Haití quiso decirnos “no hace falta más para liarla”, basta la fase del chismorreo y la maledicencia. Es una visión tranquila del mundo que nos rodea. No pasa casi nada. Nadie vitupera a nadie. Es lo que aparenta ocurrir cuando se ignora –no tenemos más remedio por nuestro tamaño– la truculencia del mundo microbiano. Somos demasiado grandes para percibirlo y demasiado pequeños para concebir la vida galáctica.

 

Leer artículo ¿Cuántas realidades existen? en el Blog de Eduard Punset

Fuente l Redes para la Ciencia

Octubre 15, 2009

…ni tuya siquiera

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raulphotographe

 

Libre te quiero

Libre te quiero,
como arroyo que brinca
de peña en peña.
Pero no mía.
Grande te quiero,
como monte preñado
de primavera.
Pero no mía.
Buena te quiero,
como pan que no sabe
su masa buena.
Pero no mía.
Alta te quiero,
como chopo que en el cielo
se despereza.
Pero no mía.
Blanca te quiero,
como flor de azahares
sobre la tierra.
Pero no mía.
Pero no mía
ni de Dios ni de nadie
ni tuya siquiera.

Agustín García Calvo

 

Octubre 11, 2009

una mentira a medias…

 

“Non, je ne regrette rien”

(Michel Vaucaire,  Charles Dumont)

 

En primer lugar, en lo que concierne a la metrópoli, parece como si el proceso que (aquí)  le hemos aplicado a la política de colonización hubiera sido asesinado por todos los franceses que viven allí. Si leemos determinada prensa, parecería realmente que Argelia estuviera poblada por un millón de colonos con fusta y cigarro, montados en Cadillacs.

Esta imagen de libro de cuentos es peligrosa. Englobar en un desprecio general, o silenciar con desdén, a un millón de nuestros compatriotas, aplastarlos sin distinción bajo los pecados de algunos, no puede sino estorbar, en lugar de favorecer, la marcha hacia delante que se desea. Esta actitud repercute naturalmente en la de los franceses de Argelia. A la hora actual, en efecto, la opinión de la mayoría, y ruego al lector metropolitano que aprecie su gravedad, es que la Francia metropolitana les ha dado la espalda.

Trataré de mostrar en otra ocasión, dedicada a los franceses de Argelia, el exceso de semejante sentimiento. Pero de todos modos existe, y los franceses de allí, reunidos por un amargo sentimiento de soledad, no se separan más que para derivar hacia sueños de represión criminal o de abandono espectacular.

 

 La conciencia limpia. Albert Camus.

 

Fuente original

Albert Camus.  Crónicas argelinas (1939-1958)

© Editions Gallimard, 1958

© de la traducción: Mónica Rubio Fernández, 2006

© Alianza Editorial, S.A. Madrid, 2006

 

Estrechamente unida a ello está la finalidad de lograr la independencia interior, tan lejana del mero desafío de la opinión y creencias de los otros como de la mera adopción de ellas. Esto significaría primordialmente habilitar al paciente para que estableciese su propia jeraquía de valores y la aplicase a su vida real. Respecto a los demás,  supondría un respeto por su individualidad y sus derechos, que sería la base de una verdadera reciprocidad. Coincidiría con los verdaderos ideales democráticos.

Podríamos definir las metas en términos de espontaneidad del sentimiento, una conciencia de sentimiento, ya en el amor o el odio, la dicha o la tristeza, el temor o el deseo. Esto incluiría una capacidad de expresión y de dominio voluntario. Por ser tan vital, la capacidad de amor y de amistad debería ser especialmente mencionada en este contexto: el amor no es dependencia parásita, ni dominio sádico, sino, citando a Macmurray,  “una relación….que no tiene un fin ulterior;  mediante la cual nos asociamos porque es natural que los seres humanos compartan su experiencia; que se entiendan mutuamente, que encuentren alegría y satisfacción en vivir juntos, en expresarse y revelarse los unos a los otros”.

La fórmula más amplia de las metas terapéuticas es la lucha por la sinceridad : carecer de pretensiones, ser emocionalmente sincero, ser capaz de poner toda el alma en nuestros sentimientos, nuestro trabajo, nuestras creencias. Y a esto uno se acerca en la medida en que se resuelven los conflictos.

 

Karen Horney. Nuestros conflictos interiores.

 

Fuente original

Título del original en inglés:  Our Inner Conflicts

© by Editorial Psique

Traducción de J. Martínez Alinari

Impreso en Argentina. 1991.

 

 

"Un vaso medio vacío de vino es también uno medio lleno, pero una mentira a medias,
de ningún modo es una media verdad." 

Jean Cocteau

 

 

Septiembre 21, 2009

…melancholicos esse

  

Te quiero

 
Te quiero.

Te lo he dicho con el viento
jugueteando tal un animalillo en la arena
o iracundo como órgano tempestuoso;
              
te lo he dicho con el sol,
que dora desnudos cuerpos juveniles
y sonríe en todas las cosas inocentes;
              
te lo he dicho con las nubes,
frentes melancólicas que sostienen el cielo,
tristezas fugitivas;
              
te lo he dicho con las plantas,
leves caricias transparentes
que se cubren de rubor repentino;
              
te lo he dicho con el agua,
vida luminosa que vela un fondo de sombra;
te lo he dicho con el miedo,
              
te lo he dicho con la alegría,
con el hastío, con las terribles palabras.
Pero así no me basta;
más allá de la vida
quiero decírtelo con la muerte,
más allá del amor
quiero decírtelo con el olvido.

 

La realidad y el deseo. Luis Cernuda

 

Fuente l A media voz

  

Aristóteles ait: omnes ingeniosos melancholicos esse .

 

Fuente l Lecciones sobre metafísica de lo bello.   Arthur Schopenhauer

 

Agosto 25, 2009

“jugar y valorar”

 

 Nietzsche y la expresión vital de la danza. Otra forma de lenguaje.

Por Luis Enrique de Santiago Guervós
Facultad de Filosofía. Universidad de Málaga

Desde sus primeros escritos Nietzsche se sirvió de la manifestación artística de la danza como un recurso estético para describir, en un primer momento, el espíritu dionisíaco, y posteriormente las connotaciones del espíritu de la ligereza que se perfilaban de una manera paradigmática en la música del sur. En realidad, esa insistencia en utilizar el simbolismo de la danza en sus escritos, es otra manera de glorificar y reivindicar el valor del cuerpo. Además, resultaría difícil entender las figuras de Dioniso, el coro, el sátiro, el espíritu libre o Zaratustra sin hacer referencia a su modo de expresión más peculiar: la danza.  También podemos observar cómo en su última época Nietzsche ya no busca un arte que no sea expresión de la vida, ni palabras que no canten, ni música que no sirva para bailar, pues sólo el espíritu bailarín y ligero puede abrir el camino que conduce al superhombre. Por eso, sólo  “un arte bailarín”,  con su levedad y ligereza, puede elevar al hombre hacia lo más alto. Y Nietzsche cree que ese arte, del que lo espera todo, es necesario, fundamentalmente, para poder disfrutar de la “libertad sobre las cosas”, puesto que el arte que se propone como alternativa es un “arte ligero”, ascendente, que se ha liberado de las determinaciones asfixiantes del espíritu de la pesadez, que impide al hombre ser libre. Frente a la moral y sus rígidos preceptos, no sólo hay que estar por encima de ellos, sino danzar, “jugar y valorar” por encima de la propia moral.

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¿Por qué la persona afligida está más inclinada a abandonarse ciegamente a los placeres de los sentidos? ¿Es el aturdimiento que producen lo que ella apetece? ¿O una necesidad de emoción a cualquier precio? -Sancho Panza dice «Si los hombres sienten demasiado las tristezas, se vuelven bestias.»

Friedrich Nietzsche, Aforismos (de Fragmentos póstumos, 1877)

 

Fuente l  Biblioteca Quijotesca

 

Otras lecturas l

 
 

En torno a Galileo…

 

Tenemos miedo a nuestra vida que es soledad y huimos de ella, de su auténtica realidad, del esfuerzo que reclama, y escamoteamos nuestro auténtico ser por el de los otros, por la sociedad. Pero esta sociedad no es la compañía efectiva de que en otra jornada hablé: aquélla, por ejemplo, la compañía o sociedad que intenta ser el amor, que era el ensayo de unir mi soledad, la autenticidad de mi vida, a la soledad de otro -que era fundir dos soledades como tales en una como soledad de dos. Mas esta sociedad a que me entrego implica que previamente he renunciado a mi soledad, que me he embotado y cegado para ella , que huyo de ella y de mi mismo para hacerme “los otros”.

Mis opiniones consisten en repetir lo que oigo decir a otros. Pero ¿quién es ese o esos otros a quienes encargo de ser yo? ¡Ah! , nadie determinado: ¿ quién es el que dice lo que se dice? ¿Quién es el sujeto responsable de ese decir social, el sujeto impersonal del se dice? ¡Ah!, pues…la gente. Y la gente no es éste ni aquél- la gente es siempre el otro que no es precisamente éste ni áquél-, es el puro otro, el que no es nadie. La gente es un yo irresponsable, el yo de la sociedad- o social. Y al vivir yo de lo que se dice, y llenar con ello mi vida, he sustituido el yo mismo que soy en mi soledad por el yo-gente  – me he hecho “gente”- en vez de ser mi auténtica vida me la desvivo alterándola.

 

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