Me ofrecieron conchabo
para ir tirando, para ir tirando,
el trabajo anda escaso,
la paga estrecha
y el lomo es ancho.
Porque tengo a mis hijos
que a puro brazo los estoy criando,
me priendo a cualquier cosa,
el hambre es mucho y el pan escaso.
Clavo el hacha en el árbol,
saco los yuyos, armo el andamio,
no tengo oficio fijo,
de muy chiquito, viví cinchando.
Hoy no tengo derecho
ni pa embromarme dentro el salario.
El patrón ya me dijo
que si me enfermo no se hace cargo.
¡La pucha! Que valgo poco,
si no me alcanza ni pa cigarro,
y el hueso que llevo a casa
dentro del pecho me está golpeando.
Si me agarra la rabia
y pego el grito, me estoy pensando,
que mis pobres cachorros,
no tienen culpa pa darles cargo.
Que venga el sabio y diga
si mi trabajo no vale de algo.
Que el sabio me conteste,
si pa tranquiarla no soy un galgo.
Si el sabe todo eso,
sabe de sobra que es poco el pago.
Por saber tantas cosas,
hacen que el pobre reviente de asco.
¡La pucha! Que valgo poco,
si no me alcanza ni pa cigarro,
y el hueso que llevo a casa
dentro del pecho me está golpeando.
Si me agarra la rabia
y pego el grito, me estoy pensando,
que mis pobres cachorros,
no tienen culpa pa darles cargo.
“El mundo está detenido ante el hambre que asola a los pueblos. Mientras haya desequilibrio económico, el mundo no piensa. Yo lo tengo visto. Van dos hombres por la orilla de un río. Uno es rico, otro es pobre. Uno lleva la barriga llena, y el otro pone sucio el aire con sus bostezos. Y el rico dice: ‘¡Oh, qué barca más linda se ve por el agua! Mire, mire usted el lirio que florece en la orilla’. Y el pobre reza: ‘Tengo hambre, no veo nada. Tengo hambre, mucha hambre’. Natural. El día que el hambre desaparezca, va a producirse en el mundo la explosión espiritual más grande que jamás conoció la humanidad. Nunca jamás se podrán figurar los hombres la alegría que estallará el día de la gran revolución. ¿Verdad que te estoy hablando en socialista puro?”
Federico García Lorca
Entrevista en La Voz, Madrid, 7 de abril de 1936.
El excelente artículo de Umberto Eco titulado “Un blogero llamado Saramago” que fue publicado hace algunos días en “La Repubblica”, apareció hoy en “El País” y saldrá mañana en las páginas del “Diario de Noticias”. Ese conjunto de textos breves, al que bauticé para la edición en libro con el nombre discreto de “El Cuaderno”, nació con suerte. Traducido ya al castellano, al catalán y al italiano, ha encontrado ahora el mejor de los valedores posibles en la persona de Umberto Eco, cuya perspicaz análisis viene sabiamente temperada por la gracia de la escritura y por la sutileza del humor. No tengo derecho a alargarme, mucho menos a comentar lo que Eco escribió. Me basta la felicidad que siento. En el pasar de todos estos años, otros libros míos fueron acogidos con generosidad y simpatía, pero ninguno como éste. Soy, en este momento, el más agradecido de los escritores.
06 de Octubre de 2009
Esta entrada fue publicada el a las Octubre 7, 2009 y está archivada bajo las categorías El cuaderno de Saramago.
“Se ha hablado del ateísmo militante de Saramago. En efecto, sus polémicas no se dirigen contra Dios: una vez admitido que su “eternidad es sólo la de un eterno no ser”, Saramago podría haberse quedado tranquilo. Su hastío se dirige contra las religiones […] Saramago ha azotado a las religiones como germen de conflictos: “Las religiones, todas sin excepción, no servirán nunca para acercar y reconciliar a los hombres; todo lo contrario, han sido y siguen siendo causa de sufrimientos inenarrables, de matanzas, de una monstruosa violencia física y espiritual” ….
Umberto Eco, prólogo a El Cuaderno , de José Saramago.
Además, como se ha observado ya en el contexto de la Câd Goddeu, las judias se utilizaban en los tiempos clásicos como talismán homeopático contra las brujas y los espíritus: se ponía una judia en la boca y se la escupía al visitante; y en las fiestas romanas de las Lemurias cada cabeza de familia arrojaba judias negras para los Lemures, o espectros, mientras decía: “Con éstas me redimo a mí mismo y a mi familia”.
Fuente original
The White Golddess- A Historical Grammar of Poetic Mytch. Robert Graves
La sesión de evocación de la obra y de la figura de Jorge de Sena, realizada en el Teatro de S. Carlos de Lisboa el 10 de Julio de 2008, tuvo un título que a esta distancia fácilmente parecerá premonitorio: Jorge de Sena – Un regreso. Para hablar del autor de “Señales de fuego” reunimos allí, además de un representante de la Fundación, para el caso su patrono, a algunas de las personas más cualificadas del pensamiento literario y crítico portugués: Eduardo Lourenço, Vítor Aguiar e Silva, Jorge Fazenda Lourenço y António Mega Ferreira, cuyas intervenciones contaron con la inteligente moderación del ministro de Cultura, José Antonio Pinto Ribeiro. La sala del San Carlos estaba llena hasta el gallinero, lo que demuestra que la premonición, si lo era, estaba siendo compartida por unos cuantos cientos de personas. Hube lectura de poemas por Jorge Vaz de Carvalho y el pianista António Rosado interpretó composiciones sobre las que Sena había escrito. Quien estuvo allí no lo olvidará nunca. Al final la Fundación ofreció a cada uno de los participantes un estuche con llaves: las que deberían abrir las puertas necesarias para que Jorge de Sena regresase definitivamente a su país. No, no fue premonición. Simplemente, lo que tiene que ser, tiene que ser y tiene mucha fuerza. La fuerza de todas las personas, casi un millar, unidas en el mismo pensamiento: que regrese Jorge de Sena, que regrese ya. Regresó, por fin. No sé si somos más ricos. Más conscientes de nuestras responsabilidades, sí. Pocas cosas agradarían tanto a Jorge de Sena.
Não sei, meus filhos, que mundo será o vosso.
É possível, porque tudo é possível, que ele seja
aquele que eu desejo para vós. Um simples mundo,
onde tudo tenha apenas a dificuldade que advém
de nada haver que não seja simples e natural.
Um mundo em que tudo seja permitido,
conforme o vosso gosto, o vosso anseio, o vosso prazer,
o vosso respeito pelos outros, o respeito dos outros por vós.
E é possível que não seja isto, nem seja sequer isto
o que vos interesse para viver. Tudo é possível,
ainda quando lutemos, como devemos lutar,
por quanto nos pareça a liberdade e a justiça,
ou mais que qualquer delas uma fiel
dedicação à honra de estar vivo.
(…)
Acreditai que nenhum mundo, que nada nem ninguém
vale mais que uma vida ou a alegria de tê-la.
É isto o que mais importa – essa alegria.
Acreditai que a dignidade em que hão-de falar-vos tanto
não é senão essa alegria que vem
de estar-se vivo e sabendo que nenhuma vez
alguém está menos vivo ou sofre ou morre
para que um só de vós resista um pouco mais
à morte que é de todos e virá.
Que tudo isto sabereis serenamente,
sem culpas a ninguém, sem terror, sem ambição,
e sobretudo sem desapego ou indiferença,
ardentemente espero. Tanto sangue,
tanta dor, tanta angústia, um dia
- mesmo que o tédio de um mundo feliz vos persiga -
não hão-de ser em vão. Confesso que
muitas vezes, pensando no horror de tantos séculos
de opressão e crueldade, hesito por momentos
e uma amargura me submerge inconsolável.
Serão ou não em vão? Mas, mesmo que o não sejam,
quem ressuscita esses milhões, quem restitui
não só a vida, mas tudo o que lhes foi tirado?
Nenhum Juízo Final, meus filhos, pode dar-lhes
aquele instante que não viveram, aquele objeto
que não fruíram, aquele gesto
de amor, que fariam «amanhã».
E, por isso, o mesmo mundo que criemos
nos cumpre tê-lo com cuidado, como coisa
que não é nossa, que nos é cedida
para a guardarmos respeitosamente
em memória do sangue que nos corre nas veias,
da nossa carne que foi outra, do amor que
outros não amaram porque lho roubaram.
Nada tereis, mas nada: nem os ossos,
que um vosso esqueleto ha-de ser buscado,
para passar por meu. E para outros ladrões,
iguais a vós, de joelhos, porem flores no túmulo.
Para a minha alma eu queria uma torre como esta,
assim alta,
assim de névoa acompanhando o rio.
Estou tão longe da margem que as pessoas passam
e as luzes se reflectem na água.
E, contudo, a margem não pertenece ao rio
nem o rio está em mim como a torre estaria
se eu a soubesse ter…
uma luz desce o rio
gente passa e não sabe
que eu quero uma torre tão alta que as aves não passem
as nuvens não passem
tão alta tão alta
que a solidão possa tornar-se humana.
Dice el refrán que no hay bien que cien años dure ni mal que perdure, sentencia que le sienta como un guante al trabajo de escritura que acaba aquí y a quien lo hizo. Algo bueno se encontrará en estos textos, y por ellos, sin presunción, me felicito, algo mal habré hecho en otros y por ese defecto me disculpo, pero sólo por no hacerlos mejor, que diferentes, con perdón, no podrían ser. Es conveniente que las despedidas siempre sean breves. No es esto un aria de ópera para poner ahora un interminable adio, adio. Adiós, por tanto. ¿Hasta otro día? Sinceramente, no creo. Comencé otro libro y quiero dedicarle todo mi tiempo. Ya se verá por qué, si todo va bien. Mientras tanto, ahí tienen “Caín”.
P. S – Pensándolo mejor, no hay que ser tan radical. Si alguna vez sintiera necesidad de comentar u opinar sobre algo, llamaré a la puerta del Cuaderno, que es el lugar donde más a gusto podré expresarme.
Esta entrada fue publicada el a las Agosto 31, 2009 y está archivada bajo las categorías El cuaderno de Saramago.
Je me lève
Et je te bouscule
Tu n’te réveilles pas
Comme d’habitude
Sur toi
Je remonte le drap
J’ai peur que tu aies froid
Comme d’habitude
Ma main
Caresse tes cheveux
Presque malgré moi
Comme d’habitude
Mais toi
Tu me tournes le dos
Comme d’habitude
Alors
Je m’habille très vite
Je sors de la chambre
Comme d’habitude
Tout seul
Je bois mon café
Je suis en retard
Comme d’habitude
Sans bruit
Je quitte la maison
Tout est gris dehors
Comme d’habitude
J’ai froid
Je relève mon col
Comme d’habitude
Comme d’habitude
Toute la journée
Je vais jouer
A faire semblant
Comme d’habitude
Je vais sourire
Comme d’habitude
Je vais même rire
Comme d’habitude
Enfin je vais vivre
Comme d’habitude
Et puis
Le jour s’en ira
Moi je reviendrai
Comme d’habitude
Toi
Tu seras sortie
Pas encore rentrée
Comme d’habitude
Tout seul
J’irai me coucher
Dans ce grand lit froid
Comme d’habitude
Mes larmes
Je les cacherai
Comme d’habitude
Mais comme d’habitude
Même la nuit
Je vais jouer
A faire semblant
Comme d’habitude
Tu rentreras
Comme d’habitude
Je t’attendrai
Comme d’habitude
Tu me souriras
Comme d’habitude
Comme d’habitude
Tu te déshabilleras
Oui comme d’habitude
Tu te coucheras
Oui comme d’habitude
On s’embrassera
Comme d’habitude
Comme d’habitude
On fera semblant
Comme d’habitude
On fera l’amour
Oui comme d’habitude
On fera semblant
Comme d’habitude
Una irresistible y ya automática asociación de ideas me hace siempre recordar la Melancolía de Durero cuando pienso en la obra de Eduardo Lourenço. Si Solo de António Nobre es el libro más triste que alguna vez se haya escrito en Portugal, nos faltaba quien reflexionara y meditara sobre esa tristeza. Llegó Eduardo Lourenço y nos explicó quienes somos y porqué lo somos. Nos abrió los ojos, pero la luz era demasiado fuerte. Por eso, volvimos a cerrarlos.
No veo qué otro nombre le podría dar. Una cosa peligrosamente parecida a un ser humano, una cosa que da fiestas, organiza orgías y manda en un país llamado Italia. Esta cosa, esta enfermedad, este virus amenaza con ser la causa de la muerte moral del país de Verdi si un vómito profundo no consigue arrancarlo de la conciencia de los italianos antes de que el veneno acabe corroyéndole las venas y destrozando el corazón de una de las más ricas culturas europeas. Los valores básicos de la convivencia humana son pisoteados todos los días por las patas viscosas de la cosa Berlusconi que, entre sus múltiples talentos, tiene una habilidad funambulesca para abusar de las palabras, pervirtiéndoles la intención y el sentido, como en el caso del Polo de la Libertad, que así se llama el partido con que asaltó el poder. Le llamé delincuente a esta cosa y no me arrepiento. Por razones de naturaleza semántica y social que otros podrán explicar mejor que yo, el término delincuente tiene en Italia una carga negativa mucho más fuerte que en cualquier otro idioma hablado en Europa. Para traducir de forma clara y contundente lo que pienso de la cosa Berlusconi utilizo el término en la acepción que la lengua de Dante le viene dando habitualmente, aunque sea más que dudoso que Dante lo haya usado alguna vez. Delincuencia, en mi portugués, significa, de acuerdo con los diccionarios y la práctica corriente de la comunicación, “acto de cometer delitos, desobedecer leyes o padrones morales”. La definición asienta en la cosa Berlusconi sin una arruga, sin una tirantez, hasta el punto de parecerse más a una segunda piel que la ropa que se pone encima. Desde hace años la cosa Berlusconi viene cometiendo delitos de variable aunque siempre demostrada gravedad. Para colmo, no es que desobedezca leyes sino, peor todavía, las manda fabricar para salvaguarda de sus intereses públicos y privados, de político, empresario y acompañante de menores, y en cuanto a los patrones morales, ni merece la pena hablar, no hay quien no sepa en Italia y en el mundo que la cosa Berlusconi hace mucho tiempo que cayó en la más completa abyección. Este es el primer ministro italiano, esta es la cosa que el pueblo italiano dos veces ha elegido para que le sirva de modelo, este es el camino de la ruina al que, por arrastramiento, están siendo llevados los valores de libertad y dignidad que impregnaron la música de Verdi y la acción política de Garibaldi, esos que hicieron de la Italia del siglo XIX, durante la lucha por la unificación, una guía espiritual de Europa y de los europeos. Es esto lo que la cosa Berlusconi quiere lanzar al cubo de la basura de la Historia. ¿Lo acabarán permitiendo los italianos?
Este artículo, con este mismo título, fue publicado ayer en el periódico español “El País”, que expresamente me lo había solicitado. Considerando que en este blog he hecho algunos comentarios acerca de las hazañas del primer ministro italiano, extraño sería no recoger aquí este texto. Otros habrá en el futuro, seguramente, dado que Berlusconi no renunciará a lo que es y a lo que hace. Yo tampoco.
“Mi padre decía que, si uno nace con ganas de hacer el mal, tiene dos posibilidades: la primera, ser delincuente; la segunda, ser fiscal. La tercera era ser dentista, pero como ahora los dentistas usan anestesia (…) en su lugar pongo a los periodistas”. La frase es de Silvio Berlusconi y parece premonitoria. Ahora que ya tiene atada de pies y manos a la Justicia, gracias a la inmunidad que se dio a sí mismo, llega el turno de cercenar la libertad de expresión.
La polémica Ley de Seguridad es un paquete de medidas creado por el ministro de Interior, Roberto Maroni, de la xenófoba Liga Norte.
Recorta la posibilidad de hacer escuchas telefónicas por casos de mafia y corrupción e impone penas de cárcel para los periodistas que informen sobre esas interceptaciones.
La medida ya se conoce en Italia como il bavaglio (la mordaza) y ha provocado que hayan levantado la voz asociaciones de periodistas, jueces, editores… Blogs y movimientos sociales nacen en la red y ya hay grupos de adhesión en Facebook entre los que se encuentran periodistas de alto prestigio como Marco Travaglio, todo un icono del periodismo libre. Pero la ley ya ha sido aprobada en el Congreso y ahora sólo falta que la ratifique el Senado. Quizás, una vez más, la última esperanza quede en el jefe del Estado, Giorgio Napolitano, que puede rechazar firmar la ley. Pero sólo dos veces.
“La libertad no es un fin; es un medio para desarrollar nuestras fuerzas.”
A la pregunta angustiada, aunque cargada de fácil retórica, que el Papa lanzó en Auschwitz para sorpresa y escándalo del mundo creyente: “¿Dónde estaba Dios?”, sigue esta gran exposición de Sofía Gandarias que responde con sencillez: “Dios no está aquí”. Es evidente que Dios no ha leído a Kafka y, por lo visto, Ratzinger tampoco. Ni siquiera han leído a Primo Levi, que está más cerca de nuestro tiempo y nunca se ha servido de alegorías para describir el horror. Si se me permite la osadía, le aconsejaría al Papa que visitase, con tiempo y ojos de ver, esta exposición de Sofía, que escuchase con atención las explicaciones que le fuera ofreciendo una pintora que, sabiendo mucho del arte que cultiva, mucho sabe también del mundo y de la vida que en él hemos hecho los que creen y los que no creen, los que esperan y los que desesperan, y los otros, los que hicieron Auschwitz y los que preguntan dónde estaba Dios. Más nos valdría que nos preguntásemos dónde estamos nosotros, que enfermedad incurable es ésta que no nos deja inventar una vida diferente, con dioses, si así lo quieren, aunque sin ninguna obligación de creer en ellos. La única y auténtica libertad del ser humano es la del espíritu, un espíritu no contaminado por creencias irracionales y por supersticiones tal vez poéticas en algún caso, pero que deforman la percepción de la realidad y deberían ofender la razón más elemental.
Acompaño el trabajo de Sofía Gandarias desde hace años. Me asombra su capacidad de trabajo, la fuerza de su vocación, la maestría con que transfiere a la tela las visiones de su mundo interior, la relación casi orgánica que mantiene con el color y con el dibujo. Sofía Gandarias es, toda ella, memoria. Memoria de sí misma, en primer lugar, como cualquiera de nosotros, y también memoria de lo que ha vivido y de lo que ha aprendido, memoria de todo lo que ha interiorizado como algo propio, memoria de Kafka, de Primo Levi, de Roa Bastos, de Borges, de Rilke, de Brecht, de Hanna Arendt, de cuantos, por decirlo en una sola palabra, se han asomado al pozo del alma humana y han sentido ese vértigo.
Nota: Texto para la exposición “Kafka, El visionario”, de Sofía Gandarias, que podrá visitarse en la Haus am Kleistpark de Berlín desde el 28 de este mes.
José Saramago
Esta entrada fué posteada el Mayo 14, 2009 a las 12:03 am y está archivado bajo El cuaderno de Saramago.
”…y sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario.”
Soy un bicho de la tierra como cualquier ser humano, con cualidades y defectos, con errores y aciertos, déjenme quedarme así. Con mi memoria, ésa que yo soy. No quiero olvidar nada.
¿Y ahora, José?
La fiesta se acabó,
la luz se apagó,
el pueblo perdió,
la noche enfrió,
¿y ahora, José?
¿y ahora, usted?
¿Usted que es sin nombre,
que se burla de los otros,
usted que hace versos,
que ama, protesta?
¿Y ahora, José?
Está sin mujer,
está sin discurso,
está sin cariño,
ya no puede beber,
ya no puede fumar,
ya no puede escupir,
la noche enfrió,
no veo el día,
no veo el tranvía,
no veo la risa,
no veo la utopía
y todo acabó
y todo huyó
y todo burló,
¿y ahora, José?
¿Y ahora, José?
su dulce palabra,
su instante de fiebre,
su gula y ayuno,
su biblioteca,
su labranza de oro,
su terno de vidrio,
su incoherencia,
su odio – ¿y ahora?
Con la llave en la mano
quiere abrir la puerta,
no existe puerta;
quiere morir en el mar,
pero el mar se secó;
quiere ir a Minas,
Minas no hay más.
José, ¿y ahora?
Si usted gritara,
si usted gimiera,
si usted tocara
el vals vienés,
si usted durmiera,
si usted se cansara,
si usted muriera…
Pero usted no muere,
¡usted es duro, José!
Solito en lo oscuro
sin teogonía,
cual bachaco,
sin pared alguna
para recostarse,
sin caballo negro
que huya al galope,
¡usted marcha, José!
José, ¿a dónde?